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¿Año nuevo o vida nueva?

DANIEL LANSBERG RODRÍGUEZ |  EL UNIVERSAL
viernes 28 de diciembre de 2012  12:00 AM
El Bochinche, pueblo situado al este de Tumeremo, será en pocos días el primer lugar en Venezuela donde amanecerá el 2013. Media hora más tarde caerán los primeros rayos de sol sobre la ciudad capitalina. Durante esta madrugada, muchos de nosotros nos comprometeremos con solemnes promesas, unas públicas, otras privadas, con la esperanza de lograr cambios particulares en nuestras vidas.

Me pregunto: ¿Por qué hacemos esto? ¿Qué tendrá el momento en cual "cambia" un año que nos pone a nosotros -una sociedad poco auto-reflexiva- a actuar de esta manera tan poco característica? A veces es sorprendente entender como las tradiciones que seguimos con mucho fervor y que enmarcan nuestras vidas provienen de artimañas político-sociales que fueron arbitrariamente fijadas por nuestros ancestros.

Durante el siglo IV de la era cristiana, los astrónomos que fijaron al calendario juliano concretaron la fecha de comenzar el año como el primero de enero –bajo el calendario alejandrino había sido el 30 de agosto- y expandieron el número de meses de diez a doce. Es por esto que SEPTiembre, OCTubre, NOViembre y DICiembre, mes nombrado por los números 7-10 se encuentran paradójicamente atados a los meses 9-12.

Además, erróneamente definieron el "año" como un período compuesto por exactamente 365,25 días terrestres: aproximadamente once minutos más del tiempo que realmente le toma a la Tierra culminar una revolución al sol. A través de los siglos estos minutos de más se fueron acumulando hasta que, más de un milenio después, la discrepancia se había vuelto problemática. La Pascua –ligada por tradición católica al equinoccio de primavera- se había rodado progresivamente hasta febrero, lo cual contradecía otras tradiciones fijadas por la Iglesia.

La solución promulgada por Gregorio XIII, el Papa en aquel momento, fue redefinir la duración de un año a 365,2425 días –tras un ajuste excepcional de diez días para realinear la fecha. Por eso, en 1582, a través del mundo católico, al jueves, cuatro de octubre, lo siguió el viernes quince de dicho mes.

La reacción pública a este ajuste resultó ser bastante negativa. Los obreros en las ciudades y los campesinos en el campo se amotinaron y protestaron el nuevo "calendario gregoriano" que sospechaban les estaba robando diez días de su vida.

Hoy por hoy, esta reacción por parte de nuestros antepasados resulta desconcertante, incluso absurda. Reconocemos que lo que determina la duración de nuestras vidas son factores biológicos y ambientales -y quizás un poco de suerte- y no los parámetros temporales fijados por un Papa cientos de años atrás para corregir un error que el mismo heredó de los sabios del siglo IV.

El supuesto apocalipsis maya, el cual preocupó a unos cuantos en estos días, así como las creencias astrológicas, tal vez contradicen lo que hemos logrado como sociedad al superar las supersticiones del pasado. Resulta difícil algunas veces diferenciar, en el contexto moderno entre superstición y tradición; las cuales, por más caprichosas que sean, cumplen una función importante: nos ayudan a preservar un vínculo entre nuestros ancestros, nosotros y nuestros descendientes.

Venga de donde venga la tradición, el hecho es que el fin de año nos inspira a reflexionar sobre el trecho que existe entre quienes somos y quienes queremos ser. Desafortunadamente, muchas de las promesas que nos hacemos jamás se cumplirán, y por cada una que cambie una vida habrá muchas otras que serán descartadas. Después de todo, siempre habrá otro año. Sin embargo, la designación del año nuevo como el establecido momento para que reflexionemos, y nos comprometamos a cambiar, presenta ciertos inconvenientes. Primero, la auto-reflexión resulta ocurrir típicamente en medio de una "rumbita" de la cual poco se recuerda al día siguiente. Segundo, el asignar apenas un día al año para la tarea resulta ser demasiado poco.

El confinar nuestras resoluciones y decidir implementar los cambios positivos que queremos para nuestras vidas en ese día particular del año, resulta ser, a su manera, igualmente ridículo que el protestar por los "días perdidos" de 1582. Es un intento fútil de encajonar nuestra naturaleza a ideas y estructuras cognitivas humanas -la mayoría de veces con consecuencias inesperadas y muchas de ellas destructivas.

Así que este año resolví cortar las cadenas que hasta ahora han atado la auto-reflexión a un momento predestinado cada año. Desde hoy definiré al menos una hora cada semana, durante la cual involucrarme con el propósito de la eterna lucha entre el "quién soy" y el "quién quiero ser". Si no logro derrotar al primero, al menos espero reconciliarlos.

Al final, cada nuevo día representa el primer día del resto de nuestras vidas. Este martes el sol amanecerá sobre El Bochinche, igual que cualquier otro día. Eso no cambiará. Pero nosotros sí podemos hacerlo, solo falta decidir cuándo queremos comenzar.

Feliz año.

@Dlansberg


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Comentarios (1)
Por nathan siebel
28.12.2012
12:51 PM
Interesante articulo
 
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