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En mi biblioteca

¡Qué difícil es escoger entre lo que se ama! Ardua tarea

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RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
miércoles 2 de enero de 2013  12:00 AM
Las breves vacaciones del fin de año me han permitido meterle mano a ese espacio que en mi casa hemos dado por llamar biblioteca. Digo que "hemos dado", porque no es propicio para ella en cuanto a su forma y dimensiones; tan es así, que los libros ya no caben en ella y he tenido que sacarlos para otras partes de la casa ocupando espacios que no les corresponden. En realidad, no sabría decirles cuántos ejemplares poseo, pero el número podría estar cercano a unos dos mil, o dos mil quinientos. No es gran cosa si lo comparo con las bibliotecas que tienen algunos de mis colegas escritores, quienes han tenido que habilitar toda la casa para almacenar sus libros y buscar otra residencia; pero me defiendo, sin duda.

Estando en eso de acomodar aquí y allá, de limpiar el polvo y de revisar en el interior de algunos volúmenes y leer las notas que había guardado en ellos, se me vino a la mente una entrevista -leída hace poco- que le hicieron a uno de los grandes de la literatura española, a quien le formularon la estúpida pregunta infaltable cuando no se tiene otra cosa qué preguntar (o cuando se carece de cultura literaria): "¿Si tuviera que irse a una isla desierta qué libros se llevaría consigo?". De entrada a nadie se le obliga a marcharse a una isla desierta; en todo caso, a la gente se le manda al exilio, se le obliga al autoexilio o sencillamente cada cual toma sus bártulos -motu proprio- y se larga a otro destino. Si en lo particular tuviera que hacerlo -o me viera obligado- intentaría ligar que mi nuevo derrotero fuese superior al actual: qué sé yo: una gran capital como Nueva York, Madrid, París, Barcelona, Roma o Estambul. Pero... ¿una isla desierta? En cualquier circunstancia, sea la dichosa isla en condición de náufrago, o en una gran capital en condición de sujeto anónimo, habría que llevarse unos cuantos libros para mitigar de algún modo esa soledad depresiva que de repente se apodera de los emigrantes, sobre todo sin son buenos lectores. Y como yo me considero uno de ellos (perdónenme la inmodestia), haré el ejercicio con los libros que me llevaría a mi hipotético destino.

Libros y autores

La letra e, La vaca y Viaje al centro de la fábula del guatemalteco exiliado en México, Augusto Monterroso (1921-2003), estarían en mi valija en primera fila, por ser textos ensayísticos sobre su obra y la de otros autores, en los que además de brindarnos su erudición y esa inteligencia puesta a toda prueba a lo largo de su obra entera, despliega fino humor, sátira, ironía y sarcasmo: elementos todos muy asociados con una mente superior, rayana en la genialidad. Los textos incluidos en estos tomos se disfrutan de la primera hasta la última página, y lo mejor de todo: provocan releerlos una y otra vez sin que ello implique que agotemos su encanto.

Las Obras Completas de Jorge Luis Borges. Posee este argentino la estupenda condición de llevarnos con sus páginas por mundos inesperados, complejos, ricos en imágenes y sutiles sensaciones que azuzan los sentidos. Quien haya leído alguna vez su espléndido texto La rosa de Paracelso, por poner un ejemplo, no podrá olvidar jamás la perfección hecha texto: obra maestra. Es Borges un gran esteta de la palabra: quizás el mejor de este lado del mundo. Admiro en él su desenfado, su humor negro, su sapiencia transformada en una obra que marca un antes y un después en las letras hispánicas, y universales.

El amor en los tiempos del cólera es -a mi entender- la gran obra de Gabriel García Márquez. No podría faltar en mi maleta. Fermina Daza y Florentino Ariza representan en mi formación literaria un punto de inflexión notable, claramente definitorio de lo que vendría a ser mi larga carrera en las letras. Su amor, su paciencia y su pasión no se las pueden comparar con ninguna otra experiencia en su tipo. Metería también, El general en su laberinto, hermosa pieza que nos reconcilia con la figura de Bolívar y su duro trance a la inmortalidad. Quizás me decida por Del amor y otros demonios, que conjuga con maestría periodismo, historia y realismo mágico. Electriza: "En la tercera hornacina del altar mayor, del lado del Evangelio, allí estaba la noticia". Impecable comienzo.

Diario de invierno, de Paul Auster, es uno de sus mejores libros. No se trata sólo de contarnos parte de su vida, como ya lo había hecho en La invención de la soledad, sino del manejo casi perfecto del lenguaje, de la técnica narrativa; de la tercera persona del singular. Posee este libro una deliciosa tensión que nos conduce con gozo a la reconciliación con su pasado, y a comprender, con fino humor, que somos productos inacabados de nuestra propia realidad.

Disfruto los textos periodísticos y críticos del español Javier Marías. Quizá mucho más que sus novelas (que son excepcionales). Metería en la maleta tres de sus grandes compilaciones: Literatura y fantasma, Vida del fantasma, y, A veces un caballero. Son libros deliciosos, de textos breves pero densos, que nos cuentan con extraordinario humor su relación con la literatura. Me fascina su cinismo, su -a veces- cruel ironía; esa manera de decir las cosas sin cortapisas, y quedarse tan tranquilo. Una magnífica prosa.

De Enrique Vila-Matas me llevaría su Bartleby y compañía por ser una pieza depurada, exquisita, laberíntica, que nos empuja a tomar partido por aquellos personajes de la literatura que siempre están escribiendo "algo" y jamás logran concretar una obra. De este autor agregaría el tomo compilatorio El viento ligero de Parma; agudos textos ensayísticos en los que deja sentado su fino gusto, su depurada escritura, sin dejarse de lado una erudición jamás transformada en pedantería.

Una genial despedida

Agregaría a la valija el hermoso texto autobiográfico Mi vida junto a Pablo Neruda, de su viuda Matilde Urrutia. Un libro inolvidable, doloroso, profundo, en el que narra momentos desgarradores al lado de este insigne poeta chileno. De Octavio Paz me llevaría sin dudarlo Piedra de sol, uno de sus mejores poemas. También sus libros de ensayos: Sor Juana Inés o las trampas de la fe; El arco y la lira; El laberinto de la soledad y La llama doble, por ser piezas de gran acabado estilístico en las que despliega encanto y erudición. De Carlos Fuentes, el otro celebérrimo mexicano, me llevaría uno de sus últimos libros que termino de leer: Personas, que vendría a ser una extraordinaria caja de Pandora y una genial despedida de sus amigos y de sus autores favoritos.

Recuerdo de los míos

No podría irme sin los autores de la casa. Los Cuentos Completos de Arturo Uslar Pietri, en los dos volúmenes de la editorial Norma, no se podrían quedar por fuera por ser lo mejor de su obra. En el bolsillo de la chaqueta incluiría Viaje al amanecer de mi paisano don Mariano Picón-Salas, por ser un hermoso fresco de mi ciudad elaborado con una prosa insuperable. En el otro bolsillo se irían conmigo los Cuentos de don Tulio Febres Cordero: ventana al mundo de su portentosa obra.

Aunque las maletas estén a reventar incluiría antes de abordar el taxi que me llevaría al aeropuerto, Historia de Mérida, de mi querido amigo Carlos Chalbaud Zerpa, no precisamente porque mi nombre aparezca en ella (un honor), sino porque sería mi segura conexión con el pasado y el presente del mundo que se quedaría atrás.

¡Qué difícil es escoger entre lo que se ama! Ardua tarea.

rigilo99@hotmail.com

@GilOtaiza



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