El comunismo clásico se inició como el sueño
utópico de una sociedad sin clases; y como sistema de
gobierno sostuvo tiranías personales que justificaron
monstruosos crímenes en aras de un ideal superior. Terminó
como gran estafa y gran fracaso.
Sin embargo, muchos comunistas clásicos tuvieron sólidos
antecedentes culturales. Uno se podía oponer a sus ideas
y repudiar sus ejecutorias políticas sin dejar de reconocer
en ellos personas de elevada cultura, gentes con dotes personales
que les distinguían.
Aquel repertorio incluía a dirigentes de la talla de
Sartre, Neruda, Gramsci, Rivera, Alfaro Sequeiros, Picasso,
Niemeyer, Alfredo Palacios, Luis Carlos Prestes, José
Carlos Mariátegui, Julio Antonio Mella, Gustavo Machado
Morales, Salvador de la Plaza, Miguel Otero Silva, y otros.
Tiranos
Incluso sus más aborrecibles tiranos como Lenin, Stalin,
Mao Tze Tung, Ho Chi Minh, Ceaucescu, y los hermanos Castro
terminaron desplegando conductas públicas circunspectas.
Se les podía odiar y temer: pero parecían gente
seria.
Donde los anteriores dirigentes comunistas infundían
respeto o terror, los nuevos producen vergüenza, desprecio
ó hilaridad.
¿Cómo comparar aquellos comunistas históricos
con una canalla como la Bonafini y los narcoterroristas de
las FARC; o con reyes momos como Daniel Ortega, Evo Morales,
y otros más que no ameritan mención?
Una mazmorra
El neocomunismo latinoamericano es una mazamorra de vulgaridad,
mediocridad, complejos e incompetencia. Se nutre de sórdidos
resentimientos y frustraciones personales traducidas en insaciable
sed de venganza. Desciende a las cloacas para buscar -entre
delincuentes y desadaptados- patrones de conducta para cada
país. Proclama a la soez procacidad y la grotesca vulgaridad
como emblemas de lo "popular".
Se rinde ante demagogos rodeados de adulantes, que evocan
a la memoria del demente emperador Henri Christophe cuando
nombraba a sus secuaces como duques de la Mermelada y condes
de la Limonada; o a Calígula, cuando nombró cónsul
romano a su caballo.
Su "revolucionarismo" se traduce en delincuencia organizada
desde el poder, con partidos que terminan siendo simples agavillamientos
donde el mérito fundamental es la total abyección
ante el mandamás de la pandilla.
Los audaces y grandilocuentes caudillos del neocomunismo
latinoamericano se juran padres de un nuevo orden. Al final
son pintorescos brotes de atraso cívico, cuyos intrascendentes
castillos de arena serán barridos por la historia.
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