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Guerreros, ídolos, mesías

MARIANO NAVA CONTRERAS |  EL UNIVERSAL
viernes 18 de enero de 2013  12:00 AM
No cabe duda de que el más grande mito guerrero de la Antigüedad fue el de Alejandro Magno. La historia de aquél príncipe salido de una pequeña y apartada comarca para conquistar el mundo conocido sigue hoy excitando la imaginación más de veinte siglos después, al punto de que todavía en el año 2004 el inefable Oliver Stone le dedicaba una curiosa película. Cuenta la leyenda que Alejandro fue hijo del rey de Macedonia, Filipo II, y se dice que su maestro fue nada menos que Aristóteles. A los 20 años heredó de su padre la corona, y en poco tiempo los reinos del mundo antiguo sucumbieron bajo sus armas. Cientos de ciudades llamadas "Alejandría" fueron fundadas en su honor, y gracias a él, el griego fue hablado en un imperio que se extendía desde Egipto hasta la India. La leyenda le atribuye una fuerza, una inteligencia y una belleza excepcionales, así como innumerables matrimonios y romances con las más hermosas princesas de Persia, Fenicia o Capadocia. Para completar, como suele pasar con algunos famosos bienaventurados, Alejandro murió joven, dicen que a los 33 años como Jesucristo, y su verdadera tumba aún permanece oculta a los arqueólogos, aunque son muchas las ciudades que se disputan el honor de haber atesorado sus cenizas.


Hay que tener en cuenta que el mito de Alejandro no se construyó de la noche a la mañana. Más bien su leyenda se fue componiendo a lo largo de los siglos, y todavía en el Renacimiento escritores de toda Europa le dedicaban las más fantasiosas biografías, atribuyéndole nuevas e inverosímiles hazañas. Sin embargo, la construcción de este mito comenzó muy pronto, aún en vida de Alejandro, y no debemos asombrarnos de que en ello hubiera colaborado su propio protagonista. Así, el príncipe macedonio nunca ocultó su rendida admiración por quien consideraba el más grande de los guerreros míticos griegos. Hoy se conservan entre las ruinas de Troya los templos y monumentos que Alejandro erigió a la memoria de Aquiles, e incluso un pretendido mausoleo que mandó a construir en su honor. Al macedonio le interesaba altamente ser asociado con el héroe, ser considerado su legítimo sucesor y heredero.

A la conseguida fama de sus dotes guerreras pronto se añadieron las más insospechadas formas de propaganda política, muchas veces camufladas bajo refinadas expresiones artísticas. Miles de estatuas con la imagen idealizada de Alejandro se erigieron a lo largo del imperio, mientras que poetas componían himnos y panegíricos cantando su grandeza. Así, toda la maquinaria del poder estaba a la orden de lo que podría considerarse como la primera estrategia conocida de marketing político, hábilmente orquestada para glorificar la figura del macedonio, para enaltecer su imagen mítica y convertirlo en un ídolo, cohesionando el vasto imperio en torno a su figura. Más tarde, Roma también llegó a copiar algunas de estas astutas estrategias, llenando su imperio de estatuas para divinizar a sus emperadores, y hasta algunas escuelas filosóficas como la de Epicuro utilizaron estas mismas tácticas para glorificar a sus ilustres maestros.

Hoy en día contamos con medios bastante más sofisticados que aquellas primitivas estatuas de mármol. Los avasallantes recursos de los medios impresos y audiovisuales, así como de las llamadas redes sociales, se muestran altamente eficaces al bombardear la cabeza de los ciudadanos, imponernos una determinada "matriz de opinión" y convencernos de las "razones" políticas más increíbles. Actualmente, estas técnicas están más que estudiadas, y no es de extrañar que en Latinoamérica hayan resultado extremadamente rentables en términos políticos. Un ejemplo claro es el mito del Che, o el de Evita, o incluso el de Bolívar. En Venezuela, cuando algunos invocan la "consubstanciación", la "absoluta conexión amorosa" que mantienen ciertos líderes con su pueblo, prefieren callar el grosero asedio que hemos sufrido los ciudadanos durante casi quince años por parte de un gobierno empeñado en fabricarnos un líder, un ídolo, un mesías. Sin embargo, aunque ya sabemos bien lo complicado y oneroso que resulta construir un mito, desmontarlo es más bien sorpresivamente sencillo: con la verdad.

marianonava@gmail.com


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Comentarios (2)
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Por Quintero Alfredo
18.01.2013
5:26 PM
Sr. Carbonell, estaba a pundo de comentar algo parecido. La conclusión del artículo sugiere que un mito bien montado se puede desmontar, pero el mito de Jesús de Nazaret tiene casi mil novecientos años, y la mayoría de los cristianos cree que esa persona en ese tiempo caminó sobre el agua, resucitó muertos y sacó a los mercaderes del templo.
 
Por tomas carbonell
18.01.2013
5:19 AM
Como Alejandro, sucedio con Cristo, cuando Constantino autorizo la religion como otra de las tantas de Roma, se seleccionaron solo los evangelios que lo presentaban como un ser divino, dejando aparte aquello que lo hacia un comun,paradojicamente,especial mortal. Las consecuencias, desastrosas,las conocemos todos.
 
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