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A veces puede ser tarde

AGUSTÍN ALBORNOZ S. |  EL UNIVERSAL
viernes 18 de enero de 2013  12:00 AM
Dar un nuevo paso, pronunciar una palabra nueva, es a lo que más le temen las personas.   Dostoievsky

Recientemente llegó a mis manos una historia que leí y me pareció interesante para compartirla con nuestros amables lectores, la relata una muchacha llamada Andrea, a quien aconteció lo que ella misma describe a continuación:

"Tenía apenas 14 años cuando conocí a Gabriel. Él no era mucho mayor y, al igual que yo, pasaba por la difícil etapa de la adolescencia. Nos hicimos amigos y juntos nos divertimos mucho".

No recuerdo qué pasó exactamente entre nosotros. Tuvimos diferencias y un altercado, hubo palabras duras y lágrimas. La imagen de él, con el pelo empapado bajo la lluvia y las lágrimas que le resbalaban por las mejillas, se quedó para siempre grabada en mi memoria. Quise reparar el daño, pero me faltó valor y no supe hacerlo. La situación me parecía demasiado compleja. Gabriel y yo nos distanciamos.

Transcurrieron los años y no supe mucho de él. Luego, en un mes de abril, amigos mutuos me hicieron saber que estaba en coma. Había caído unos treinta metros mientras escalaba una montaña. El corazón me dio un vuelco. En ese instante comprendí que jamás lo volvería a ver. Los médicos se esforzaron por ayudarlo, pero Gabriel murió al cabo de unas semanas.

Después de aquello, durante un tiempo no podía conciliar el sueño de noche, deseando que hubiese podido resolver nuestras diferencias y que hubiésemos seguido siendo amigos. Tenía la certeza de que había perdido toda oportunidad de hacerlo. Me preguntaba si él me habría perdonado el daño que le había causado, si podía observarme desde el Cielo y si comprendía el dolor que azotaba mi alma.

Luego, una noche, me vino la respuesta a mi interrogante. No era nada largo ni complicado; pero era todo lo que me hacía falta para librarme del remordimiento.
Oí claramente una voz en mi cabeza. Era Gabriel, que me decía: "¡Siempre te consideré mi amiga!" Se me llenaron los ojos de lágrimas. Comprendí que todo estaba perdonado. A mi corazón llegó la paz.

Entonces me propuse que jamás dejaría transcurrir un día sin hacer las paces con aquellos a quienes ofendiera, por si no se me vuelve a presentar la ocasión de hacerlo. Hoy podría ser mi única oportunidad de demostrar a alguien que es importante para
mí, a la vez que decirle: "Quiero que hagamos las paces".

Es muy probable que nuestros amables lectores hayan vivido alguna situación similar a la descrita, lo que me llamó más la atención fue percatarme, a través del relato, del hecho de que hay momentos en la vida en los que es demasiado tarde para corregir alguna circunstancia inconveniente, por lo que a pesar de que generalmente se nos presentan diversas ocasiones para hacerlo, si no lo llegamos a solucionar pudiera llegar el instante en que definitivamente ya no hay más oportunidad.

Esta afirmación se puede referir tanto a cuestiones de poca importancia como a asuntos de mayor envergadura, lo cual podría incluso ocasionar un daño intenso y prolongado, no solo a otras personas sino a nosotros mismos. Por esta razón, a pesar de que sin duda no va a ser algo fácil de llevar a la práctica, mi invitación sería a no desaprovechar cualquier ocasión que sea propicia para enmendar situaciones conflictivas, y también a no esperar mucho, porque podría ser demasiado tarde. 

Si no tenemos paz en el mundo, es porque hemos olvidado que nos pertenecemos el uno al otro, que ese hombre, esa mujer, esa criatura, es mi hermano o mi hermana.

Madre Teresa de Calcuta

agusal77@gmail.com

@agusal77


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