Desde que tomamos conciencia de nuestra finitud, las preguntas
filosóficas "¿de dónde vengo?" y "¿hacia
dónde voy?" nos asaltan a cada instante. Es más,
no nos dejan vivir. Por razones de carácter cognitivo
racionalizamos el asunto hasta límites insospechados
de exactitud escatológica, cayendo -más temprano
que tarde- en la melancolía y el desengaño. Dichosa
aquella edad de la inocencia en la que nos mecemos entre el
sueño -por mero sueño- y la visión de
lo imposible, construyendo realidades paralelas que nos "confortan"
de cierta manera ante la incertidumbre de la pérdida
definitiva; es decir, de nuestra propia muerte. Ya lo dice
el filósofo y catedrático español Fernando
Savater, en su más reciente libro titulado La vida eterna
(Ariel, 2007), que nos humanizamos en la medida en que nos
hacemos más conscientes de la certeza de la muerte.
A propósito de este libro que nos deja más inquietudes
que respuestas ante lo inevitable (como tiene que ser en todo
buen ensayo), podríamos argumentar que las religiones
nacen en un intento -¿fallido?- del ser humano por alcanzar
una eternidad luego de la vida física o biológica.
Las religiones buscan desesperadamente abrir caminos en medio
de la nada, otear destinos frente a la incertidumbre. Unas
lo hacen tomando como bandera el miedo a un castigo "eterno",
para así lograr la "salvación" más allá
de esta vida, mientras que otras aspiran a ser mediadoras
del inmenso conflicto entre lo humanamente posible y lo éticamente
inaceptable. El problema radica en las disímiles formas
de intolerancia religiosa que han hecho posible "guerras santas"
y otras terribilidades, con el denodado fin de aniquilar a
quienes piensen distinto.
Un Savater declaradamente ateo nos lleva con fuerza e inteligencia
hacia la interioridad del ser, hurgando con ironía allí
donde anidan los más recónditos deseos de perpetuidad.
Su crítica -a todo lo largo del libro- a la religión
cristiana es sencillamente demoledora, sin caer en el terreno
de negar por negarse en una especie de ruleta rusa del intelecto,
sino que sopesa con frialdad lo que se esconde (y se ha escondido
a lo largo de la historia) detrás de sus más conspicuos
representantes en la Tierra. Juan Pablo II y Benedicto XVI
son citados con frecuencia, no para ensalzar precisamente
su actuación pública, sino para revelarnos a través
de su pensamiento lo que para el ensayista es considerado
francamente retrógrado e insostenible a la luz de nuestro
tiempo.
Considera Savater que la religión cristiana no puede
pretender erigirse en un núcleo de valores humanos para
nuestra civilización, porque a lo largo de su dilatada
experiencia de siglos ha dado claras demostraciones de intransigencia,
de intolerancia, de frialdad en sus acciones y, en el peor
de los casos, de evidente complicidad frente a los horrores
cometidos en nombre de Dios. No calla el autor ante el terrorismo
instaurado por algunos seguidores de diversos credos, quienes
pretenden imponer a la humanidad sus creencias con sangre
y fuego. El autor nos recuerda a menudo la necesidad
de establecer los límites entre las enseñanzas religiosas
de cualquier índole, frente a la legislación de
todo país democrático. Y va mucho más allá
al declarar sin problema alguno el ideal laicista, que implica
dar a la religión lo que le corresponde y al terreno
de lo civil la vida de la nación. Agrega lacónico:
"La religión es un derecho de cada cual, pero no un deber
para nadie… ni mucho menos convierte en aceptable y encomiable
lo que transgrede la realidad".
Quienes busquen en la "La vida eterna" de Fernando Savater
un consuelo a su aspiración metafísica de trascendencia
espiritual, mejor que no se adentren en sus páginas,
porque no van a encontrar allí las respuestas a sus inquietudes
existenciales. Esos lectores deberían en todo caso acercarse
a un Deepak Chopra y a su vasto acervo bibliográfico
en el territorio de la autoayuda. Quienes busquen agudas reflexiones
que azucen el intelecto y nos lleven más allá del
lugar común -y de lo socialmente establecido a través
de la historia como respuestas a nuestro atávico afán
de permanencia- en este libro hallarán un punto de inflexión
interesante que no deberíamos perder de vista, ya que
rompe de manera dramática con esa visión unívoca
que nos llega por la vía de la tradición familiar
y de nuestra cultura judeocristiana.
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