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Pesimismo pos electoral

Llegar una explicación satisfactoria de lo que parece ser un gozoso periplo hacia el abismo

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ELÍAS PINO ITURRIETA |  EL UNIVERSAL
domingo 23 de diciembre de 2012  12:00 AM
No espere el lector un análisis equilibrado de las elecciones regionales, porque el escribidor no las tiene todas consigo. De una pluma apaleada no pueden salir observaciones confiables, ni siquiera coherentes, si se considera la magnitud de la paliza que se llevó junto con sus amigos de la oposición en la cual milita. Millones de amigos, por cierto, millones de personas que comparten la misma causa y la misma desilusión, quizá el consuelo plausible que pueda aliviar la comprobación de cómo los avances de la gente que se le parece (¿cuáles avances?) apenas permiten respirar, mientras el rival que nos sofoca encuentra mejores posibilidades de controlar el oxígeno a cuyo aliciente nos aferramos para vivir a medias y en aprietos lo que pretendemos tener a plenitud. Quizás el hecho de sentir que todavía entra aire por algún postigo, y que no hay un solo lamentador sino muchísimos, sea la única fuente de la tinta que todavía se pueda gastar juntando palabras para cumplir con el oficio dominical de decir algo; en este caso sobre el desastre redondo del pasado domingo, aunque sea tan pesado lo que se diga como la penumbra que entonces arropó a una parte del país que salió a votar contra el oficialismo para terminar con las tablas en la cabeza.

El motivo del pesar es evidente: el chavismo se estableció como la fuerza más influyente en la sociedad, o confirmó su ascendencia en el seno de la población; como el imán más vigoroso para la atracción de las multitudes, como la referencia superlativa de la existencia en los asuntos relacionados con el bien común y aún con la vida privada. Está en todas partes, o en casi todas. Es capaz de hacer lo que le parezca con nuestra existencia, o casi lo que le parezca. Apenas levanta un dedo y encuentra el entusiasmo de sus seguidores, o de los seguidores que necesita para exhibir la contundencia de su poder y a quienes encuentra con apenas llegar a la vuelta de la esquina, con la confianza proveniente de la seguridad de no tener que esforzarse mucho para lograr el cometido de encontrar los votos que necesita para que nadie se ponga a decir necedades sobre autocracia o sobre falta de democracia. ¿Qué lo hizo a punta de plata? No cabe duda. ¿Qué contó con la complicidad del CNE, cuyas autoridades observaron sus tropelías y el peculado de uso como amenidades del paisaje? Por supuesto. ¿Qué quiso, en la víspera, ponernos a llorar por la salud del presidente para que la cristiana virtud de la piedad multiplicara los sufragios, como Jesús multiplicó los panes y los peces? Pruebas cantan, rezan y sollozan. ¿Qué anunció el advenimiento de una militarada como si cual cosa, como quien ve llover en la holganza del atardecer, o como quien está seguro de la poca roncha que puede levantar, en la llamada sociedad civil, el pregón de la llegada de esa avanzadilla con uniforme verde oliva? La tranquilidad generalizada ante los acometidas electorales del cuartel, proclamadas como vanguardia del comandante, no sólo responde con creces la pregunta, sino que también nos lleva a comentar lo que puede ser lo más alarmante del suceso: pese a que ha padecido, sin posibilidad real de discusión y durante catorce años, uno de los peores gobiernos de su historia, una gran parte de la sociedad es capaz de olvidarse de fallas y catástrofes infinitas para convertir el caos en su salvación más cercana y atrayente; pese a que el presidente es, sin duda, el responsable de las mayorías de las tribulaciones y las vergüenzas padecidas en carne propia, gran parte de la colectividad observa sin chistar las jaculatorias que imploran por su salud o se suma a la procesión de los rezanderos para pensar después en la posibilidad de votar.

Por lo tanto, tenemos que mirar hacia el interior de nosotros mismos para llegar a una explicación satisfactoria de lo que parece ser un gozoso periplo hacia el abismo. Pero, para no cargar la mano hacia un solo costado del problema, la mirada también debe obligarnos a reflexionar sobre la dificultad que nos embarga, como gente que hace cola cada cierto tiempo para escoger a sus gobernantes, de encontrar salidas sensatas y candidatos adecuados para que tales salidas no pasen veloces al almacén de los desencantos, cada vez más lleno de trastos inútiles. Y aquí la mirada topa con un elenco de candidatos derrotados -jóvenes y viejos, representantes de clanes regionales y familiares o simplemente individuos sin arraigo en sus lugares-, cuyos fracasos obedecen a la indiferencia que estaban condenados a provocar. Mas también topamos con unos dirigentes aferrados a un mapa de topografías erróneas del que se valen -por el costo que puede significar la hechura de uno nuevo que los pueda depositar en el rincón del olvido-, para llevarnos a clamar en el desierto porque no tienen la alternativa de pensar otra cosa que les permita visibilidad. Son situaciones susceptibles de encontrar rectificaciones a las que no se llega en un fin de semana y de las que seguramente están conscientes los miembros más lúcidos de esa dirigencia, que todavía los hay, sin duda. Ellos se merecen el beneficio de una espera razonable antes de enfilarnos hacia la ruta de las estampidas, pero que se ocultan -ellos, claro, no las estampidas- a la percepción de un escribidor que tal vez exagere debido a que desembucha sus cuitas movido por el dolor de una golpiza sin paliativos.

eliaspinoitu@hotmail.com



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