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La Biblioteca Arcaya

Una visita a la Biblioteca Arcaya reconcilia al visitante con un país que puede ser

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FRANCISCO GÁMEZ ARCAYA |  EL UNIVERSAL
viernes 28 de diciembre de 2012  12:00 AM
Todo comenzó cuando tenía once años de edad. Había ganado el premio al mejor estudiante del Colegio Federal de Coro. El director, para estímulo y recompensa del alumno, le obsequió un libro de poesía. A pesar de haber sido educado en un ambiente de lectura y estudio, ese año de 1885, ese primer libro propio, esa sensación única de poseer sabiduría y belleza en letras impresas y páginas empastadas, dio comienzo a la creación de la biblioteca de Pedro Manuel Arcaya.

Arcaya nació en Coro el 8 de enero de 1874. Su vida pública comenzó a partir de 1909 cuando el general Juan Vicente Gómez lo designó vocal de la Corte Federal y de Casación y encargado de la revisión y redacción de códigos y leyes. Ciertamente, desde aquel primer cargo, Arcaya comienza a ser públicamente reconocido como parte del grupo de intelectuales que acompañaron al gobierno de Gómez. Figuras como Laureano Vallenilla Lanz, José Gil Fortoul, César Zumeta, entre otros, que dedicaron sus capacidades y talentos a la construcción de un país que venía azotado por un siglo de guerra y caudillismo. Arcaya sería luego nombrado procurador general de la Nación, ministro de Relaciones Interiores en dos oportunidades, senador por el estado Falcón, embajador en Francia y embajador en Estados Unidos de América, igualmente en dos ocasiones.

La carrera política de Pedro Manuel Arcaya, sus sólidas contribuciones en la redacción de leyes y códigos que aún subsisten, y sus estudios sobre historia, sociología y derecho tuvieron y aún tienen gran significación para el país. Sin embargo, la gran obra tangible de su vida la constituye su biblioteca.

Estudio y saber

La Biblioteca Arcaya fue el resultado de una vida de esfuerzo dedicada al estudio y el saber. Aquel niño de once años que quedó cautivado con el premio que le otorgó su colegio, comenzó a transitar un camino que pocos han recorrido. Primero, desde la vieja oficina de correos de Coro y luego desde Caracas, eran semanales los pedidos que llegaban a su nombre desde todas las grandes editoriales del mundo. Su avidez por la lectura y por el conocimiento, lo llevó a aprender por cuenta propia y con la ayuda de diccionarios varios idiomas, inglés, francés, italiano y alemán.

Vale destacar, sin embargo, que esas adquisiciones no se hicieron sin esfuerzo económico ni frustraciones. Cuando Arcaya tenía unos treinta años de edad, ya era un reconocido intelectual que intercambiaba correspondencia con grandes personajes de la época, incluso mucho mayores que él. En una carta que Arcaya le envió a Lisandro Alvarado en 1906, le escribía: "He encargado libros a París, Hamburgo y Caracas. Verdad es que todo esto me ha salido muy costoso y comprendo que no teniéndose fortuna, como no la tengo, es un disparate gastarse en los libros lo que se gana, en esta tierra donde nada de eso vale". Esos esfuerzos y pesares, sin embargo, no pudieron detener su espíritu. Cuando en 1913 se casó con María Teresa Urrutia Vallenilla, Arcaya ordenó traer a Caracas los libros que ya tenía en su Coro natal. Para esa época eran unos 10.000.

Luego, la vida de Pedro Manuel Arcaya fue avanzando y así su biblioteca. Trabajos logísticos inmensos implicaban las numerosas mudanzas que la familia hizo al exterior para ocupar los cargos diplomáticos asignados. Pero en esa época, el saber intelectual y el estudio se condensaba únicamente en páginas, así, la forma de vivir para un estudioso era solo en compañía de sus libros, que en el caso de Arcaya cada día eran más.

Leídos y releídos

Sin embargo, los libros no lo convertían en un mero coleccionista o en un comprador compulsivo de obras sin conexión ni sentido. Muy por el contrario, su biblioteca estaba compuesta de libros leídos y releídos, estudiados y anotados, todos en sintonía con los temas de su interés, todos gravitando en torno a su país. Conocimientos completos sobre la historia de América y el mundo, todo lo concerniente a los estudios de sociología de la época, en especial respecto al positivismo, filosofía clásica, genealogía, literatura, religión y derecho. Un verdadero universo de saberes que dio como resultado el conocimiento profundo para Arcaya del pensamiento integral de su época. Una sabiduría que puso al servicio de Venezuela durante toda su vida.

Puertas abiertas

Para los años 40, la biblioteca era su sitio de trabajo y estudio, pero también el lugar de encuentro del mundo intelectual venezolano. Siempre con las puertas abiertas para recibir estudiantes, y algún curioso, la biblioteca servía de oasis para muchos que se afanaban en vano en encontrar respuestas que solo se hallaban ahí. Ediciones extintas, raras compilaciones, numerosos incunables, estudios inéditos y todas las grandes obras del pensamiento universal, componían el elenco de sus libros. Todos minuciosamente cuidados por su propietario, quien, en un libro inmenso, llevaba a mano el índice de todo.

Para el 12 de agosto de 1958 llegaba el final de su vida. Mientras Pedro Manuel Arcaya moría en su habitación, ya de ochenta y cuatro años de edad, su esposa, sus hijos y sus nietos lo lloraban. Las voces que circulaban la noticia de su fallecimiento contrastaban con el silencio profundo que reinaba en el inmenso edificio que albergaba su biblioteca. Para ese día, entre grandes estantes y vitrinas, entre escritorios y mesas de trabajo, entre ventanas y lámparas, reposaban solitarios y huérfanos de padre los 147.119 libros de Pedro Manuel Arcaya. Una de las bibliotecas privadas más grandes del mundo.

Donación

Luego, sus herederos donaron la biblioteca a la República. Desde entonces, la Biblioteca Nacional resguarda ese tesoro de sabiduría que está a la disposición de todo aquel que respete y admire la cultura y el saber. A la entrada del espacio que contiene la Biblioteca Arcaya en el Foro Libertador, cuelga un retrato de Pedro Manuel Arcaya y justo debajo, en una mesa, reposa el grueso tomo que le servía de índice. Unas páginas en las que se percibe cómo el tiempo fue doblegando el cuerpo del creador de esa inmensa obra. El trazo, al comienzo firme y vigoroso que daba cuenta de todos los títulos, va declinando con la vejez hasta el último punto del último registro de su última adquisición.

El Dr. Tomás Polanco Alcántara, en 1993, pronunció un discurso en homenaje a Pedro Manuel Arcaya en el Palacio de las Academias, palacio que Arcaya frecuentó como miembro de las Academias de la Lengua, de la Historia y de Ciencias Políticas y Sociales. El Dr. Polanco cerró sus emotivas y estudiadas palabras así: "Cuando nuestros hijos tengan la edad que actualmente tenemos nosotros y cuando nuestros nietos tengan la edad que actualmente tengan nuestros hijos, el Dr. Pedro Manuel Arcaya quizá no será recordado por haber redactado constituciones y códigos, ni por sus dictámenes jurídicos y sus estudios históricos sino por haber creado esa biblioteca que tantos servicios ha prestado y seguirá prestando a la cultura nacional".

La historia de Venezuela ha estado plagada de tropiezos, de cuyas caídas padecemos hoy los peores dolores. Sin embargo, las referencias luminosas del pasado, los aciertos y los valores conquistados deben volver a nuestra memoria a fin de reencontrar el norte. Una visita a la Biblioteca Arcaya reconcilia al visitante con un país que puede ser, con un potencial que permanece, con una historia que reconforta, que estimula y que da esperanza.

@GamezArcaya



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