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Buscando la perla

FRANCISCO GÁMEZ ARCAYA |  EL UNIVERSAL
miércoles 23 de enero de 2013  12:00 AM
Cuántos procesos de la vida del hombre hemos imaginado diferentes a lo que en realidad son. Juzgando por el limpio resultado, nuestra poca familiaridad con el universo de actividades que se ejecutan a diario, hace que pensemos en situaciones muy distintas a las que ciertamente suceden. Quien jamás haya pescado, por ejemplo, con una de esas redes que se arrojan a la orilla de la playa, podría imaginar que lanzar la red es un proceso sencillo y que tomarla luego, abarrotada de grandes peces, es el resultado natural de tal acción. Descartamos la experticia y sobre todo el tránsito que recorrió el experto para adquirirla. Nos quedamos solamente con la foto del atardecer, la red desplegada en el aire, despedida por un par de brazos extendidos que apuntan al cielo. Y luego, el festín de peces saltarines en la orilla.

Tal vez por el apetecible y sensual gusto de las ostras, es posible también tener una idea muy placentera, y por ende distorsionada, de la pesca artesanal de perlas de mar. Mezclamos en nuestra mente elementos ajenos a ese trabajo. Incluimos el gusto marino de la ostra con el jugo fresco del limón, que desaparecen de la concha sin dejar rastro de perla alguna. Todo aquello hasta que, por razones del azar y la fortuna, una de esas suculencias dejaría al descubierto la costosa y diminuta luna.

Sin embargo, la realidad es otra. Las manos cuarteadas por el filoso nácar y las adherencias marinas trabajan sin descanso abriendo ostra tras ostra. El molusco es irrelevante para quien tiene el oficio de perseguir la preciosa esfera. Por eso, entre el agua salobre que incrementa el ardor, la sangre de las pequeñas cortadas, el cuchillo de herramienta y la podredumbre de los moluscos descartados y fétidos, pasan la vida los pescadores de perlas. Haciéndose expertos con cada movimiento. Espantando las multitudes de moscas atraídas por aquellos terribles olores. Buscando la concha premiada, una de cada cientos.

Igual sucede con la historia que relata los tránsitos traumáticos que recorren las sociedades. Los imaginamos desprovistos de pesares. Vemos el principio y el final. Dedicamos poco tiempo a recrear la vivencia diaria que padecieron sus hombres y mujeres. Vivir la historia en carne propia, sin embargo, nos hace constatar sus crueldades y agonías. Los tiempos que pasamos actualmente, semejan aquella putrefacta búsqueda de perlas. No las encontramos en la tienda, limpias y costosas, sino que trabajamos para hallarlas. Espantamos nuestras propias moscas, resistimos los dolores de las manos, arquemos ante la fetidez del entorno. Todo sin interrupción, sujetados con firmeza a la esperanza de encontrar la perla. Una diminuta joya que para Venezuela represente el camino definitivo hacia el progreso, la justicia y la paz. Esa es la búsqueda dolorosa que nos retiene en esta tierra. Ese es el empeño de soñar que, luego de todo esto, tengamos un mejor país.

@GamezArcaya


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