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¡Levantaos, vamos!

El poder redentor de Cristo es más fuerte que el mal en el mundo

JOSÉ MANUEL OTAOLAURRUCHI, L.C. |  EL UNIVERSAL
martes 26 de febrero de 2013  12:00 AM
Existe un claro paralelismo entre la Transfiguración de Cristo y la oración en el huerto de Getsemaní. Ambos acontecimientos nos revelan la dimensión divina y humana de la persona de Cristo desde distinta perspectiva. Tabor nos eleva a la gloria celeste, Getsemaní nos hunde en el abismo más profundo del drama humano. Uno nos muestra la promesa de los bienes futuros, el otro el camino por el cual es preciso pasar para llegar al cielo.

Encuentro en el que existen cuatro elementos concordantes que nos conducen a una misma enseñanza. En primer lugar Jesús se lleva consigo a Pedro, Santiago y Juan. Ellos fueron testigos del misterio de Dios-hecho-Hombre que se encarnó para mostrarnos el sentido que tiene la existencia humana en su paso por la tierra y redimirnos del pecado a través de su vida, muerte y resurrección. Pero también contemplaron al Hombre-Dios que siendo inocente sufrió las consecuencias del pecado hasta el extremo de sudar sangre.

El segundo elemento es que en ambos casos Cristo llamó a los tres para que lo acompañaran a orar. No les invitó a una transfiguración ni mucho menos a la pasión en Getsemaní. Se los llevó a orar, pues en la oración es donde Dios se manifiesta y nos habla. La oración es siempre un ejercicio de ascesis, de elevación, de dominio personal, de silencio interior, de orden, de paz, de encuentro con Dios y consigo mismo. La oración no es un privilegio, es una necesidad que todos tenemos para trascender lo material y lo accidental.

El tema que se afronta es el mismo: la cruz. En el monte Tabor, Moisés y Elías confirman que la redención del pecado pasa a través del sacrificio. Un sacrificio único y eterno que será realizado por el Hijo de Dios. Desde entonces ya no inmolamos toros, corderos o aves, sino que ofrecemos el sacrificio del Hijo en la santa misa y nosotros nos unimos a él a través de los sacramentos y del ejercicio de las obras de misericordia.

¿Cuál es la gran enseñanza? Que en el drama humano no estamos solos, que Cristo nos da la fuerza para sobrellevar nuestras cruces sabiendo que la mentira, la injusticia, la maldad y el pecado en todas sus expresiones no tienen la última palabra. El poder redentor de Cristo es más fuerte que el mal en el mundo. Que no tengamos miedo a confiar en la fuerza del bien y de la verdad, a abrazar nuestra cruz junto con Cristo.

Por eso la escena concluye con las mismas palabras: ¡Levantaos, vamos! Esta es la respuesta del cristiano ante las dificultades. Es la garantía de haber hecho una buena oración. Es la conciencia de que no se llega al cielo, sin haber pasado por el camino excelso de la cruz.

twitter.com/jmotaolaurruchi



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