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El mal sin belleza

EDILIO PEÑA |  EL UNIVERSAL
martes 15 de enero de 2013  12:00 AM
Pareciera que cuando una sociedad comienza a vivir en torno al destino de un solo ser, ésta pierde la base que la conforma y le da sentido: la individualidad. Esto ha ocurrido bajo la égida de jefes tribales, dictadores, y de algunos presidentes que celan el poder total; el carisma que éstos acuñan hace prosperar el fanatismo, pero también, el poder que impone y condiciona tal fascinación. Los medios de comunicación han alimentado y refinado el seguimiento de ese alguien excepcional, quien se presenta como necesario y predestinado, a pesar de que al principio, el elegido por la dinámica de la historia o el azar, no tenga el suficiente telurismo para imantar a las masas  que después habrán de convertir en manadas.

Inicios del siglo XX, Mussolini, Stalin y Adolfo Hitler, esmeraron su histrionismo para convocar multitudes, y a través de sofisticadas puestas en escena, éstos habrían de lucir sus estudiados discursos y gestos, para luego rendirlas ante su arrolladora imagen y estridencia. En las dictaduras, la foto del  máximo líder o comandante en jefe, ha estado en todos los espacios de la vida pública y privada, a través de una ubicuidad que compite con Dios, y que busca  allanar cada uno de los rincones de la vigilia y el sueño, como el personaje de El Gran Hermano, en la magnífica novela 1984, de George Orwell. Porque la existencia del líder, vivo o muerto, debe trascender la propia realidad. Su muerte puede llegar a ser no su fin sino apenas el inicio de su voraz metástasis. Ese es uno de los principios de la metafísica del poder totalitario.

Sin embargo, en cada una de las representaciones de ese engendro del delirio  y el poder, los iconos mitificados han seguido una de las pautas que la modernidad fundó: la estética. Es decir, más allá de la realidad, el mal como el bien, también alcanza una belleza que debe acompañar las representaciones y los actos de ese ser de la excepcionalidad humana. Ya en la misma literatura, que siempre parece prefigurar a la realidad, Mary Shelley, había anunciado con su Frankenstein, las múltiples formas que adquiriría el horror en nombre del sentimiento y las ideas. Los crímenes masivos de las dictaduras totalitarias han perseguido el macabro fin de hacer que sus victimarios sientan orgullo de sus actos como artistas que  fraguan sus obras,  y que sus víctimas se entreguen a la ejecución de ellas, como mansos corderos ante una implacable divinidad creadora. El señuelo es la belleza del mal, que cautiva por igual, a victimarios como a víctimas.

Sin embargo, la paradoja acecha, y en Venezuela, esa tradición fue rupturada atropellando y negando la estética como voluntad formal para implantar un adefesio de la teoría comunista; su líder arrancó de cuajo todos los corazones de cada uno de los venezolanos, para que fuera solo el suyo el que latiera por ella.  Desde entonces, en el Estado venezolano, la arbitrariedad y la impudicia se ha instalado sin máscara ni ocultamiento, como la irregularidad formal de gobernar. La manera en que se ha violado la Constitución para perpetuar en el poder la leyenda de un hombre que se hunde en el ocaso, a través de su camarilla en pugna, es el mayor descaro que se haya podido cometer en la historia republicana. El llamado proceso revolucionario en Venezuela, tiene múltiples características de representación que nunca antes en otras revoluciones existieron en su fase inicial. Ni siquiera con la que éste se arropa: la revolución cubana, que  en su juventud fundó una estética que habría de emblematizar la foto del Che Guevara (un mártir tiene que ser fotogénico, escribiría Guillermo Cabrera Infante), tomada y retocada por un fotógrafo de mulatas voluptuosas, Alberto Korda; por los discursos hipnotizadores de Fidel Castro, ante los cuales la misma racionalidad del filósofo francés, Jean Paul Sartre, no pudo escapar al magno hechizo con los que su orador los esculpía en la Plaza de la Revolución de La Habana; así la palmera del socialismo tropical terminaría bailando con la música de La Nueva Trova Cubana.

Muy distinto ha sido en la revolución venezolana, porque aquí lo feo moralmente, lo vulgar y lo siniestro sin ninguna representación estética, encontró privilegio. El programa de televisión La Hojilla y los discursos del Presidente dan cuenta de ello.  Es improbable que la historia reserve un espacio a alguien que se dedicó a destruir el lenguaje y las propias palabras que lo componen. Lo sorprendente es que aquí en Venezuela, la negación de la estética está en proporcional correspondencia con la negación de la ética. Es decir, el mal en Venezuela se ha ido instalado, sin la belleza que desplegaron los precursores del poder totalitario.

edilio2@yahoo.com


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