CARACAS, miércoles 03 de septiembre, 2008 | Actualizado hace
A continuación podrá conocer dos historias paralelas
que han terminado unidas por una pluma y una misma calamidad:
La falta de un buen seguro médico. De antemano, debe
aclararse que aquí jamás se descalificará o
cuestionará la encomiable labor que galenos y enfermeras
desarrollan en el sector público.
Pasa con estos profesionales de la salud como con los jugadores
de la Vinotinto. Al reconocerlos como héroes y mártires
de un sistema que les agobia, termina uno culpando a las autoridades,
la federación y hasta la providencia por la pelota que
se estrella en el travesaño o el bisturí que se
perdió en el quirófano. Da igual.
El primer hecho que aquí será narrado ocurrió
en el dispensario Padre Machado, "clínica solidaria"
ubicada en Montalbán. Hasta allí se acercó
"José Rodríguez" el jueves para practicarse una
tomografía. Llegó bien temprano, a las 6 de la mañana.
Unas 120 personas estaban delante de él. "A qué
hora habrá llegado el primero en la cola", se preguntaba,
mientras se quitaba las lagañas y la envidia lo carcomía.
"Ese tipo debe estar loco", diagnosticaba. En el dispensario
también ofrecen consultas psiquiátricas.
Este centro asistencial es administrado por unas valientes
monjitas que se identifican como las "Hermanitas de los pobres".
Es decir, que estas religiosas cuentan con una familia bastante
extendida en Venezuela. Como de costumbre, ese día la
fila de pacientes era infinita, pero los números que
repartían estaban contados. "José" tenía que
volver en la tarde. "Bueno, aquí me sale en cien mil
lo que en una clínica privada cuesta como 700 mil bolos",
calculaba, tratando de ver el vaso medio lleno.
A las cinco de la tarde, "José" ingresó donde le
realizarían la tomografía. El cuarto era pequeño
y en el medio tenía una máquina que parecía
diseñada por la NASA, pero para la expedición del
Apolo XI. Como llamaban de tres en tres, a nuestro mozo de
28 años le tocó en suerte quedar encerrado en una
salita con dos mujeres de estampa impactante. Una tenía
85 años y la otra 79. Esto es la avenida Teherán
de Montalbán, no el consultorio del doctor 90210 en Beverly
Hills.
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La segunda historia aconteció en el hospital Miguel
Pérez Carreño, de Antímano. "María Urquiola"
arribó un jueves a ese nosocomio sin saber por qué
le llamaban "El pescozón". Ya el viernes "María"
había elaborado su propia hipótesis sobre el peculiar
apodo.
En realidad, "María" llegó el miércoles, pero
no había cama. En Venezuela hay gente que para rebatir
las cifras de miseria, expone: "… pero viste que están
agotados los vuelos para Miami en diciembre…". Pues "El pescozón"
está como American Airlines. Sold out.
Retornó "María" al día siguiente, entonces.
Se había abierto una vacante para los que estaban en
"lista de espera". Ella estaba feliz. No soportaba las rodillas
y quería operarse cuanto antes. De inmediato, alguien
le sugirió: "Si no va a estar aquí, ponga una sábana
en la cama para que sepan que está ocupada, sino viene
alguien y se la agarran". Este problemita de las invasiones
ha hecho metástasis.
Compartía habitación con otras siete personas,
incluida una china que no hablaba español y una muchacha
que hacía de sábana. "Yo estoy aquí no por
mí, sino cuidándole la cama a un pariente", explicaba
la joven. "María" quiso guardar sus pertenencias en una
mesita puesta junto a la cama y se percató de que estaba
muy oxidada. Luego fue al baño y se dio cuenta de que
no tenía luz ni ventilación. "María" sintió
vergüenza al pensar que en ese mismo estado se debían
encontrar las petrocasas, casas que Venezuela ha donado a
Nicaragua y Bolivia. "¡Qué pena con esa pobre gente!",
se le oyó balbucear.
Las horas transcurrían sin que nadie le preguntara por
qué estaba allí o cómo se sentía. Se tomó
la temperatura con el termómetro que había llevado
y, mientras contemplaba las telarañas desplegadas en
el techo, sintió cómo le hervía la sangre.
Sufría de tensión alta. Más tarde, la visitó
su marido. El señor "Urquiola" no la tuvo fácil:
el cancerbero del piso es muy celoso con su trabajo y al parecer
ha recibido dos órdenes: No dejar entrar a nadie extraño
ni dejar salir a los que conoce.
En la noche, un médico residente le dijo a "María"
que ella no tenía que padecer estas penurias. Que por
15 millones él la intervenía en su consulta privada.
El señor "Urquiola" le apretó la mano derecha y
ella no lo pensó dos veces. "María", que 24 horas
antes había llegado renqueando, ahora salía corriendo
del Pérez Carreño. Un milagro había ocurrido
en "El pescozón".
ppenalozaochoa@gmail.com
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