Por donde quiera que uno va, en todo lo que uno lee y escucha
(otras formas de ir), hay una sensación colectiva de
desequilibrio; es como si ese conjunto de experiencias fragmentadas
que constituyen nuestra realidad estuviese a punto de caer,
sin malla protectora, sin tejido, sin amortiguación.
Ocurre en el área social, en la arena política,
o en el terreno resbaladizo de la economía. Uno sabe
que una sociedad no puede consumir todos los años mucho
más de lo que produce. Sabe que es difícil mantener
el dólar barato, si en lugar de sujetarlo la confianza,
lo hace el Gobierno liquidando a manos llenas sus tenencias
de divisas. Sabe que ahogar al sector privado es una estrategia
suicida y empobrecedora, porque más del setenta por ciento
de la producción, más de nueve millones de empleos
(formales e informales) y un poco menos de la mitad de la
recaudación tributaria, provienen de ese sector. Así,
con el conocimiento pleno de lo frágil que resulta nuestro
equilibrio, vamos siendo testigos todos los días de estas
y muchas de las otras cosas que ocurren en otras áreas
(para no pecar de economicista). Es como la lluvia
sobre los tejados de zinc de El coronel no tiene quien
le escriba, un ruido sordo, permanente. Un recordatorio.
La mayoría de los consensos sobre los cuales se fundamenta
la noción de equilibrio, es decir, los primeros pasitos,
el Coquito del progreso, han sido tergiversados durante
todos estos años. La autosuficiencia, la creación
de riqueza, la eliminación de la pobreza sobre las bases
de las capacidades de los individuos para generar ingresos,
la eficiencia del sector privado y la necesidad de concentrar
la tarea del sector público en aquellas áreas en
donde el mercado no provea, en donde el déficit de atención
social acumulado así lo exija, ya no forman parte del
conjunto de ideas con el que todos estaríamos de acuerdo.
Se ha puesto mucho énfasis en la dependencia, la redistribución,
la dádiva atada a la complacencia política, la eliminación
de la pobreza vía transferencias gubernamentales, la
presencia omnipotente de un Estado que aunque no ha sido capaz
de proveer salud, vivienda, educación o seguridad ciudadana,
pretende ahora fabricar cemento, proveer electricidad y comunicaciones,
repartir alimentos, subir y bajar gente en teleférico.
Habrá que empezar de nuevo, acaso con el aliciente de
que aquello que se aprende y desaprende con tanta frecuencia
nunca termina por encontrar raíz fija. No somos un país
rico. En la apoteosis de nuestra bonanza, el ingreso petrolero
apenas alcanza para siete dólares diarios por habitante.
Con eso no salimos de aquí.
La campaña para elegir autoridades regionales es una
excelente oportunidad para promover acuerdos alrededor del
tipo de valores que nos podrían conducir por una ruta
distinta, la del progreso. Si esos consensos que nos podrían
hacer mejores se han debilitado, hace falta un nuevo liderazgo
que, más que prometer y complacer, persuada, convenza,
y rescate la importancia del esfuerzo y del trabajo. No seguir
ese camino, montar la estrategia electoral sobre la misma
demagogia, sólo conseguirá reivindicar el estilo
de vida y los valores que el chavismo le ha propuesto a Venezuela.
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