En este mundo de la globalización y el comercio internacional
la publicidad es un aspecto fundamental para vender los productos.
Nada escapa a este invento del capitalismo más rancio,
mucho menos la transnacional de la izquierda, que siempre
ha dependido de su iconografía de modo muy particular
y efectivo.
Las fotos de antiguos revolucionarios latinoamericanos, como
Pancho Villa o Emiliano Zapata, generan una identificación
casi automática entre quien las observa y los personajes,
pues tienen valor estético en sí mismas. Pocos saben
y a muchos menos les importa lo que hicieron o pensaron. Si
fueron redentores o bandoleros. Pero sus imágenes quedan
como emblema de hombres recios, de los que se restearon y,
a punta de pistola y guáramo, lucharon por algo que fue
considerado positivo por muchos.
El mejor provecho que se ha exprimido a esta segura técnica
publicitaria lo han sacado, sin duda, aquellos que lucharon
en la Sierra Maestra. Todo el mundo debería estar de
acuerdo en que el Che Guevara no era más que un sanguinario
inútil, sin ideas importantes y, más bien, signado
por una dogmática fanática (y por ende poco razonable)
que se parece más a la de Al Qaeda que a la de un redentor
de los pobres y oprimidos. Sin embargo, es la máxima
expresión del poder de la imagen. La famosa foto que
le tomaran durante un mitin, ha pasado a ser objeto de veneración
y de una comercialización que va de la mano, nada más
y nada menos, que con la de Madonna, la chica material. No
es un asunto de ideas, es una cuestión de puro "look".
Peor aún sucede con la imagen de Fidel Castro. El uniforme
y la barba de apariencia descuidada, sus videos y fotos con
habanos en la Sierra Maestra han erotizado no sólo a
jóvenes en busca de un héroe de carne y hueso o
a artistas excelsos, sino a gobernantes de toda índole.
Y, aún cuando se podría alegar que Fidel tuvo ideas
más concretas que el Che, no es menos cierto que su peculiar
carisma y sus luchas con tiros de verdad, le ganaron un espacio
importante en este asunto del marketing revolucionario, que
ha logrado que algunos (no pocos) olviden que no es más
que un tirano que ha sometido a sus caprichos a todo un pueblo
por cincuenta años.
A diferencia de los latinoamericanos, personajes como Lenin,
Stalin, Mao, Chauchescu y otros similares, tienen fotos
cuidadosamente posadas que no dicen nada por sí mismas.
Son ya imágenes carentes de la reciedumbre de un luchador,
son, más bien, reflejo de burócratas desgastados,
de dictadores aislados y reprochables que jamás han causado
algún tipo de atractivo. Son el estereotipo de lo que
los comunistas sesentosos llamarían una persona aburguesada.
Es a este lote al que pertenecen los afiches del presidente
de Venezuela, cuando aparece mirando, más que al horizonte,
al vacío más absoluto, como queriendo intelectualizarse
artificialmente mediante ardides mediáticos. Y, a pesar
de todo lo que se intente hacer para adecentar la percepción
visual que de él se tiene, desde el punto de vista iconográfico
no puede pasar de ser uno más de este último lote,
porque jamás ha habido revolución en este país
y, salvo por sus irresponsables y estruendosos fracasos de
1992, no tiene más que exhibir que un corto video rindiéndose
el 4 de febrero de aquel año y otro llorando en calzoncillos
durante los sucesos de abril de 2002. Pobres referencias para
un montaje publicitario de la exitosa (no por su contenido
ideológico sino por el dinero que recauda) multinacional
de la izquierda. Sólo queda ligar que se ponga de moda
en un futuro la imagen de un hombre a punto de obesidad rodeado
de cientos de guardaespaldas. Tal vez en ese momento logre
la foto que siempre añoró.
mrcarrillop@gmail.com