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Autoridad moral

JULIO DÁVILA CÁRDENAS |  EL UNIVERSAL
sábado 9 de febrero de 2013  12:00 AM
El Papa Juan XXIII señalaba la importancia de la autoridad moral como energía que despierta la participación de todos en la gestión del bien común:

"La autoridad que se funda tan sólo o principalmente en la amenaza o en el temor de las penas o en la promesa de premios, no mueve eficazmente al hombre en la prosecución del bien común; y aún cuando lo hiciere, no sería ello conforme a la dignidad de la persona humana, es decir de seres libres y racionales. La autoridad es sobre todo una fuerza moral; por eso los gobernantes deben de apelar, en primer lugar, a la conciencia, o sea, al deber que cada cual tiene de aportar voluntariamente su contribución al bien común de todos".

Un liderazgo sano es aquél que proviene de una persona con autoridad moral. Allí está el ejemplo de Mahatma Gandhi, quien nunca desempeñó un cargo público de importancia y sin embargo, se convirtió en líder del nacionalismo indio. Algo similar sucedió con Nelson Mandela, quien se convirtió en un paradigma no sólo para el pueblo sudafricano, sino para el mundo y su liderazgo surgió de la autoridad moral que obtuvo durante los 27 años que duró su encarcelamiento, por su lucha contra el apartheid que humillaba a su pueblo.

Ambos personajes adquirieron su indiscutida autoridad moral, no por el ejercicio de un cargo importante, sino por la resistencia que pusieron tanto a las autoridades que existían en sus respectivos países, como a la descabellada forma de gobernar de éstos.

Todo lo contrario ha sucedido con Rubalcaba, el dirigente del PSOE, quien luego que su partido salió derrotado en las últimas elecciones españolas, por el desastre en que dejaron a la economía, ahora pretende convertirse en adalid de la lucha contra el actual gobierno, a quien le ha correspondido la difícil tarea de tratar de corregir la innumerable cantidad de errores cometidos durante el gobierno de Rodríguez Zapatero, en el que se desempeñó como una sus principales figuras.  Desde fuera se nota que se maneja sin prudencia alguna al tratar de ponerse en el plan de enderezador de los entuertos que él contribuyó a crear. Para ello se requiere tener autoridad moral.

En nuestro país hemos presenciado la lamentable situación de ver cómo individuos que carecen por completo de autoridad moral, se lanzan contra sus oponentes políticos, acusándoles de ser corruptos. ¡Por Dios!, se requiere tener un caradurismo infinito para nombrar la soga en la casa del ahorcado. Pareciera que cuentan con la seguridad de que el pueblo no es capaz de razonar y mucho menos de recordar. 

Basta recordar los hechos de corrupción en la importación de alimentos que se pudrieron o vinieron podridos; los que acontecieron en la gobernación que tuvieron a su cargo;  el maletín o los maletines que enviaron llenos de dólares para campañas en otro país; las acusaciones de magistrados del Tribunal Supremo; los guisos en la construcción de viviendas; los cultivos en los alrededores de la autopista Caracas-Valencia; el financiamiento de sus campañas con dineros públicos; el reparto de electrodomésticos para la compra de votos; los ardides antes y durante las elecciones. En fin, hay que luchar contra la corrupción, pero no con quienes han demostrado serlo.  

julio.davilacardenas@gmail.com


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Comentarios (1)
Por José R Pirela
09.02.2013
4:24 PM
¿Se podrá desarrollar en Venezuela la autoridad de la moral con un Estado con autoridad hegemónica de la política y la economía? ¿Podrán todos los ciudadanos participar en la gestión del bien común? ¿Podrá la política ejercida desde el Estado desprenderse de la amenaza para infundir temor con el poder supremo presidencialista y la hegemonía de la riqueza petrolera? ¿Podrá surgir un Mahatma Gandhi en Venezuela, donde todos esperamos la dádiva y buena voluntad de Papá Petrolero? Tanto en la India como en Suráfrica el liderazgo surgió del sentimiento del pueblo en contra de la injusticia de la supremacía del Estado. Pero en Venezuela, en el Estado se cultiva al salvador y al verdugo a la vez. La hegemonía del Estado Petrolero engendra una democracia sui géneris, doble faz. Unas veces abajo, otras veces arriba, pero todos en el mismo lugar. Pero unos quedan ricos, y los pobres siguen pobres.
 
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