Fui a Praga hace sopotocientos años, cuando Checoslovaquia
era comunista. Recuerdo una ciudad gris y triste, en donde
un insoportable guía nos impedía ver lo que queríamos,
llevándonos sólo a una siderúrgica, una fábrica
de cerveza y al pueblo mártir de Lídice. Ahora,
acabo de regresar a una Praga dorada, radiante, cubierta de
lilas y de música. Una especie de Florencia más
grande y misteriosa, que ha sufrido las peores invasiones,
pero ha sido siempre un centro de inteligencia y de cultura.
Praga es la ciudad del estoico reformador protestante Jan
Hus, de Kafka y del temible Golem, pero también fue escogida
por Mozart para estrenar algunas de sus obras, tiene las iglesias
barrocas más preciosas, campanarios que se responden
en toda la ciudad y una primavera radiante como la que hace
40 años conmovió al mundo entero.
En medio de tanta belleza (surgida muchas veces del dolor
y del sufrimiento), se notan todavía trazas del comunismo.
No sólo en la cantidad inmensa de iglesias y obras de
arte destrozadas por algún estúpido burócrata,
sino también en la gente misma. Las matronas, seguramente
comunistas en otras épocas, que lo siguen a uno de sala
en sala en los museos, la falta de flexibilidad ante los pequeños
detalles de la vida diaria, la espantosa comida que todavía
sabe a fronteras cerradas, represión y Europa Oriental.
Viendo estos pequeños remanentes del modus vivendi
totalitario en la resplandeciente Praga, me preguntaba por
Caracas. Si las dictaduras dejaron sus huellas en los checos,
a pesar de su cultura, de su inteligencia, de su inmensa valentía,
¿cómo estaremos nosotros cuando salgamos de nuestro
caudillo tropical? ¿Cómo nos habrá afectado
a nosotros y a nuestra pobre Caracas el paso de los bárbaros
que nos gobiernan, si se quedan mucho tiempo más?
maru1789@yahoo.com