Qué ha pasado con los bonos de la deuda externa venezolana?
¿Por qué su precio se ha desplomado en los últimos
días? Si yo no compré bonos, ¿qué tiene
eso que ver conmigo? Escribir sobre estos temas es proponerle
al lector un camino árido, una especie similar a La
carretera de Cormac McCarthy. Pero hagamos la prueba.
En algún momento, después del referéndum del
2D, el Gobierno decidió frenar la inflación interviniendo
en el mercado paralelo. Dentro de las pocas alternativas de
política que superan el filtro de su propia ideología,
intervenir significa dos cosas. Por un lado, salir a vender
dólares, incrementar la oferta de divisas. Por el otro,
subir el encaje legal (para que los bancos tengan menos dinero
disponible para prestar), subir la tasa de interés y
ponerle un freno al crédito.
¿De dónde salen esos dólares que incrementan
la oferta de divisas? De las exportaciones petroleras, por
un lado, y de nuevas emisiones de deuda, por el otro. ¿Y
por qué hace falta emitir más deuda si el petróleo
venezolano hace rato superó los cien dólares? Porque
las exportaciones petroleras no son suficientes para satisfacer
la demanda de dólares, mezcla de avidez y de necesidades
de consumo, de los venezolanos. Ya el año pasado Cadivi
liquidó en divisas el equivalente a 63% de las exportaciones
petroleras. El monto restante no alcanzó para cubrir
los pagos de deuda externa, los traslados al Fonden (y afines),
y la salida de capitales privados (que totalizó una cifra
sin precedentes desde el Gobierno de Luis Herrera, QEPD).
Por esa razón, nuestras reservas cayeron 5.742 millones
de dólares. Por eso es necesario emitir deuda nueva.
Ahora bien, bajar la cotización del dólar en el
mercado paralelo a punta de emisiones de deuda no es una buena
idea. Es una variante de lo que hizo Luis Herrera (endeudándose
para mantener el 4,30) y más tarde Jaime Lusinchi (agotando
las reservas internacionales para mantener su sistema de tipos
de cambio múltiples). Nada que ver con promover la confianza,
el ahorro y la inversión.
Quienes se aferran a los títulos de deuda venezolanos
argumentan que los "fundamentos" no han cambiado, y que la
caída reciente es "irracional". Una posible sobrerreacción
al veredicto sobre los computadores de las FARC que se dictaría
ayer jueves, o acaso también al lanzamiento de Isea para
gobernador de Aragua (¿y ahora quién se va encargar
de las finanzas?). Sin duda debe haber algo de eso. Pero no
se puede negar también que todo el tinglado que ha tejido
el Gobierno alrededor de las finanzas públicas hace que
muchos de esos "fundamentos" sean invisibles. ¿Cuánto
tiene el Gobierno acumulado en todos los fondos distintos
a reservas internacionales? ¿Cuánto está produciendo
Pdvsa, cuáles son sus verdaderos niveles de inversión?
Todo esto conforma los "fundamentos". Y el gobierno ha escondido
esos fundamentos, invitando a los inversionistas a hacer una
profesión de fe cargando una vela única: El precio
del petróleo. Siendo así, la cotización de
la deuda venezolana no puede sino exhibir esa volatilidad
de la que hemos sido testigos la semana pasada. Como decía
Carlitos González (QEPD también): Quien con infantes
pernocta, excrementado alborea.
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