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Nuestros carnavales

VERONICA PONTE AYALA |  EL UNIVERSAL
sábado 9 de febrero de 2013  12:00 AM
Vivimos en un constante carnaval, en una guachafita, en disfraces a diario y burlas continuas. Somos partícipes y protagonistas de un eterno carnaval. Donde la ley se disfraza de chiste, la justicia de dudosa libertad, la economía duerme con la corrupción, los políticos usan fluxes intentando esconder su verdadera sed de poder, de dinero, de nada más. El interés sale constantemente y se talla en la gente, creando como una "capita" protectora para quedarse allí.

El lugar donde se toman decisiones (que en teoría se definen como importantes), se convierte en el patio del recreo; lanzándose bombitas de agua (aquellas que también se disfrazan), puesto que en vez de poseer líquido transparente; contienen palabras mal dichas, insultos inadecuados, conversaciones ajenas a cualquier realidad. ¡Eso sí que es toda una fiesta!, no sé cómo es que no llevan cotillón para repartir, así quizá lo vieran más divertido.

Con la realidad se visten pocos, supongo que no a todos les gusta ese atuendo y es entonces cuando prefieren disfrazarse de revoluciones, fantasías, sueños, cualquier cosa menos lo que en verdad está sucediendo. Los asesinos lo tienen fácil, su disfraz (en nuestro lugar) está permitido, por lo tanto lucen sus pistolitas con orgullo y a sus balas les colocan el destino final.

Quizá el mejor atuendo sea el del señor creador de nuestro carnaval, aquel que aunque use la capa de lo invisible, resulta que siempre está, no entiendo muy bien el por qué, pero ciertamente hay que valerle su capacidad de omnipresencia. El poder se alimenta tanto de la fiesta que se convirtió en un gordinflón y olvida cuál es su esencia. La noche se disfraza de peligro y la tranquilidad se decidió marchar.

Pensando todo esto, me pregunto ¿de qué se disfrazarán los niños en este carnaval?

vpontea@gmail.com


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Comentarios (1)
Por Sergio Serrano
09.02.2013
6:08 AM
Y el peor de los disfraces es la careta de "sé muy bien lo que estoy haciendo y estoy preparado para hacerlo bien". Sin esa careta y con una sencilla confesión de incapacidad, hasta la persona más ignorante de los millones de engañados los miraría con pena ajena y los dejaría marcharse hacia otros destinos, sin mayor castigo que una mueca de asco y el olvido. No obstante, el hombre invisible y quienes lo controlan y aprovechan se dejarán puesta la careta hasta el final de la historia, para que siempre persista, entre los más humildes y también entre los más ciegos y sobre todo entre los más violentos, la sombra de la duda que les impedirá distinguir la inmensidad del engaño y el vacío impresentable de sus declaratorias, sus actuaciones, en la acepción teatral del término, y sus abusos, en la acepción malandral que siempre asumieron al cometerlos. Quedarán, eso sí, las víctimas, incluso entre los venezolanos y venezolanas por nacer, porque así de extensas en el tiempo son las heridas.
 
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