Bomba de tiempo
Problemas de toda índole viven los venezolanos mientras las barras de oro no dejaron rastro
RAFAEL BELLO
| EL UNIVERSAL
sábado 1 de diciembre de 2012 12:00 AM
No son los tiempos de la Guerra Fría que mantenía en sobresalto a la población mundial. El peso de la responsabilidad se hizo sentir para llevar al mundo un clima de sosiego ante los riesgos de las armas de destrucción masiva. La energía nuclear en formas pacíficas y no bélicas ha representado esfuerzos sobresalientes en el interés superior por la paz. Pero ni pensar que los desequilibrios pongan en vilo al mundo cuando la cordura aconseja mucho más que intemperancia.
La intemperancia produce terribles daños tanto más en naciones donde la convivencia pacífica constituía carta de presentación respetable en el concierto de las naciones. Es el caso de Venezuela que hablaba el lenguaje de la paz, porque la democracia enriquecía el pensamiento lúcido y la alternabilidad del poder con la fuerza cívica del voto sin mácula, vigencia de gobiernos garantes de las libertades públicas y desarrollo en áreas fundamentales de la vida de la nación. Ahora se tuerce la voluntad ciudadana hasta con la anuencia de lo incomprensible.
Pues bien, la bomba de tiempo es un régimen prototipo de la destrucción que naufraga ante las apremiantes necesidades de la colectividad. Eso se acentúa a cada paso y la protesta popular se extiende por cuanto el régimen militarista autoritario cierra la capacidad de soluciones de gobernadores democráticos con cerco a las obligaciones presupuestarias a las regiones donde hay apego a la legalidad y se defiende el derecho a recibir los recursos, que son pertinentes de acuerdo al mandato constitucional.
Problemas de toda índole viven los venezolanos mientras las barras de oro no dejaron rastro. Ya nada crispa la piel. Pero no obstante, las nebulosas totalitarias que hunden a Venezuela en el atraso en pleno siglo XXI, hablan de imperialismo para justificar el pervertido poder con el remoquete de revolución.
bello.rafael@yahoo.es
La intemperancia produce terribles daños tanto más en naciones donde la convivencia pacífica constituía carta de presentación respetable en el concierto de las naciones. Es el caso de Venezuela que hablaba el lenguaje de la paz, porque la democracia enriquecía el pensamiento lúcido y la alternabilidad del poder con la fuerza cívica del voto sin mácula, vigencia de gobiernos garantes de las libertades públicas y desarrollo en áreas fundamentales de la vida de la nación. Ahora se tuerce la voluntad ciudadana hasta con la anuencia de lo incomprensible.
Pues bien, la bomba de tiempo es un régimen prototipo de la destrucción que naufraga ante las apremiantes necesidades de la colectividad. Eso se acentúa a cada paso y la protesta popular se extiende por cuanto el régimen militarista autoritario cierra la capacidad de soluciones de gobernadores democráticos con cerco a las obligaciones presupuestarias a las regiones donde hay apego a la legalidad y se defiende el derecho a recibir los recursos, que son pertinentes de acuerdo al mandato constitucional.
Problemas de toda índole viven los venezolanos mientras las barras de oro no dejaron rastro. Ya nada crispa la piel. Pero no obstante, las nebulosas totalitarias que hunden a Venezuela en el atraso en pleno siglo XXI, hablan de imperialismo para justificar el pervertido poder con el remoquete de revolución.
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