Los intelectuales chavistas
Hay intelectuales que han acompañado la aventura chavista
sobre la base de que ésta prometía un cambio por
el cual habían luchado y pensado desde sus respectivas
historias. Tomaron diversos caminos; unos, los del entusiasmo
y el apoyo, otros los de la burocracia, algunos los de la
crítica tenue, pocos los de la ruptura. Han sido trayectorias
heterogéneas, cuyos discursos suelen revelar más
de lo quieren decir y muchísimo más de lo que desearían
admitir. Hoy la intelectualidad chavista posiblemente sea
lo más desolador que hay, a medio camino entre la derrota
y la expulsión, ayuna de propuestas y, sobre todo, de
sentido.
Las Falsas
Premisas
Una porción de la izquierda se anotó con Chávez
en su peregrinaje de los años 90. Lo concibió del
mismo modo en el cual había concebido a Caldera en 1993:
un instrumento para derrotar a AD y Copei. Lo logró con
Caldera, sólo que éste terminó aliado y sostenido
por AD, el símbolo del sistema que había prometido
liquidar. El desencanto -y la crisis de finales de la década-
abrieron el camino para quien parecía mejor dispuesto
a cumplir la promesa redentora. La izquierda, en segmentos
importantes, se anotó en la volada. Llegó al Gobierno,
junto al Comandante y a su grupo militar. Se cumplía
así el viejo sueño de llegar al poder por el atajo
que ofrecía un antiguo golpista, redimido en las aguas
de una retórica agresiva contra el viejo sistema político.
En este ferrocarril, que se deslizaba por los rieles instalados
por el antiguo orden, incapaz de reformarse a fondo cuando
era factible y urgente, se encaramaron muchos personajes,
partidos, movimientos. Como suele ocurrir en procesos tumultuarios,
unos iban en primera clase y otros en "la cocina", incluidos
los que seguían a pie el pesado tranvía antes de
que tomara velocidad de crucero. Naturalmente, allí se
instalaron unos cuantos intelectuales, algunos de mérito
y obra.
El primer problema surge con el discurso que varios adoptaron
desde el inicio. En vez de ser los autores y promotores de
una visión; generadores de una historia por contar, se
convierten en sus divulgadores acríticos. Asumen los
dichos de Chávez como un discurso teórico y políticamente
válido, al cual hasta aristas filosóficas le intentan
descubrir. Para estos intelectuales existe, entonces, sin
ninguna base conceptual, una IV República sustituida
por la V República; la rebelión del 27 de febrero
de 1989 y sus muertes se rodean de un significado diferente
al que, efectivamente, tuvieron; la democracia de 1958 a 1998
fue una indeseable excrecencia, de acuerdo a las tesis de
Chávez; entre otras postulaciones a las cuales los interfectos
se suman.
Lo más significativo es que algunos de éstos adoptan
sin discusión las ocurrencias de Chávez, muchas
de las cuales son mezclas de los dichos de Ceresole, las ingeniosidades
de Marta Harnecker, las novedades de Dieterich, las iluminaciones
de Giordani, las citas de Mao, siempre con el aderezo de una
frase de Bolívar que un general desocupado y fastidioso
se ocupa de encontrar en su covacha de Miraflores. Este batiburrillo
es elevado a la dignidad de una teoría y la intelectualidad
chavista anda deslumbrada con el socialismo del siglo XXI.
La que no se deslumbra, no se atreve a desmontar tal bobería.
La Renuncia
a la Crítica
La mayor parte de esa intelectualidad renunció a la
crítica. Suele adoptar un truco de baja ralea que consiste
en que ante las evidentes manifestaciones de autoritarismo
y militarismo fascistoide, responde con la idea de que los
vicios, errores, descomposiciones se hallan en el pasado.
Si hay crimen, antes hubo; si hay represión, antes hubo;
si hay malestar social, antes hubo; si hay desastre económico,
que duda cabe, también el viejo sistema lo vivió.
La última línea de retirada de esa argumentación
falaz es que lo existente no es peor a lo que existió,
por lo tanto, en vez de defender la superioridad del régimen
bolivariano, se dedican a sostener que no es inferior al pasado
y, a lo sumo, igual de malo. Alguno ha confesado que lo que
importa es que los que mandan son ellos, los chavistas. Cuando
desde adentro se hacen críticas, suelen aceptar, como
justificación de su silencio, que no pueden dársele
armas "al enemigo" o a "la derecha".
La renuncia a la crítica, en varios, tiene el nombre
de un sueldo gobiernero. Intelectuales de 15 y último
que renunciaron a todo, salvo a lanzar loas insistentes a
su jefe; disfrazan su carencia de independencia intelectual
con sus descalificaciones a la disidencia. Su voz es potente
sólo cuando se trata de berrear contra los opositores;
pero, fuera de estas estridencias, su silencio le hace coro
a los desafueros bolivarianos. Es que estas pobres almas no
quieren darle armas al enemigo: prefieren suicidarse.
Los Guantes
de Seda
Una estratagema que usa con frecuencia esta intelectualidad
desértica es la de colocarse en una curiosa dimensión
filosófica. Se asume, por definición, como si constituyese
la izquierda; tal condición no requiere ser probada,
deriva del hecho místico de apoyar al líder. De
tal manera que su legitimidad política no deviene de
sus convicciones sino de la adherencia a lo que, sin pudor,
definen como la revolución bolivariana y, sobre todo,
a la jefatura de Chávez.
Desde esa posición de izquierda de la cual se adueñan,
no tienen recato en confundir socialismo con la acción
del grupo militar que define la acción oficial. Un régimen
que por su lenguaje, relaciones, estructura, mandos y visiones,
está emparentado con el militarismo latinoamericano,
es asumido sin vergüenza como representación del
ideario socialista.
Algunos de los intelectuales que discuten el asunto saben
que este proyecto carece de sentido revolucionario real; entonces,
se colocan en una perspectiva "ingenua", como si el régimen
estuviera en sus titubeantes orígenes. Cuando se refieren
al Gobierno es como si estuvieran en el día cero, piensan
lo que debería hacer o dejar de hacer hacia adelante,
mediante la indelicada abstracción de que ya lleva casi
diez años. Década de una experiencia que apunta
exactamente en la dirección contraria a la pregonada.
Callan sobre el militarismo, sobre el autoritarismo, sobre
el centralismo y sobre el fascismo; sólo se ocupan de
cómo, idealmente, debiera estructurarse una revolución
para un gobierno que estuviese, apenas, gateando. Se colocan
en enero de 1999 y no en marzo de 2008, para no dar cuenta
del desastre.
El drama de la intelectualidad chavista es que estuvo durante
décadas en la búsqueda de un camino para la transformación
del país, y cuando vio a un personaje altanero y respondón,
no supo distinguir entre Pedro Camejo y Pedro Carujo, entre
Perón y Allende; Sandino y Ortega; entre Mariátegui
y Ceresole. Una intelectualidad que se refugia en la retórica
para escapar de la ética.
carlos.blanco@comcast.net