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Cincuenta años

RICARDO COMBELLAS |  EL UNIVERSAL
sábado 3 de noviembre de 2012  12:00 AM
El pasado 11 de octubre evocamos una efeméride trascendental. En efecto, el 11 de octubre de 1962 se inauguró solemnemente por parte del papa Juan XXIII el Concilio Vaticano II (1962-1965). El Concilio significó cambios significativos en la Iglesia católica, tanto en la liturgia, como en la exégesis bíblica, como por su inserción en el mundo moderno, como por sus relaciones con otras religiones, el ecumenismo y la actitud del cristiano en los diversos ámbitos en que desarrolla su vida.

La efeméride también es oportuna para recordar y renovar el análisis del portentoso legado del "Papa bueno", ese hombre sencillo y humilde, orgullosamente campesino, que insuflaba sabiduría, un auténtico "imitador de Cristo", dotado de la clarividencia de saber interpretar los signos de su tiempo, y actuar en consecuencia con lucidez y energía. En el contexto de la época, años de desencanto existencialista, pero también de efervescencia ideológica y de "guerra fría", los inolvidables años sesenta, de ilusiones que acabarían siendo en buena parte "perdidas", se apreciaba una Iglesia aletargada, necesitada de aire fresco, urgida de una mayor participación del "pueblo de Dios" y de un compromiso con los "condenados de la Tierra", en fin una Iglesia conservadora y tradicionalista, excesivamente "romana", sempiterna zaga de la modernidad, a contrapelo de los inevitables aires de cambio de una sociedad siempre insatisfecha y activa. La palabra del día que guió la magna asamblea fue  "aggiornamento", renovación, es decir adaptación al tiempo histórico del ahora, donde se vive, se piensa, se sufre, se anhela. Se enfrentaron conservadores y renovadores, e hicieron oír su voz grandes teólogos como Karl Rahner, Joseph Ratzinger y el disidente Hans Küng.

Transcurridos  cincuenta años el legado del Concilio nos muestra luces y sombras. Cierto que a partir de entonces la Iglesia comprendió, como no había sucedido antes, el mundo moderno; entendió sus necesidades, mostró un espíritu de tolerancia que tanto necesitaba, se acercó a la vida de los creyentes y los incorporó con un inusitado espíritu de comunión a su seno, hizo justicia con el pueblo judío, se abrió al diálogo con otras religiones, asumió con más fuerza la cuestión social, izó la bandera de la justicia social con más vigor que antes, y se comprometió con los derechos humanos y la democracia, tanto como método de gobierno y como una forma civilizada de vida. Pero ha podido avanzar más y no ha querido o simplemente no ha podido... El peso del conservadurismo sigue gravitando como una pesada loza sobre sus actividades, el temor a los "saltos al vacío", el eufemismo que impide la actitud audaz, el riesgo frente a la incertidumbre, aferrándose a dogmas humanos que nunca formaron parte del mensaje vivificante del Evangelio. A título ilustrativo, el celibato obligatorio cierra injustamente las puertas al matrimonio, así sea facultativo de los sacerdotes, la mujer sigue relegada incomprensiblemente del sacerdocio, se es intolerante con las consecuencias del divorcio, no se democratiza su estructura excesivamente  autocrática, es cerrada su actitud frente a la contraconcepción, y al diálogo ecuménico, hacia adentro y hacia afuera,  le falta mucho trecho por recorrer.

Por sobre todo el Concilio Vaticano II es un símbolo de progreso y Juan XXIII será siempre gratamente recordado por el coraje y la valentía de su iniciativa. Leer y releer los documentos de Vaticano II, sus constituciones, decretos y declaraciones, no solo es un estímulo a la inteligencia, sino una prueba fehaciente, para los sencillos seres humanos que no tenemos pretensiones de saber teológico, de la siempre renaciente fe en el hombre, el "pueblo de Dios",  el legado indiscutible, benefactor y poderoso del humanismo cristiano en el turbulento mundo de la actualidad.

ricardojcombellas@gmail.com


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