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El reino vintage de Wes Anderson

GABRIEL VARGAS-ZAPATA |  EL UNIVERSAL
viernes 25 de enero de 2013  12:00 AM
Para describir una película como Un reino bajo la Luna, hay que remontarse a la pureza que solo piezas como Viaje a la Luna (George Méliès, 1902) han sido capaces de captar y conservar a lo largo de los años. Quedará por ver si Wes Anderson y su última invención, podrán envejecer con tan confortable reivindicación, y sobre todo si podrá conservar la misma dulzura que transmite en cada recoveco de su historia.

Anderson es uno de esos raritos que viene de firmar cintas maravillosas y transgresoras como El fantástico Sr. Fox (2009) o Vida acuática (2004). Preocupadísimo de la estética fotográfica, Anderson puede terminar hundiéndose en los colores y en el diseño, pero en la mayoría de los casos, esos mismos colores mantienen a flote sus historias y las convierten en verdaderas obras de artes.

En Un reino bajo la Luna, en cierto modo, se extrema esta particularidad. En ocasiones el filme se convierte en un óleo que cobra vida gracias al encanto de unos personajes entrañables, sobre los que reposa una suculenta y empinada carga dramática, que al mismo tiempo los convierte en héroes modernos, cuando en realidad no son más que unos encantadores niños, protagonizando una historia de amor pura e intensa como las que ya no quedan en Hollywood. Anderson puede pisar el terreno de lo cursi y estereotipar a sus personajes, pero al mismo tiempo los rodea de un halo sublime de riqueza visual, que solo su refinada cinematografía pudo haber resuelto con tanto realismo y efectividad.

La composición resulta vital al tratar de presentar a un grupo de adultos acartonados a los que se les ha olvidado soñar y existir más allá de sus sombras. Sus miserias se presentan de forma casi ridícula, ingenua, y deja a los niños en una posición favorable, los convierte en una especie de raza superior, con un nivel de raciocinio mucho más práctico y comprensible, y a la vez hace que resulte verosímil.

Frances McDormand ejecuta con grotesca exactitud, a una mujer infeliz y dominante, incapaz de conocer a sus propios hijos. Bruce Willis, en una de sus mejores interpretaciones, es un fracasado aferrado a las pocas cosas que ha logrado en la vida. Bill Murray es un esposo amargado que ha perdido el leit motive. Y Edward Norton es un estricto y disciplinario hombrecillo de campamentos de verano. El universo de Un reino bajo la Luna, es el de un montón de adultos sin esencia, en el que un par de niños tratan de inventar un mundo en el que solo importen esas pequeñas cosas que les hacen sentir vivos y afortunados. Ellos se conforman con una playa solitaria en la que poder bailar al pie de una fogata y amar sin ataduras, mientras que el resto del mundo se empeña en buscar excusas a su felicidad.

La filosofía de Anderson traspasa las barreras cinematográficas, que ya son pocas en su caso, y asciende a un nivel casi etéreo de pensamientos y reflexiones, construye un laberinto maniqueo con la ayuda de los colores pasteles y desaturados, el vestuario y diseño vintage, y nos envuelve con abrumadora fuerza, liberándonos en el momentos justo de la reflexión.

Un reino bajo la Luna es una película que habla de la felicidad y de la infancia, contrastados con temas inmerecidamente adultos como la mentira y las miserias humanas. Estéticamente una obra de arte con un gran sentido perfeccionista.

@gvargaszapata

gvargaszapata@hotmail.com

gvargaszapata.blogspot.com


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