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El nacionalismo en Macondo

MIGUEL E. WEIL DI MIELE |  EL UNIVERSAL
miércoles 7 de noviembre de 2012  12:00 AM
Alguna cosa he dicho antes por aquí sobre la ficción y la realidad, y como la una y la otra se mimetizan en nuestra mentalidad con más frecuencia de la recomendable. A nuestras fortunas y tragedias las aliñamos con realismo mágico y nos sentimos orgullosos de ello. Eso puede estar bien, para algunas cosas. Pero no para todas.

Sería dar demasiado crédito a quien no lo merece atribuir la incrementada manifestación de la maña ilusionista al actual y perenne gobierno, entre otras cosas porque los residentes de Miraflores son más producto de esas ficciones que creadores. Ello no quiere decir que no contribuyan con sus propias irrealidades en engordar esa novela, con los mitos del bolivarianismo, de la lucha latinoamericana, y obviamente, con el de un socialismo que no se ve por ninguna parte.

Pero hay ficciones que trascienden la pantomima miraflorina. Que son más generalizadas. La de nuestra riqueza, por ejemplo. Una que no existe, y si alguna vez ha existido, jamás se ha redistribuido correctamente. O también, aquello de nuestros privilegios naturales, del Salto Ángel y Los Roques, como si tener paraísos fuesen virtudes exclusivas de nuestra tierra. Ficciones que han ido construyendo nuestra identidad, como si alguien detrás de un teclado nos impusiera lo que le salga del forro de su imaginación a nosotros, personajes de un cuento, todo falso, por todas partes, para producir a esa, nuestra patria, grande. La mejor.

Pero no hay nadie detrás de un teclado. Somos víctimas y victimarios de nuestro propio etnocentrismo, de una profunda exaltación de virtudes patrias inexistentes, y de la constante fusión de lo cierto y lo falso en procura de exacerbar ese nacionalismo. De querer a Venezuela porque toca y punto. Enamorados perdidos de una mujer que nosotros decidimos crear, pero que no existe. De las historias de Rosita y su supuesta escapada con el Pran, porque encaja perfecto con guión de novela de las nueve. La realidad, la de los sucesos en el noticiero de la noche, se apaga, y a los 500 y pico de muertos sólo en el mes de octubre, también.

Querer al país en el que se nace y crece es natural. Pero cuando algo falla - porque algo está fallando - el nacionalismo y las ficciones que lo alimentan solo sirven para engrandecer a aquellos que con subterfugios discursivos, encuentran una conexión con esa médula llena de héroes míticos, de falsas virtudes y de promesas que suenan a dulce de mango cuando esconden una realidad que ninguno -muy razonablemente- quiere ver. Y el nacionalismo entonces pica y se extiende, condenándose con una rotundez despótica a quien critica a la patria, a quien decide apartarse de ella porque son más las cosas que pesan, o a quien opina en contra de aquellas falsas virtudes. El debate político se vacía de realidad para adaptarse a nuestras demandas rellenándose de ficciones y cursilerías, mientras la pluralidad y la deliberación propias de esa republicanidad que jamás hemos tenido se oscurecen por la grandeza de lo nacional.

Así, mientras el Gobierno se encumbra a perpetuidad gracias a la cosecha de fantasías, algunos del otro lado insisten en el mismo - pero distinto, dicen - nacionalismo a ultranza. Una verdadera creación de república parte necesariamente de dejar de lado todo aquello que impida bofetear con hechos y realidades a quién pretende imponer su propia ficción. Eso o asumimos nuestro destino de realismo mágico, y como Macondo, de la letra de Melquíades, del catire quitapesares, o de quien usted quiera, seguimos en la guachafa hasta desaparecer.

miguelwd@yahoo.com

@weilmiguel


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Comentarios (1)
Por eric Stanzione
07.11.2012
2:04 PM
De lo mejro que he leido en el universal. Gran articulo. La proxima vez le sugiero lo llame "rosita escapo otra vez" para que mas personas le presten atencion Cuando la sociedad es superflua y vive de estos engaños que ud. mismo describe no les gustan los analisis criticos. En fin lastima no haya con quien debatir este articulo que me parece muy bueno y el punto inmejorable.
 
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