Ya no hay dudas sobre quién es el Presidente venezolano.
Lo que antes eran sólo sospechas, ahora son certidumbres.
Ese cambio de percepciones ha producido giros tremendos: hoy
Chávez echa de menos aquellos años en que le resultaba
fácil encubrir su personalidad autoritaria y sus nexos
con quienes desestabilizan la democracia en el continente.
Basta una mirada por el retrovisor de la historia reciente
del país para reconocer cuán importante es el viraje
cualitativo ocurrido y las potencialidades de sus consecuencias.
Hace cuatro años la oposición no conseguía
convencer al mundo sobre los motivos que la inspiraban. Por
causa de sus errores, el entorno externo desestimaba de plano
sus denuncias en torno a las desviaciones totalitarias del
régimen bolivariano. Nadie quería detenerse en los
matices. Al jefe del Estado lo valoraban como el dueño
de un "estilo" ciertamente "folclórico", pero "inofensivo".
Sus adversarios, en cambio, eran ponderados exclusivamente
por los hechos del 11 de abril, sin consideraciones acerca
del origen profundo de la confrontación.
A diferencia del presente, no había modo de que el caso
venezolano fuera observado con los ojos con que deben mirarse
los intereses de la democracia. Todos reducían el problema
a la existencia de un mandatario popular y de una oposición
aventurera, incapaz de acertar en la definición de una
estrategia que armonizara sus acciones con sus objetivos democráticos.
Las desviaciones de Chávez eran desechadas: el peligro
que representaba su conducta jamás ganó un primer
plano. Ahora la situación dio una voltereta. Aunque la
oposición sigue arrastrando sus mismos dramas, el Presidente
dejó de ser el bueno de la película. Finalmente,
el mundo ha entendido que una cosa es la calidad de los adversarios
de Chávez y otra muy distinta la justicia y pertinencia
de sus demandas. Poco a poco se comprende que buena parte
de sus fracasos fueron causados por su inexperiencia para
abordar una tragedia sin precedentes. El tema de la computadora
tomará en cuenta este detalle. El mundo conoce tanto
al Presidente venezolano que no le dará el gusto de ofrecerle
un tema para recuperarse. El entorno internacional sabe bien
que Chávez ha estado buscando una guerra que le ayude
a superar el descenso de su popularidad y que le permita continuar
eludiendo sus responsabilidades El Presidente está obligado
a gobernar y a resolver los problemas que hoy son causa de
reclamos populares.
La agenda externa del Gobierno busca una causa nacionalista
que entretenga al país hasta noviembre y que le impida
los electores votar conforme a una evaluación de la gestión
de Chávez. La computadora de Raúl Reyes certificará
las denuncias sobre quién es Chávez en realidad.
Será un escándalo, pero no llegará a más...
por ahora. No sólo la oposición venezolana necesita
a un Chávez más debilitado: sus adversarios externos
también lo requieren débil. El zarpazo es para luego.
Argelia.rios@gmail.com