Breves deseos
VERONICA PONTE AYALA
| EL UNIVERSAL
sábado 29 de diciembre de 2012 12:00 AM
El resumen del año te agarra desprevenido, puesto que no tuviste tiempo para examinar todo lo acontecido durante ese período. Te dejaste llevar con las tareas cotidianas y te perdiste el análisis de las mismas. Sin embargo, te detienes a meditar tus deseos.
Acompañado de tus queridos, con una cena repleta y las uvas de por medio, comienzas a considerar qué quieres. Sientes miedo, porque de vez en cuando, lo desconocido e incierto, se escapa de tu entendimiento.
Tomas un tiempo para observar cada uno de los que te rodean. El padrino; feliz por tener su casa llena de familiares y amigos, el primo mayor; enamorado como un crío, aquél sentado allá tiene una conversación con la otra chica (ya no tan chica), recordando todos sus viajes y lo que cada uno les dejó. Te asomas por la ventana y piensas que si en verdad todos tienen cena, familia, amistades, querencias, supones que no.
Te concentras. Ahora sí comienzas a describir (mentalmente) eso que tanto deseas; que el mundo no se acabe tan pronto (o que al menos no sea mañana), que el amor navideño dure todos los días, por eso de que todos se vuelven hermanos y resalta la alegría, que la tristeza te acompañe solo a ratos y no te aplaste la melancolía, que tus recuerdos te enseñen, mas no que te abstraigan, que todos los niños tengan una cena, aunque sea una utopía, que el fracaso te demuestre lo bueno de la valentía, que la espuma no se detenga y te traiga imágenes vivas, que el amor venza y la guerra cese, que si gana la guerra aún te quede la dicha, que sonrías, constantemente, en todo momento, cada día.
Tus deseos se vuelven amplios, infinitos. Vuelves a tu reunión y viendo a tu hermano, te le acercas y preguntas; ¿y tú, ya tienes tus deseos?, hermano, ¡Feliz año nuevo!
vpontea@gmail.com
Acompañado de tus queridos, con una cena repleta y las uvas de por medio, comienzas a considerar qué quieres. Sientes miedo, porque de vez en cuando, lo desconocido e incierto, se escapa de tu entendimiento.
Tomas un tiempo para observar cada uno de los que te rodean. El padrino; feliz por tener su casa llena de familiares y amigos, el primo mayor; enamorado como un crío, aquél sentado allá tiene una conversación con la otra chica (ya no tan chica), recordando todos sus viajes y lo que cada uno les dejó. Te asomas por la ventana y piensas que si en verdad todos tienen cena, familia, amistades, querencias, supones que no.
Te concentras. Ahora sí comienzas a describir (mentalmente) eso que tanto deseas; que el mundo no se acabe tan pronto (o que al menos no sea mañana), que el amor navideño dure todos los días, por eso de que todos se vuelven hermanos y resalta la alegría, que la tristeza te acompañe solo a ratos y no te aplaste la melancolía, que tus recuerdos te enseñen, mas no que te abstraigan, que todos los niños tengan una cena, aunque sea una utopía, que el fracaso te demuestre lo bueno de la valentía, que la espuma no se detenga y te traiga imágenes vivas, que el amor venza y la guerra cese, que si gana la guerra aún te quede la dicha, que sonrías, constantemente, en todo momento, cada día.
Tus deseos se vuelven amplios, infinitos. Vuelves a tu reunión y viendo a tu hermano, te le acercas y preguntas; ¿y tú, ya tienes tus deseos?, hermano, ¡Feliz año nuevo!
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