CARACAS, viernes 05 de junio, 2009 | Actualizado hace
Este es el título de un reportaje de siete páginas
que apareció en Abril en la revista Outside, una
publicación de deportes al aire libre y turismo de aventura.
Uno de sus editores, Patrick Symmes, que ha reportado desde
Pakistán, Afganistán, Mongolia y viajado con la
guerrilla Maoísta por la selva de Nepal, se vino a nuestro
país en busca de aventuras y salió de aquí
con "una historia que lo perseguirá por siempre". El
relato de Symmes viene a reforzar ese escalofrío que
se siente cuando uno aterriza en Caracas y se consigue en
la cola de inmigración con un turista. Symmes pasó
seis días en Caracas tratando de conseguir un pasaje
a Los Roques. De acuerdo con sus impresiones de la capital,
el clima es ideal, a la gente le gusta rumbear y conversar
con extranjeros, y es evidente que los de aquí se encuentran
entre las personas más felices de la tierra. Aunque,
resalta el editor, todo eso suena mejor desde lejos.
El viajero encuentra que a la mayoría de los venezolanos
no le gusta ensuciarse, arremangarse la camisa y trabajar;
siendo las principales preocupaciones de su población
urbana el buen whiskey, la cirugía plástica y los
concursos de belleza. En Caracas le leyeron el decálogo
del viajero en Venezuela: Nunca cargues todo tu dinero en
un solo sitio, no camines por La Candelaria de día, o
por ningún área de Caracas a cualquier hora, no
tomes taxis en la calle, no dejes los seguros abajo en un
semáforo, no aceptes bebidas de extraños, no te
vistas de forma ostentosa. Tras su experiencia en Venezuela,
agrega dos más. No esperes demasiado del país. Si
vienes con la imagen idílica del aventurero que conquista
el Salto Ángel y descansa en los Roques, saldrás
con el corazón partido (y aún así, eso podría
ser barato). La segunda: Nunca te descuides.
Symmes consiguió llegar a Los Roques (no al Salto Ángel)
y se antojó de visitar en una barca a motor las torres
petroleras del Lago de Maracaibo. Antes de eso, se alojó
en un hotel en la capital zuliana, en donde coincidió
con un grupo de peloteros extranjeros de los Tigres de Aragua.
Según ellos, ganaban aquí bastante más que
en las ligas menores, pero no querían volver. Están
cansados de jugar bajo el riesgo de una lluvia repentina de
piedras y botellas, perdieron todo su equipaje cuando unos
ladrones secuestraron el autobús del equipo cuando se
dirigía al estadio, y durante uno de los juegos el clubhouse
fue barrido por un pequeño grupo de hombres armados.
Symmes llegó a navegar por el lago y hasta logró
subirse a la plataforma de alguna torre petrolera. A su vuelta
a la orilla, al final de la tarde, se dio cuenta de que el
taxi que lo debía esperar se había marchado. Empezó
a caminar en la oscuridad hacia el centro de Ciudad Ojeda.
Allí encontró un grupo de niños de 12 ó
13 años, jugando béisbol. Uno de los niños
se le acercó sonriente, se levantó la camisa dejando
ver la culata de una pistola y le dijo: Tengo hambre. Nada
más. Tengo hambre. Una sola frase, una sola actitud,
en donde cabe un país entero.
Logró salir vivo, gracias a una combinación de
suerte, bolívares fuertes y un fajo de billetes bolivianos
impresos durante el período de la hiperinflación.
No todos viven para contarlo.
www.miguelangelsantos.blogspot.com
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