Marcos R. Carrillo P. // El insulto como único recurso
El Presidente, en medio del severo desajuste que le ha producido
la revelación del contenido del computador de Raúl
Reyes, exacerbó su decadencia y la emprendió, nada
más y nada menos, que contra la canciller de Alemania,
sólo porque se atrevió a decir algo tan obvio como
que Chávez no representa a toda Latinoamérica.
En un ridículo lance, el autodenominado comandante en
jefe la acusó de ser de la misma calaña de Hitler
y le dijo "váyase al … mejor no lo digo porque es una
dama". (Jamás en la historia de la galantería y
el respeto hubo un gesto tan inútil, vacío y de
mal gusto). Más adelante prosiguió y concluyó,
altanerito, diciendo "aquí hay dignidad, carajo". La
respuesta de Alemania, por medio de un funcionario subalterno,
no pudo ser mejor: "Las palabras de Chávez se explican
por si solas".
En un artículo anterior comentábamos que el Gobierno
ya no justifica sus acciones apelando al manido argumento
de representar los deseos de las mayorías. Por el contrario,
desde el 2007 y, especialmente, luego del 2D el argumento
fundamental es la ideología. Las justificaciones se realizan
en función de la construcción del socialismo, aun
cuando sea contrario al sentir popular. Eso, per se, es reprochable.
Pero el argumento ideológico, en manos de Chávez
y sus acólitos, sólo funciona para vociferar, pero
no para debatir (para argumentar propiamente). Prueba de ello
es la hipersensibilidad que demuestra el Presidente cada vez
que alguien dice algo que no le gusta, tal y como ha sucedido
con la arriba citada andanada en contra de la doctora Merkel,
canciller de Alemania.
La barrena de decadencia en que ha caído Chávez
no le permite dialogar civilizadamente con sus pares internacionales;
sólo le es dado ordenar o regañar al lote de interesados,
nacionales e internacionales, que todavía le hacen caso
(o aparentan que le hacen caso) por razones crematísticas,
nunca por admiración marxista. Cada vez que ha habido
un principio de intercambio de ideas que le sea inconveniente,
Chávez no tiene más argumento que el insulto, la
altisonancia y la retrechería vacía de contenido.
Chávez no es un "enfant terrible", como él pretende.
Este es un término que implica que quien ejerce ese rol
justifica, con sus acciones y sus ideas innovadoras, una verdadera
sacudida en los cimientos de una determinada práctica
social. Por el contrario, el teniente-coronel, no sólo
promueve prácticas económicas y políticas paleozoicas,
sino que ha traicionado las esperanzas que algunos ingenuos
-y otros interesados- pusieron en él, y se ha convertido
en un personaje soez y vacuo, vulgar y banal, ramplón
y trivial. No es ni siquiera una caricatura, es un despropósito
que avergüenza al gentilicio venezolano en todo el planeta.
Sus insultos a los jefes de Estado o de Gobierno no son cosa
casual y ha agraviado, prácticamente, a todo el continente
americano y a buena parte de Europa. Tal vocabulario-actitud
no es producto de una volatilidad infantil, es simplemente
el único recurso que tiene.
El domingo pasado, en "Aló presidente", Chávez
dejó totalmente claro que no puede dialogar con el mundo
civilizado. El único diálogo del que ha quedado
evidencia en los últimos tiempos es el que patéticamente
mantuvo con el actorcito de pacotilla que contrató para
armar el más lamentable sketch que se haya producido
en la TV venezolana, ese en el que intercambió, de tú
a tú, con un tipejo disfrazado de un tal Separatista
Barboza y en el que imperó, como siempre, la vulgaridad
y la miseria. Es en ese inframundo que es "Aló presidente"
el único espacio en el que Chávez puede (y se atreve)
a intercambiar peroratas preparadas de antemano. No da para
más.
mrcarrillop@gmail.com
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