Las protestas recientes en contra de los Juegos Olímpicos,
así como las protestas en el propio Tíbet, han traído
a la prensa mundial de nuevo el problema de la autonomía
del Tíbet. Lo que ocurrió en Lhasa hace un mes posiblemente
nunca será conocido con detalle. Hay una similitud entre
los eventos de Lhasa y los de Birmania hace cuatro meses:
una reacción de monjes en busca de la libertad para practicar
su fe.
El Tíbet no es como la China, a pesar sus relaciones
estrechas por más de 800 años. El tibetano es un
idioma diferente del mandarín, aunque ambos son tonales.
Usa para la escritura una versión del sánscrito
que llegó con su conversión a la religión budista
en el año 300, o sea, no es de ayer. El sistema político
que imperaba en Tíbet hasta la invasión china de
1950 era de un Estado teocrático, con un jefe religioso
que era jefe político. Este sistema político existía
desde 1578. En 1918, a raíz del Tratado de Rongabatsa,
se fijaron las fronteras entre el Tíbet y la China. Tíbet
es un país especialmente budista (Mahayana). China es
confucionista-taoísta con su propia visión del budismo.
Lo que pide Tíbet no es separación total de China,
sino un cierto grado de autonomía que le permita conservar
su religión y costumbres y evolucionar a su propio ritmo.
Sin embargo, no se justifica un boicot de los Juegos Olímpicos,
para lo cual los chinos se vienen preparando por años.
China se ha ganado el derecho de presentarse al mundo; al
fin y al cabo, junto con la India son las dos naciones más
antiguas del mundo. Los juegos representan una oportunidad
para el reencuentro de la humanidad dentro de un ambiente
donde los intereses políticos de distintos países
no tienen ningún reflejo. Echar a perder los juegos es
quitarnos la oportunidad que tenemos cada cuatro años
de ver este reencuentro.
jorodner@telcel.net.ve