Con los santos de espalda
Todo le sale mal de un tiempo a esta parte. Recuerda a personajes
como el Gordo y el Flaco. Especialmente al Gordo: cuando encendía
la chimenea, la ropa cogía candela; en el momento en
que abría la puerta, venía alguien del lado opuesto
que le aplastaba la nariz; apenas volteaba al lugar del jolgorio,
la torta de chocolate se estrellaba contra su grasiento y
abombado rostro; los perros lo orinaban y, desprevenido, saltaba
de los trampolines a piscinas vacías.
El de aquí, anda mal; la pava no lo suelta; los del
entorno íntimo hacen un nudo en el pañuelo cuando
están con él; hay casas en las que colocan escobas
detrás de la puerta cuando lo reciben; algunos de sus
ministros meten la mano en el bolsillo izquierdo y se aprietan,
discretamente, la pequeña redondez en sus vergüenzas
para desterrar los malos aires. En fin, todos los días
parecen martes y todos los martes son 13. Nada más faltaría
que poseyera aliento de óxido de azufre, que tuviera
gastritis crónica, algún trastorno tripolar (el
bipolar sería muy poco), diverticulitis, flatulencias
matinales, y abandono de novias y afines.
¿Qué le ha pasado a la promesa de Sabaneta? ¿Qué
mal de ojo hizo trizas al seductor de tanta gente hambrienta?
¿Qué astros se han cruzado en el camino para producir
estos desastrados resultados? ¿Es su culpa?
Un Camino
Que Finaliza. Chávez llegó a donde
llegó no sólo como expresión de sus ideas e
intuiciones, sino como símbolo de una alianza que pretendía
hacer la revolución a punta de bayoneta y de socialismo
cubano. No logró someter al país, ni lo convenció
de las bondades de sus promesas. Sin duda tiene apoyos, pero
éstos son realengos, y, últimamente, cuestionadores
y alzados.
Esos grupos radicales que Chávez encabeza y expresa,
apostaron a imponer una sociedad, y una vida, que ha sido
resistida por opositores y chavistas de a pie. La idea de
que la redención viene de los impromptus de un caudillo
iluminado, tropezó con el espíritu sandunguero,
libertario y hasta caótico, de una sociedad acostumbrada
a hablar fuerte y claro durante mucho tiempo.
Basta ver cómo los intelectuales vinculados al chavismo,
salvo aquellos que tienen más apego a sus sueldos que
a sus ideas, le han dicho a Chávez que si no rectifica
lo que consolidará es un régimen represivo, impopular
y soviético. Si acaso lo logra.
El proyecto autoritario se desmorona. El núcleo dominante
parece haber pensado que con el control de la cúpula
militar, creando unos ricos a punta de corrupción, sobornando
aquí y allá, era suficiente para imponer un camino.
Se equivocó. El voluntarismo como demiurgo de la historia,
fue, una vez más, al fracaso.
Cuando Chávez estimó poder solucionar el problema
de medio siglo de la guerrilla colombiana y que le iba a ganar
la mano a Uribe, en su patio, demostraba su suicida visión
salvacionista. Cuando se sintió capaz de insultar a Bush,
a Fox, a Alan García, a Uribe, al Rey de España,
a Tony Blair, a los periodistas, a los opositores, a los empresarios,
a los sindicalistas, a los dirigentes de los partidos, y también
a los suyos, a los que culpa de sus propios fracasos, el personaje
demostró un alterado sentido de las proporciones. El
corolario de toda esa cadena de yerros es la derrota en el
reciente referéndum.
Sin embargo, no sólo fracasa Chávez, sino una política
y las alianzas que expresa. Fracasa una visión; naufraga
un gobierno, un equipo, un estilo, un lenguaje. La apoteosis
de tales lineamientos fue aquel calificativo estercóreo
que le lanzó a la oposición, la humillación
a la que sometió al Alto Mando militar en esa ocasión,
y los regaños descompuestos a sus propios partidarios,
como modo de eludir sus propias responsabilidades.
Los Consejos
Cubanos. Chávez al parecer tiene dos
consejeros a los cuales, de vez en cuando, escucha. Son José
Vicente Rangel y Alberto Müller Rojas. A pesar de haberlos
despedido en forma desconsiderada, éstos han aprovechado
su distancia del caudillo para intentar retomar lugares en
la opinión pública desde los cuales obligarlo a
escuchar. Cuando estuvieron como subordinados de Chávez
fueron ninguneados, pero desde la tribuna pública no
pueden serlo tanto. Ambos han hecho críticas diagonales,
sin querer queriendo, del estilo "seguramente Chávez
tomará en cuenta esto...", "el Presidente es muy sensible
a tal o cual cosa...". Con lo cual envían mensajes sobre
el centralismo, el atropello, la inseguridad, los riesgos
de la política militar, la torta de la economía,
entre otros ingredientes. Chávez no los respeta demasiado,
pero les teme.
Sin embargo, esas opiniones no son suficientes. El viaje
reciente a Cuba tuvo efectos inmediatos más sólidos.
Debe recordarse que los cubanos gobernantes son expertos en
sobrevivencia política (y, al parecer, biológica
también). Al regreso, Chávez cambió el tono,
aun cuando estuvo a punto de ebullición con el fracaso
de su gestión con las FARC. La amnistía chucuta,
más destinada a condenar a unos que a amnistiar a otros,
si se completara, podría convertirse en expresión,
más que de un intento de cambiar el foco de atención,
en un tanteo para buscar otros derroteros. Un régimen
que se encuentra a la defensiva después de muchos fracasos
es posible que ansíe recomponer sus alianzas internas
y su relación con el país. Es factible que no sea
más que un conato; nada quita que dure lo que duró
la rectificación de abril de 2002; pero algún cambio
podría haber y cabría observar hasta dónde
llega.
¿Será
Posible? Para lograr algo diferente a la cosecha
de derrotas, el Gobierno tiene que cambiar el sentido de sus
alianzas y su relación con el país, chavista y no
chavista, que rechaza sus conductas. Para agenciarlo tiene
que abandonar el estilo que confina a ese país disidente
a la condición de inexistencia. Una amnistía total,
de verdad verdad, sin mezquindades, crearía condiciones
para un diálogo que hasta ahora se ha hecho imposible.
Un cambio de gabinete que pueda tener capacidad de combatir
el crimen desatado, la inflación desmandada y la corrupción
galopante, serían indicadores inestimables para abrir
unas compuertas¿y cerrar otras. En el reciente cambio
-y hasta este instante- los que entran no son distintos, pero
la salida de dos representantes de la intolerancia, Jorge
Rodríguez y Willian Lara, podría querer decir algo.
Chávez no puede cambiar sin romper con los que, junto
a él, lo han aupado al curso de colisión que lo
ha hecho naufragar en sus políticas. Si intenta sólo
ganar tiempo para imponer la visión que el país
ha rechazado, el repudio crecerá. Si existiera esa mínima
posibilidad de hacer un país más amable, más
propicio al diálogo, capaz de superar la terrible exclusión
política, ciudadana y social, de estos nueve años,
se abrirían horizontes imprevistos. Puede que sea imposible,
pero no está demás imaginarlo como abreboca del
2008.
carlos.blanco@comcast.net