CARACAS, domingo 12 de julio, 2009 | Actualizado hace
He pasado tanto tiempo defendiendo la tesis de permanecer en el país, que olvidé los argumentos de muchas personas que han decidido marcharse. Quizás porque mi tesis de quedarse gana en términos emocionales. Obviamente nadie quiere abandonar lo suyo. El costo personal es gigante. Serás un extranjero donde vayas. Se complica tu desarrollo profesional y de negocios, toda vez que pierdes dos activos invalorables: el conocimiento de tu terreno y la red social y laboral de tu patio. Todo esto sin contar con los colores del Ávila, Los Roques o la arepita de queso telita, de La Múcura, con una Solera Light, echando cuentos con tus panas. Te eriza el sólo pensar en perderlos y el sentimiento se potencia cuando vas más allá y te preguntas: ¿por qué vas a dejar que te lo quiten unos malandros que pretenden destruir el país con base en un conflicto existencial primitivo, que nos está llevando al despeñadero? No hace falta recordar los argumentos de quienes creen que es un error quedarse: "Mira, pedazo de rana a fuego lento, esto se j& y lo que tu idealizas como país ya no existe y sólo tiende a empeorar, sin que individualmente podamos hacer algo para evitarlo". Ante ese argumento siempre tuve respuestas. Las cosas pasan porque dejamos que pasen. La articulación de quienes desean defenderse ocurrirá tarde o temprano, cuando la gente se percate de que es mucho mejor que los mediocres que pretenden representarla. Mi posición de quedarse tiene, además, un argumento impecable: no podría mirarle a la cara a mis morochos cuando me pregunten por qué me fui sin defenderme. Suena bonito, ¿no? Casi se puede usar como un eslogan para una campaña nacional a favor de quedarse y luchar.
Pero esta semana una simple pregunta me sacó la alfombra. Estábamos reunidos en casa (por seguridad) con unos amigos extranjeros. Les conté algo que me tiene realmente preocupado. Hace mucho tiempo, la inseguridad representa el primer problema de los venezolanos (52% de la primera respuesta), pero en realidad, en mi entorno cercano, el ataque del hampa se limitaba a cosas menores. Algunos relojes robados y más recientemente el celular de mi esposa. Aunque se trata de eventos que dan rabia y representan peligro, no podría decir que me movieron el piso. Sin embargo, el asesinato reciente del hijo único de una prima para robarle el carro, tres secuestros express de amigos muy cercanos y un secuestro duro al novio de otra amiga, son algo dramáticamente distinto. La mamá, destrozada, me gritó en la mitad de la funeraria: "llévate a tus hijos de aquí antes de que sea demasiado tarde". Las historias de los secuestrados son espeluznantes, pero sólo las conocen los más cercanos, porque ninguno se atreve a denunciar nada, temiendo que el receptor de la denuncia sea el mismo que hablaba por radio mientras los ruleteaban. La primera pregunta de mis invitados era natural: ¿y crees que eso lo resolverá el Gobierno en breve? La respuesta era muy fácil: nada que ver. Siendo sincero, ni siquiera están intentándolo. No pueden entrar a los barrios, tomados por las bandas armadas y el narcotráfico. El secuestro se ha convertido probablemente en el negocio más rentable del país. El Gobierno no tiene capacidad para abordar el tema, pero peor aún, no tiene interés en inmiscuirse porque, por ahora, la gente no lo responsabiliza y es mejor no hablar de la soga en la casa del ahorcado. La segunda pregunta me desencajó: Luis Vicente: ¿y no es irresponsable de tu parte vivir aquí y hacerle esto a tu familia, sabiendo que no puedes protegerlos? Sudé frío al imaginar cualquier cantidad de episodios terribles. Y me dieron náuseas. Por favor, ayúdenme a responderles que no soy un irresponsable por vivir aquí& porque yo sólo atiné a subir a mi cuarto, mudo& y desde esa noche no he vuelto a dormir.
lvleon@cantv.net
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