La situación en Bolivia es digna de reflexión.
Las cosas no son lo que parecen, y menos lo que el oficialismo
venezolano pretende vender. Comencemos por entender lo que
está pasando. Se llama "media luna" a las provincias
que bordean Bolivia de norte a sur, Santa Cruz, Tarija, Beni
y Pando, dibujando sobre la geografía boliviana una media
luna imaginaria. Y si bien se distinguen entre sí por
no pocos ni leves factores, los acerca el deseo de diferenciarse
del occidente, espacio donde inicialmente los llamados "pueblos
originarios", posteriormente la corona española y la
minería hasta mitad del siglo XX generaron un fuerte
núcleo de poder.
Sin embargo, en los últimos años, Santa Cruz, Tarija,
Beni y Pando experimentaron un mayor desarrollo económico.
El enfrentamiento con el "altiplano" ocurrió más
bien a consecuencia o reacción a diferentes visiones
con respecto a cómo organizar a la sociedad. No menos
importante es el impacto producido por las emigraciones hacia
oriente, ocurridas a causa del quiebre de la minería
y del no menos importante ataque a los cocales.
Santa Cruz, por su parte, es el departamento más grande
del país, y es también el de mayor empuje. Valga
destacar que Santa Cruz aporta el 31% del PBI del país
y el 50% de la oferta rural, con énfasis en soja (con
capitales locales, brasileños, argentinos y colombianos),
y también girasol, azúcar, leche, ganado y madera.
Y su potencial se acrecienta con dos piezas de suprema relevancia.
Una es El Mutún, un gigantesco yacimiento de mineral
de hierro y manganeso. El presidente Evo Morales licitó
este yacimiento luego de un intento del anterior gobierno
para beneficiar a un poderoso grupo local que es aliado de
un grupo económico brasilero. Ahora, la multinacional
Jindal Steel & Power, ganadora de la licitación,
con base en la India, deberá explotarlo en asociación
con el Estado boliviano.
La otra pieza fundamental es el pozo de gas Ipatí en
Incahuasi, repartido con el departamento de Chuquisaca. Este
pozo está a cargo de la transnacional francesa Total,
que deberá asociarse a YPFB. Los expertos establecen
que la riqueza de este pozo es mayor a la de los superpozos
San Alberto y San Antonio. La negociación con Petrobras
y Repsol está trancada tras el decreto de nacionalización
parcial del 1° de mayo.
Por su parte, Tarija tiene la mayor riqueza gasífera
y aspira a liderar la industrialización de ese recurso.
Por su poca población, el PBI por habitante de Tarija
es el más alto de Bolivia, US$ 1.700 al año, y constituye
el doble que el promedio nacional. Beni y Pando son aliados
más pequeños en este enfrentamiento contra La Paz,
o más bien contra el MAS y los grupos indigenistas de
Morales. Pero no por ello menos importantes. Beni, localizado
al norte de Santa Cruz, posee cacao, goma, yuca, café
y castaña, pero su PBI per cápita es el más
pobre excepto en Potosí. Pando, muy al norte, es productor
de madera, caucho, arroz y frutas.
Pero, ¿acaso todo el asunto es meramente una disputa
por el poder económico? Tal conclusión sería
hacer ojos ciegos a lo que ha sido el devenir histórico
de Bolivia, una nación que surge del separatismo y que
casi siempre ha padecido convulsiones. Bolivia era el Alto
Perú, y nació de la separación durante las
guerras independentistas. Y su vida republicana ha estado
marcada por la inestabilidad política, social y económica.
Ha padecido más de 80 golpes de Estado y consta en su
récord el haber sido la nación con la más alta
inflación del mundo. Tampoco se puede ser tan miope como
para limitar la visión a una circunstancia de enfrentamiento
étnico. Lo que se busca hoy en Bolivia no es la secesión,
sino la autonomía, la descentralización, que no
es ni extraña ni nueva en el panorama latinoamericano.
Países como México, Brasil y Argentina son ejemplo
de la autonomía provincial.
Esto es un enfrentamiento que puede, sin embargo, tener felices
consecuencias, para Bolivia y para la región. Puede ser
una lección, tanto de lo que se debe hacer como de lo
que no se debe hacer. El asunto no tiene por qué terminar
en una secesión. Pero para lograr que las próximas
páginas sean de progreso y no de confrontación,
varias cosas tienen que pasar: el Gobierno boliviano tiene
que superar su afán centralista y estatista y su insoportable
soberbia e intolerancia; el presidente Morales tiene que escuchar
a los bolivianos y dejar de atender las malas consejas del
presidente Chávez; los factores sociales y políticos
se tienen que sentar a concertar; los organismos internacionales
tienen que dejar de actuar como convidados de piedra. Extrapolar
el caso Bolivia a Venezuela constituye una insensata entelequia
presidencial. La única secesión que aquí queremos
es el desprendimiento de Cuba de la teta venezolana.
gblyde@cantv.net