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Literatura, humor y política

MARIANO NAVA CONTRERAS |  EL UNIVERSAL
viernes 11 de enero de 2013  12:00 AM
A Laureano Márquez

Uno de los aportes más importantes que la humanidad debe a los antiguos griegos es la invención de lo cómico. No es que las demás civilizaciones no se hayan podido despachar mofándose y ridiculizando al prójimo, cosa que al parecer siempre fue muy fácil y para lo que no hace falta demasiada inteligencia, como bien sabemos por experiencia cotidiana. Pero los griegos hicieron de la burla un arte, y le dieron rango literario.

Los antiguos festivales de comedia se celebraban en el mes de Gamelión,  que corresponde a nuestro mes de enero, en pleno invierno. Sin embargo, a las fiestas Leneas, que se celebraban en Atenas, acudían gentes de toda Grecia, dispuestas a pasarla en grande. Había desfiles, comilonas y borracheras en honor a Dioniso, el dios del teatro y del vino, pero la atracción principal se concentraba, claro está, en torno a los escenarios. Allí se representaban las comedias, en las que no se salvaba nadie: los coros entonaban danzas satíricas criticando a algún demagogo o se metían con la amante de algún general. Los actores se ponían máscaras que ridiculizaban a los más importantes hombres públicos, fueran filósofos o políticos, como Sócrates o Pericles, mejor conocido entre el populacho como "cabeza de pepino" (cosa que lo reventaba, por cierto).

El humor de las comedias era, desde luego, eminentemente político. Y es que los atenienses siempre vieron en su teatro una ocasión irrepetible para tratar, abiertamente y sin tapujos, lo más señalado de sus asuntos públicos, ya en clave cómica, ya en clave trágica. El más agudo y mordaz de todos los comediógrafos fue Aristófanes, cuyas obras todavía nos divierten, veinticinco siglos después. En Lisístrata, las mujeres de la ciudad, hartas de la guerra, inician una huelga sexual para forzar a sus hombres a acordar la ansiada paz. En Las aves, dos ancianos atenienses se proponen fundar utópicamente una ciudad ideal en el medio del cielo, con la ayuda de unos pajaritos. Para decir todas sus cosas sin temor a represalias, los comediantes contaban con la parresía, una especie de derecho que los amparaba para decir todo lo que quisieran, siempre y cuando fuera verdad. Así, la democracia ateniense garantizaba a sus ciudadanos, a través del teatro, no solo la libertad de expresarse y un poco de transparencia, sino incluso el derecho a burlarse de sí misma.

En el año 405 a.C., con la derrota de Egospótamos en la Guerra del Peloponeso y la imposición de la dictadura de los Treinta Tiranos, las cosas cambiaron radicalmente. La armada ateniense fue destruida por los temidos espartanos y éstos impusieron en Atenas un gobierno títere. Abolida la democracia, no quedó más espacio para la crítica política, y el teatro ya no pudo volver a ser el mismo. Las agudas y mordaces, inteligentes comedias de antaño fueron sustituidas por una especie de malas telenovelas, unos dramas típicamente fiallescos en los que una chica pobre se enamoraba de un rico galán y quedaba embarazada, para después descubrirse que en realidad la pobre y fea muchacha era una hermosa y rica heredera, a la que se le reconoce gracias a una medallita o un lunar. Que todo lo que inventaron los griegos no tiene por qué ser bueno.

El caso de la antigua comedia ateniense nos muestra cuán insospechadamente cerca se encuentran el humor y la política. Nos muestra cuánto depende una expresión artística de ciertas condiciones políticas y culturales para su desarrollo y subsistencia, pero también cuán sabios y frágiles son los mecanismos necesarios para que sobreviva y se fortalezca una democracia. La democracia ateniense conocía muy bien las ventajas de permitir la crítica y la burla, de promover la risa colectiva como elemento de cultura y de debate democrático, verdades demasiado sofisticadas para que pudieran ser comprendidas por los rudos y guerreros espartanos. Esta historia demuestra también cuán alto es el precio que debe pagar el arte y la cultura cuando se impone un régimen autoritario, retrógrado y obsoleto, pero también es un claro ejemplo, en resumidas cuentas, de que las dictaduras no tienen sentido del humor.

marianonava@gmail.com


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Comentarios (1)
Por Lourdes del Valle
11.01.2013
7:09 AM
Excelente, Mariano. !Gracias!
 
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