El daño más profundo causado por la revolución
bolivariana no es la destrucción de la economía
productiva ni el quiebre de la institucionalidad, sino el
daño moral de la población. Es una herida espiritual
producida por la condena del éxito y el refuerzo de la
dependencia. Nunca antes se había echado tanta hiel por
los logros de otros, nunca se había condenado con tanto
encono el éxito y la excelencia.
Es cierto que el resentimiento es el núcleo afectivo
de un importante complejo histórico de la sociedad venezolana.
Aparece con claridad en la furia sangrienta de José Tomás
Boves o en los gritos de Martín Espinoza y El Agachado
durante la Guerra Federal, así como en las proclamas
de tantos caudillos de las infinitas revoluciones del siglo
XIX.
Pero nunca una categoría política nucleada alrededor
de la envidia y el resentimiento había gobernado durante
tanto tiempo (ya van, casi, 10 años) ni había tenido
tanto poder y dinero para hipnotizar y doblegar a la población.
La descalificación de las competencias intelectuales
y la persecución de los triunfos empresariales, la prédica
contra el dinero seguida del consumo conspicuo y del más
asombroso exhibicionismo material, dan cuenta de la perversidad
de un liderazgo carismático fundado en el resentimiento.
Maquiavélico
Lo que hoy se siente como el aspecto más positivo de
la revolución, el aumento del consumo en las clases más
depauperadas y la extensión de los programas sociales
a través de las misiones, han sido ejecutados de tal
manera y con tan maquiavélica intención política
que sus efectos negativos tienen un peso insondablemente superior
a los mínimos resultados positivos que se desvanecerán
en breve tiempo. El mal principal del asistencialismo clientelar
afincado en la abundancia del boom petrolero ha sido el afianzamiento
de un rasgo colectivo que ha destruido la iniciativa individual
de los venezolanos: el paternalismo del Estado y la dependencia
del ciudadano.
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