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Propósitos de año nuevo

Al cabo de 2013 deberíamos revisar como hecho cierto la transformación social

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ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN |  EL UNIVERSAL
miércoles 9 de enero de 2013  12:00 AM
El año arranca con incertidumbres. Cuándo no. Si cada año es el inicio de un ciclo, de una vida. Es necesario plantearse escenarios, soñarlos, disfrutarlos en la imaginación. Estos días dan para eso, para apostar por su cumplimiento, para asegurarnos -aunque algunos lo tomen como una mentira piadosa- de que todo saldrá como lo planeamos, como lo decidimos ahí, sentados en el sofá de la casa, o frente al mar, o donde quiera que nos encontrara ese momento de la vida que recién se inicia en este enero que permite ver un 2013 amplio, lleno de oportunidades.

De cara al mundo

En lo general, el año pinta para cambios. No puede ser de otra manera. Un mundo en crisis económica, con gente muriendo como consecuencia de embargos, hipotecas o desahucios, con guerras infinitas -declaradas o no- con centenares de muertos por la sinrazón; no permite otra cosa que advertir cambios. Esa es la ilusión.

No se trata de augurar que la conjunción de los astros permitirá el entendimiento. Lo que se impone es que los seres humanos, indistintamente de sus posiciones políticas, religiosas o ideológicas, comprendan que este mundo es lo suficientemente amplio como para que todos convivamos en paz, sin necesidad de atentar los unos contra los otros. Difícil de cumplir; pero en un escenario de ilusiones, todo se vale, sin que por ello se acuse a los ilusionados de ingenuos.

A lo interno

En lo nacional; se deja ver una solución a los conflictos. No es lógico, a razón de la estéril confrontación entre los extremos, pero es lo responsable, a la luz de los eventos que juntos debemos enfrentar.

El país, sumido en una diatriba aparentemente interminable, finalmente debe descubrir que mientras unos pocos se desgastan en declaraciones de lealtad, bien a una figura, bien a un símbolo, bien a una institución descrita en papeles dogmáticos; hay una millonada de hombres y mujeres que padecen la desigualdad, el desatino, la fiereza de una lucha desmedida y absolutamente divorciada -aunque digan lo contrario- de las realidades nacionales.

A estas horas, aquellos dislates de campaña, en los que se aseguraba que lo único que importa es una utopía discursiva ya no tienen sentido; en tanto que las fallas en los servicios, la ínfima calidad en la atención real al ciudadano y la instauración de un hombre nuevo con la anarquía como característica esencial, siguen vigentes; como atentado directo al desarrollo del país. Al crecimiento de la nación.

En defensa de las oportunidades

Nadie saldrá a la calle a defender lo que se queda en discursos altisonantes; tampoco nadie lo hará para seguir la instauración de otros compromisos populistas que entregan, regalan, despilfarran el tiempo, el dinero, la vida de los venezolanos.

En cambio; por alguna razón cósmica -para no decir de conciencia colectiva- se activarán las energías para salir todos los días a la calle en procura de sumar, crecer y avanzar hacia un país de oportunidades reales.

La ingenuidad del día a día

Las burlas, el desánimo y el pesimismo respecto a la calidad de los venezolanos y su inagotable capacidad para adaptarse a las transformaciones sociales brotan, en una autoflagelación que desconoce el ímpetu real, troquelado en los genes de aquellos que cada mañana, aun en medio de las más profundas dificultades, salen a trabajar, a desmentir con su esfuerzo, sacrificio y entrega, todas esas voces agoreras que les endilgan una dejadez que no es cierta, que se sacude en cada circunstancia que exige de temple.

Está claro que solo hace falta un giro sencillo que incentive y demuestre que con la misma intensidad con la que algunos se empeñan en destruir; es mucho más lo que se puede levantar. La fuerza existe; se palpa en las calles, en medio de la anarquía reinante. Hace falta canalizarla, conseguirle su espacio ideal. Cada uno, en lo más íntimo aspira a superarse; y ese es un valor que amerita potenciarse, porque de ello depende en gran medida que dejemos de pensar a ras de piso, para comenzar a entender que todos merecemos más.

Unidad real

El año; así y todo como arranca, trasluce un deseo inimaginable e inagotable de unidad real; de esa que amalgama y sirve de sustento para grandes cosas. Ya no se trata de un eslogan o de una consigna que arropa; ahora se perfila como un concepto amplio que va más allá de la política en pequeño y se interna, como la política mayúscula, en las casas, edificios, urbanizaciones, barrios, parroquias, municipios, estados, el país.

Unidad como la que siempre hemos tenido y que se han empeñado en desgastar y hacer olvidar. Unidad en la familia para celebrar una graduación, o un puesto de trabajo o una buena nota en el colegio. Unidad en el edificio por el logro común de un acuerdo sobre la limpieza o los puestos de estacionamiento. Unidad en el barrio en lo que se refiere a la protección en las horas cuando los azotes hacen de las suyas; unidad en las urbanizaciones para evitar que se siga depreciando la vida. Unidad en las parroquias, para rescatar y compartir las tradiciones; más allá de colores. Unidad en los municipios para redescubrir capacidades y evitar que todos los recursos provengan del situado. Unidad en los estados para alcanzar fines comunes que garanticen salud, educación y vivienda para todos, los más pobres, los menos pobres, los de clase media, los que más tienen. Unidad del país, para revertir el atraso que nos deja la división y su fiel aliada, la polarización malintencionada pero provocada.

Ilusiones al fin

Las ilusiones dan para mucho; incluso para desilusionarse. Pero no hay razones para perder la esperanza en cuanto a nuestras posibilidades. Los débiles se dejan llevar por verdades dogmáticas, hasta que se dan cuenta de cuánto se puede cambiar.

Vamos obligados a esa transformación. El cordón umbilical de aprobación o reprobación social se cortó; nos toca asumir el renacimiento. Es nuestra oportunidad.

No se trata de tinta que mancha; no son ideas sueltas, ni pensamientos fugaces. Son posibilidades reales, son alertas para que cada quien asuma el desafío de dibujar su propio horizonte de superación; y en el entendido de que existe el inconsciente colectivo, unir esos deseos e ilusiones para transformar desde lo individual, todo cuanto nos circunda.

Algunos lo llaman nueva era, otros realismo mágico, otros más allá lo denominan utopía comeflor. Sin embargo habría que decir que es simple ilusión posible.

Nadie en la esquina de abajo, ni en la avenida, ni en el barrio, ni en el estado, ni en el país, ni en el mundo; en su sano juicio apuesta por la debacle, por el desastre. Todos, no hay duda, aspiramos al avance. En ese sentido los pasajes de transformación necesaria, de unidad real, de compromiso y voluntad para la superación de los males que nos afectan dejan de ser los buenos propósitos de año nuevo, para convertirse en la orden a seguir.

La incertidumbre siempre estará. Ojalá que luego de esos laberintos sanos y estimulantes, en el sofá, frente al mar, o donde quiera que se presentara esa visión típica de aquellos que se deciden a enfrentar un nuevo comienzo -con el año- quede en el espíritu la convicción de que será posible; al cabo de este 2013, revisar como hechos ciertos los pequeños detalles personales, que sumados a los de muchos otros, condujeron a una transformación social.

@incisos



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