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De Burton y el Stop motion

GABRIEL VARGAS-ZAPATA |  EL UNIVERSAL
viernes 23 de noviembre de 2012  12:00 AM
Estoy feliz porque el stop motion vive un momento muy especial, lo dicen cintas de reciente factura, como Los mundos de Coraline (H. Selick, 2009), El fantástico Mr. Fox (W. Anderson, 2009) o El cadáver de la novia (T. Burton, 2005). La técnica ha dinamitado al conjugar la labor artesanal implícita en el género y las nuevas tecnologías de efectos especiales. El extraño mundo de Jack (H. Selick, 1993) se convirtió rápidamente en una cinta de culto, y esto ha ayudado a que, tan particular formato de animación, se encuentre hoy rodeado de un halo místico y de una fuente inagotable de creatividad y expresión.

Hay quienes han ido más allá. En Krokodyle (S. Bessoni, 2010), se transgreden algunos aspectos formales, se mezcla el stop motion con el live action, en medio de un discurso noble pero a la vez enrevesado, en el que se pretende construir una especie de Principito aberrante. Los protagonistas son seres de carne y hueso, pero viven en un mundo fantástico, porque es más fácil que vivir en uno real. Aun así, no deja de ser el típico cine europeo inteligente. Mi interés en esta película radica más en atestiguar hasta qué punto puede llegar la técnica a favorecer el discurso del autor.

Tim Burton acaba de estrenar Frankenweenie. Con él, crea, literalmente, un lugar de peregrinaje, una obra maestra, que ya es decir poco. El universo Burtiano nunca se había encerrado tanto en sí mismo, pero ha valido la pena. Inspirada en su propio cortometraje homónimo, ese que Disney nunca quiso, y al mismo tiempo en el clásico relato de Frankenstein, Burton describe una vez más, su imaginario gótico, terrorífico y a veces repugnante.

En Frankenweenie, esta repugnancia se transforma por obra de magia en un hermoso homenaje al cine mismo, a la infancia y a la pureza de la labor cinematográfica. Hay una maravillosa puesta en abismo al principio del filme, en la que Víctor, el niño protagonista, exhibe una película rodada por él mismo. En ella podemos ver la obviedad de las maquetas, cables y manos manipulando con inocencia los objetos dentro de descuidadísimos encuadres, que más hubiese querido el mismísimo Ed Wood. Al mismo tiempo, hay aquí una encantadora referencia a Godzilla (I. Honda, 1954); una intertextualidad semejante a la que construye Almodóvar en su Hable con ella (2002); en la que inserta una versión suya de El increíble hombre menguante (J. Arnold, 1957), que rodó especialmente para la película, igual que Victor lo hace para sus padres.

Pero también, ver Frankenweenie, es ser testigo del más noble y sincero homenaje, que jamás se haya hecho al expresionismo alemán, el más claro e imponente punto de partida del cine de Burton. Cintas como El Gabinete del Dr. Caligari (R. Wiene, 1920) o Nosferatu (F. W.  Murnau, 1922), no solamente son homenajeadas, también san claras fuentes de inspiración. En ellas, como en Frankenweenie, predominan las sobras, los personajes oscuros a los que les rodea un misterio inexplicable, las escenas nocturnas y la música que contrasta las perturbadoras imágenes, con el tratamiento infantil que Burton impone a su relato. Con un Happy end incluido.

Frankenweenie es un cuento oscuro, pero encantador; que habla de la soledad de un niño, de esa curiosidad infantil que, a cierta edad, es casi un sentimiento, de su inmensa amistad con su perro Sparky y de la sencillez y la belleza del arte cinematográfico. Que al fin y al cabo es hablar del amor en unas dimensiones que solo el universo Tim Burton, podría retratar.

@gvargaszapata

gvargaszapata@hotmail.com

www.gvargaszapata.blogspot.com


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