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Bastidores de los famosos

LULI DELGADO |  EL UNIVERSAL
sábado 10 de noviembre de 2012  12:00 AM
Nada nuevo bajo el Sol, siempre hay alguien que nació más bonito, o se le ocurrió algo, o hizo una carrera brillante, o practicó una disciplina con más empeño, o que por último tuvo mejor suerte. Y fue así, como por unas o por otras, atravesó la calle de los comunes y se volvió famoso.

Los que nos quedamos en la acera de enfrente, construimos a partir de ellos nuestra propia constelación, derivada en línea directa de la manera de vivir de cada quien. A mí las telenovelas no me interesan, pero en cambio me encantan los libros, y aunque no entiendo de carreras de carros, un buen final de fútbol acaba por conquistarme, aunque nunca tanto como para dejar de ir al cine, y por ahí sigue la secuencia.

El caso es que desde nuestra humilde y anónima condición de mortales, los admiramos y les seguimos la trayectoria, tal vez en la vana esperanza de que acabemos por identificar algo en común, aunque sea cuando no estén en pleno ejercicio de su condición de paradigmas.

Si a todos nos duelen las muelas, amanecemos sin ánimos, se nos acaba la paciencia, queremos cosas que no tenemos, y a veces la vida nos maltrata, supongo que quienes aparecen en una cartelera anunciando su espectáculo, o haciéndole propaganda a un yogurt, o dando declaraciones a la prensa, apenas salen de su papel regresan a los mismos bastidores que a fin de cuenta todos tenemos.

¿Quiénes son sus amigos, qué hacen cuando se quedan solos, cómo resuelven sus amores contrariados, a quién le confían sus sueños, angustias y soledades? ¿Dónde están los domingos por la tarde, a qué hora se levantan, cómo se sienten al día siguiente de una aparición importante?

No hay vez que yo no voltee el frasco de shampoo cuando se está acabando, que no me pregunte si Carlos de Inglaterra hace otro tanto en su regadera.
También me he sorprendido tratándome de imaginar quién le cortará el pelo al Papa, si a Quino le gusta la sopa, o si Naomi Campbel sabrá nadar.
Pero pongamos de lado asuntos que envuelvan aseos personales, hábitos alimenticios y reglas elementales de supervivencia.

En el mundo entero se venden como agua miles de publicaciones dedicadas las celebridades y los paparazzis revolotean como buitres buscando fotos sensacionales y reveladoras. Lo que para cualquiera de nosotros sería una perversa de invasión de privacidad, o el padecimiento de los incurables deseos del vecino por saber detalles de todo, en el caso de los famosos acaba siendo publicado y de paso aplaudido por casi todo el mundo.

Pero ese no es mi caso. No me refiero a los bastidores sensacionalistas que reseñan las revistas, sino a los que conocemos de memoria todos los que respiramos. Tampoco creo que sea una excusa para andarme metiendo en los detalles de gente que no conozco, o mejor, que no me conoce a mí, porque yo sí les he ido siguiendo los pasos escondida atrás de mi anonimato.

Creo que en el fondo, me encantaría traerlos a mi mundo y poder decir que la graduación de mi niña me hizo sentir como García Márquez cuando se ganó el Nobel, que soy romántica como Cantinflas, que lo que son mi mamá y Almodóvar no se pelan una siesta, que puedo entender como nadie lo que sintió Pelé la noche que anunció su retiro, que le he perdonado a Brad Pitt varias malacrianzas porque para eso estamos los amigos, que mi papá usaba pijamas iguales a las de Kennedy, o que Ángeles Mastretta me contó el otro día el huracán que acaba de pasar en su matrimonio.

delgado.luli@gmail.com


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Comentarios (1)
Por Linda D´Ambrosio
10.11.2012
10:53 AM
Me estoy volviendo fanática de esta columna, que tiene la belleza de rescatar las cosas más anodinas y catapultarlas al ámbito de la filosofía... ¿o de la poesía?Mis respetos, mi afecto, mi admiración
 
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