Ciudad fallida
Se corre el riesgo de que la gran arquitectura caraqueña quede como un ruinoso testimonio
MARCO NEGRÓN
| EL UNIVERSAL
miércoles 6 de febrero de 2013 12:00 AM
Comparando en un artículo reciente ("Slumlord", The New Yorker, 28/1/13) la dinámica y rutilante ciudad de las décadas de 1970-80 con la descangallada y cochambrosa de hoy, el periodista Jon Lee Anderson acuña tan cruda expresión para calificar la Caracas actual.
Desde luego, se trata de un adjetivo difícil de digerir para quienes siguen viviendo en ella y todavía creen que un futuro digno es posible. Para tranquilizar la conciencia podría argumentarse que la visión del forastero de paso suele ser superficial y, además, sobre todo si procede de una de las antiguas metrópolis coloniales, la salpica un cierto tono despectivo. Pero no conviene menospreciar la crítica desde afuera porque su mismo desapego garantiza una relativa objetividad; a ello se agrega que se está frente a un periodista de trayectoria consolidada, cuya condición de visitante frecuente de países de las más diversas latitudes y culturas le da a su mirada un carácter panorámico de gran valor. Entonces es mejor reflexionar un instante en torno a qué puede sustentar adjetivo tan extremo.
Si es cierto que no todo ese pasado caraqueño estaba exento de sombras y contradicciones, no hay duda de que entonces la ciudad rezumaba optimismo y energía para enfrentar los retos que le planteaba el futuro, y que ellos se expresaban de manera singular en la arquitectura y el urbanismo. La primera cerraba un brillante ciclo con Parque Central y el Complejo Teresa Carreño, dos obras polémicas pero que afirmaban una clara voluntad de progreso y cosmopolitismo. El segundo, después de décadas de recorrer el camino espectacular pero sin salida de las autopistas urbanas, prometía una epifanía con la inauguración de un sistema de transporte masivo subterráneo de los mejores del mundo en 1983.
Nada de ello, sin embargo, logró cauterizar la herida de la ciudad informal y la llegada al poder del déspota ilusionista que en 1999 atisbó García Márquez, terminó de frenar aquel ímpetu, haciendo que sobre la ciudad se impusiera el "señorío de los tugurios": más que de un colapso físico, que también ha ocurrido, se trató de la pérdida del más difícil de recuperar espíritu ciudadano. Hoy se corre el riesgo de que la gran arquitectura caraqueña quede como el ruinoso testimonio de la ciudad que no logró ser, una señal ante la cual no vale cerrar los ojos.
marco.negron@gmail.com @marconegron
Desde luego, se trata de un adjetivo difícil de digerir para quienes siguen viviendo en ella y todavía creen que un futuro digno es posible. Para tranquilizar la conciencia podría argumentarse que la visión del forastero de paso suele ser superficial y, además, sobre todo si procede de una de las antiguas metrópolis coloniales, la salpica un cierto tono despectivo. Pero no conviene menospreciar la crítica desde afuera porque su mismo desapego garantiza una relativa objetividad; a ello se agrega que se está frente a un periodista de trayectoria consolidada, cuya condición de visitante frecuente de países de las más diversas latitudes y culturas le da a su mirada un carácter panorámico de gran valor. Entonces es mejor reflexionar un instante en torno a qué puede sustentar adjetivo tan extremo.
Si es cierto que no todo ese pasado caraqueño estaba exento de sombras y contradicciones, no hay duda de que entonces la ciudad rezumaba optimismo y energía para enfrentar los retos que le planteaba el futuro, y que ellos se expresaban de manera singular en la arquitectura y el urbanismo. La primera cerraba un brillante ciclo con Parque Central y el Complejo Teresa Carreño, dos obras polémicas pero que afirmaban una clara voluntad de progreso y cosmopolitismo. El segundo, después de décadas de recorrer el camino espectacular pero sin salida de las autopistas urbanas, prometía una epifanía con la inauguración de un sistema de transporte masivo subterráneo de los mejores del mundo en 1983.
Nada de ello, sin embargo, logró cauterizar la herida de la ciudad informal y la llegada al poder del déspota ilusionista que en 1999 atisbó García Márquez, terminó de frenar aquel ímpetu, haciendo que sobre la ciudad se impusiera el "señorío de los tugurios": más que de un colapso físico, que también ha ocurrido, se trató de la pérdida del más difícil de recuperar espíritu ciudadano. Hoy se corre el riesgo de que la gran arquitectura caraqueña quede como el ruinoso testimonio de la ciudad que no logró ser, una señal ante la cual no vale cerrar los ojos.
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Comentarios (1)
Por JOSE TOMAS MILANO PARMA
06.02.2013
7:24 AM
Pareciera ser política del régimen actual acelerar el proceso de anarquizar la ciudad Capital,de allí la permisividad al caos de los motorizados,edificaciones de viviendas inadecuadas y antiesteticas,invasiones de edificios y centros comerciales,inseguridad plena.Forma parte de la estrategia para doblegar sus habitantes y crear el desencanto sin esperanza.Los caraqueños deberán hacer pleno uso de sus valores cívicos para derrotar las hordas que pretenden destruir su Ciudad.
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