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Ricardo Gil Otaiza // La vida eterna

Desde que tomamos conciencia de nuestra finitud, las preguntas filosóficas "¿de dónde vengo?" y "¿hacia dónde voy?" nos asaltan a cada instante. Es más, no nos dejan vivir. Por razones de carácter cognitivo racionalizamos el asunto hasta límites insospechados de exactitud escatológica, cayendo -más temprano que tarde- en la melancolía y el desengaño. Dichosa aquella edad de la inocencia en la que nos mecemos entre el sueño  -por mero sueño- y la visión de lo imposible, construyendo realidades paralelas que nos "confortan" de cierta manera ante la incertidumbre de la pérdida definitiva; es decir, de nuestra propia muerte. Ya lo dice el filósofo y catedrático español Fernando Savater, en su más reciente libro titulado La vida eterna (Ariel, 2007), que nos humanizamos en la medida en que nos hacemos más conscientes de la certeza de la muerte.

A propósito de este libro que nos deja más inquietudes que respuestas ante lo inevitable (como tiene que ser en todo buen ensayo), podríamos argumentar que las religiones nacen en un intento -¿fallido?- del ser humano por alcanzar una eternidad luego de la vida física o biológica.  Las religiones buscan desesperadamente abrir caminos en medio de la nada, otear destinos frente a la incertidumbre. Unas lo hacen tomando como bandera el miedo a un castigo "eterno", para así lograr la "salvación" más allá de esta vida, mientras que otras aspiran a ser mediadoras del inmenso conflicto entre lo humanamente posible y lo éticamente inaceptable. El problema radica en las disímiles formas de intolerancia religiosa que han hecho posible "guerras santas" y otras terribilidades, con el denodado fin de aniquilar a quienes piensen distinto.

Un Savater declaradamente ateo nos lleva con fuerza e inteligencia hacia la interioridad del ser, hurgando con ironía allí donde anidan los más recónditos deseos de perpetuidad. Su crítica -a todo lo largo del libro- a la religión cristiana es sencillamente demoledora, sin caer en el terreno de negar por negarse en una especie de ruleta rusa del intelecto, sino que sopesa con frialdad lo que se esconde (y se ha escondido a lo largo de la historia) detrás de sus más conspicuos representantes en la Tierra. Juan Pablo II y Benedicto XVI son citados con frecuencia, no para ensalzar precisamente su actuación pública, sino para revelarnos a través de su pensamiento lo que para el ensayista es considerado francamente retrógrado e insostenible a la luz de nuestro tiempo.

Considera Savater que la religión cristiana no puede pretender erigirse en un núcleo de valores humanos para nuestra civilización, porque a lo largo de su dilatada experiencia de siglos ha dado claras demostraciones de intransigencia, de intolerancia, de frialdad en sus acciones y, en el peor de los casos, de evidente complicidad frente a los horrores cometidos en nombre de Dios. No calla el autor ante el terrorismo instaurado por algunos seguidores de diversos credos, quienes pretenden imponer a la humanidad sus creencias con sangre y fuego.  El autor nos recuerda a menudo la necesidad de establecer los límites entre las enseñanzas religiosas de cualquier índole, frente a la legislación de todo país democrático. Y va mucho más allá al declarar sin problema alguno el ideal laicista, que implica dar a la religión lo que le corresponde y al terreno de lo civil la vida de la nación. Agrega lacónico: "La religión es un derecho de cada cual, pero no un deber para nadie… ni mucho menos convierte en aceptable y encomiable lo que transgrede la realidad". 

Quienes busquen en la "La vida eterna" de Fernando Savater un consuelo a su aspiración metafísica de trascendencia espiritual, mejor que no se adentren en sus páginas, porque no van a encontrar allí las respuestas a sus inquietudes existenciales. Esos lectores deberían en todo caso acercarse a un Deepak Chopra y a su vasto acervo bibliográfico en el territorio de la autoayuda. Quienes busquen agudas reflexiones que azucen el intelecto y nos lleven más allá del lugar común -y de lo socialmente establecido a través de la historia como respuestas a nuestro atávico afán de permanencia- en este libro hallarán un punto de inflexión interesante que no deberíamos perder de vista, ya que rompe de manera dramática con esa visión unívoca que nos llega por la vía de la tradición familiar y de nuestra cultura judeocristiana.

rigilo99@hotmail.com



 
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