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Cuéntame una de Poe

Vivimos a un poco más de 200 años del nacimiento de Poe y a un poco menos de 100 del de Cortázar

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FRANCISCO GÁMEZ ARCAYA |  EL UNIVERSAL
domingo 3 de febrero de 2013  12:00 AM
Había sido abandonado por su padre y sufría dificultades económicas de las que no era responsable pero sí víctima. Bajo ese contexto, un niño de siete años de edad pasaba las tardes leyendo los poemas que despertaron en él una genialidad precoz. Subido a un viejo árbol cercano a su casa, disfrutaba de su eterna compañera, la soledad. Así, por la década de 1920, en el pueblo argentino de Banfield, de faroles en las esquinas y gente a caballo, en la calle Rodríguez Peña, No. 585, pasó su infancia Julio Cortázar. Había nacido en Bruselas en 1914, pero ya para 1918 se había mudado a su Argentina sanguínea.

En ese ambiente rural y estrecho, Cortázar escribía sus primeros versos. Por su inverosímil calidad, fueron tildados de plagio por algún pariente incrédulo. Para ese entonces, sin embargo, el pequeño Julio desconocía los acontecimientos pasados que iban a tener repercusión en su futura y exitosa vida de escritor. Aquellos hechos sucedidos unos noventa años atrás, unos nueve mil kilómetros al Norte.

Durante el frío invierno de 1811, un niño de casi tres años de edad, abandonado por su padre cuando no llegaba a los dos, veía morir a su madre. Sumidos en la pobreza, la mujer había contraído tuberculosis. A cada tosido, ráfagas de sangre y estremecimientos de dolor poblaban la habitación. Y el niño observaba el rostro de la muerte, tomado de la mano de su hermano mayor William, de tan solo cinco años, mientras la hermanita menor, Rosalie, lloraba en su cuna. Ese 8 de diciembre de 1811, el consumido cuerpo de la actriz Eliza Arnold Poe quedaba tendido y sin vida sobre una endeble cama de pensión, en Rich-mond, Virginia.

Luego de la súbita y prematura orfandad, el niño y sus hermanos fueron separados. William permaneció en casa de los abuelos, con quienes ya vivía, mientras él y Rosalie fueron adoptados por dos familias vecinas. Al niño le correspondió llenar el vacío infantil del hogar de John Allan y su esposa Frances. Aunque nunca lo adoptaron formalmente, cambiaron su nombre. Desde ese momento y para siempre, aquel niño huérfano se llamaría Edgar Allan Poe.

La vida de Poe estuvo llena de tormentos similares a los que padeció tempranamente con la muerte de Eliza Poe. La misma enfermedad atacaría la salud de su madre adoptiva Frances. La relación de Edgar con su padre adoptivo, John Allan, siempre difícil, se rompió definitivamente cuando Edgar presenció las infidelidades de Allan mientras Frances agonizaba en su habitación. Dos abandonos paternos, dos orfandades maternas. Más adelante, su prima y esposa Virginia Clemm, moría también de tuberculosis, luego de una larga agonía.

Tomaban ventaja

En el contexto de esas tribulaciones comenzó la obra literaria de Poe. Un oficio que jamás le reportó beneficios económicos abundantes. Debido a su precaria situación financiera, los editores de la época tomaban ventaja y le hacían firmar contratos leoninos. De esa forma, por ejemplo, su célebre poema narrativo "El cuervo" le hizo ganar la exigua suma de catorce dólares.

Atormentado por sus dolores pasados, trastornado por el consumo violento de alcohol y opio, Poe escribía dibujando crudos relatos impregnados de dolor, muerte y misterio. Su marcado estilo estaba lleno de truculencias narradas en historias fantásticas y tenebrosas.

En su cuento "La máscara de la Muerte Roja", por ejemplo, Poe conduce al lector por ambientes cerrados pero luminosos, normales pero extraordinarios, tranquilos pero violentos. Con su vigorosa pluma, Poe describe situaciones donde logra transmitir seguridades dudosas y endebles, cuyos quiebres se intuyen inminentes. Sin embargo, con su incomparable talento, mantiene el relato en perfecta tensión hasta su desenlace, súbito, terrible y sangriento.

Uno de sus más famosos relatos es "La caída de la Casa Usher". En él, Poe utiliza la descripción de espacios góticos, de colores grises y tormentas nocturnas, de personajes misteriosos y a la vez melancólicos. Más adelante, vendría "Los crímenes de la calle Morgue". Con la publicación de ese cuento, Poe inauguró el relato detectivesco en la literatura, y su protagonista, Auguste Dupin, constituyó el anticipo del famoso Sherlock Holmes.

Pero sus vicios no le permitieron vivir más allá de los cuarenta años de edad. "Que Dios ayude a mi pobre alma", fueron las últimas palabras que pronunció antes de morir en octubre de 1849. Un ser sombrío, triste y extraviado dejaba de existir, pero a la vez permanecía a perpetuidad una obra extraordinaria firmada con su nombre. Su prosa fue tan poderosa y su creatividad tan excepcional, que sus relatos viajaron de lector en lector. Pasaron de generación en generación. Cruzaron países de frontera en frontera, hasta llegar, casi cien años después, a las manos del niño Julio Cortázar, en un pequeño pueblo de Argentina.

Al extremo

Para cuando Cortázar tenía unos diez años, en 1924, su afición por la lectura llegó a extremos clínicos. Su madre, preocupada por la abstracción del hijo, lo llevó al médico del pueblo. Luego de examinarlo, el doctor le recetó al joven abstenerse de toda lectura por unos meses, consejo que la madre desoyó, para el bien de la literatura universal. El futuro autor de "Bestiario", "Los premios" y "Rayuela", entre otros, fraguaba su talento en la compañía diaria de sus lecturas. Muchas veces, lecturas de textos escritos un siglo atrás por Edgar Allan Poe.

Así, con el pasar de los años, los talentos de Poe y de Cortázar trascendieron la barrera del tiempo y se cruzaron. El escritor español Francisco Ayala, tropezando de país en país a causa del exilio, conoció a Cortázar en Argentina. Ambos sostuvieron largas y numerosas tertulias y se hicieron grandes amigos. Años después de aquellos encuentros, Ayala fue invitado a trabajar en la Universidad de Puerto Rico. Mientras tanto, Cortázar, recién casado con su esposa Aurora, vivía en París, en apretadas condiciones económicas. Fue así como la Universidad de Puerto Rico contrató a Julio Cortázar, por intermedio de Ayala, para que tradujera la obra completa en prosa de Edgar Allan Poe al castellano. Una gigantesca empresa que duró dos años.

El resultado del trabajo traductor de Cortázar fue extraordinario. En esos años, Cortázar descubrió y respetó los ritmos propios de Poe; conoció a fondo su alma y entendiéndola, logró descifrarla; utilizó las equivalencias lingüísticas adecuadas; y construyó así una obra de grandes dimensiones. De ella se desprende una simbiosis particular y perfecta entre ambos escritores. A pesar de que sus estilos literarios no fueron similares, es innegable que la maestría literaria de Cortázar tiene una fuente originaria que señala en dirección a Poe. Cortázar, en lugar de adoptar las formas y estilos de Poe, asimiló el fondo de su talento y reflejó el suyo propio. De esa forma, como bien apuntó Mario Vargas Llosa, para Cortázar, Edgar Allan Poe no solo le deparó el placer de una lectura, sino que también fue el espejo que le permitió descubrir su propio rostro.

Vivimos a un poco más de doscientos años del nacimiento de Poe y a un poco menos de cien del nacimiento de Cortázar. Con el tiempo, los lectores hemos cambiado, pero los grandes monumentos construidos en letras luminosas permanecen erguidos con su grandeza original. Así sucede con Edgar Allan Poe y Julio Cortázar, por separado, y con Edgar Allan Poe y Julio Cortázar, juntos.

@GamezArcaya



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Comentarios (1)
Por Egisto Garcia
03.02.2013
8:01 AM
Excelente articulo. El universal debe abrir mas espacios para este tipo de articulos y autores sobre todo en estos momentos
 
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