Siempre que comienza un año, se expresan múltiples
deseos; y en la "noche de paz" que, creo, se refiere tanto
a la Nochebuena como a la Nochevieja, nadie quiere saber,
ni siquiera hablar, de guerras. Y como, según la gastadísima
cita de Clausewitz, la guerra es la continuación de la
política por otros medios, se supone también que
la gente no quiera hablar de política. Estamos en desacuerdo
con la última parte de esta proposición, pero respetamos
el deseo de la mayoría, no porque sea mayoría, sino
porque comprendemos su deseo de hablar de "otras cosas" como
si todo, absolutamente todo, no fuese política. Adoptaremos
entonces en esta última nota del año 2007 una línea
media : hablar de política sin hablar de eso, pero hablando.
Hablaremos entonces de algo de uso diario e indispensable
que poseemos desde hace mil años, cuya vocación
es enriquecerse y enriquecernos, pese a nuestra suicida tendencia
a empobrecerlo.
Más que todo el oro
Hablo de nuestra lengua, un tesoro legado por nuestros
conquistadores, muchísimo más valioso que todo el
oro que pudieran extraer de estas tierras, como lo reconocía
un Pablo Neruda que no era nada tierno con esos conquistadores.
Yo no soy gramático, lingüista, ni nada que se
parezca; ni siquiera estoy seguro de conocer a fondo esa lengua
que confieso adorar. Por el contrario, tengo más bien
fama de deslenguado o cuando menos, de mala lengua. Pero pienso
que existe una posibilidad de plantearnos un combate y de
ganarlo abrumadoramente, pero a condición de que no sea
cosa sólo de gramáticos, lingüistas y buenas
lenguas, sino un combate de todos, abrumadoramente también
todos. Y aunque toda lucha por el idioma lo sea, este podría
transformarse en el primero, jerárquica y cronológicamente,
de nuestros combates políticos en el año 2008. Me
refiero a limpiar nuestra lengua de innecesarias suciedades.
Antes de seguir adelante, debo aclarar que no soy ningún
pacato, ni purista, palabra esta última que considero,
justamente, una mala palabra.
Esa magnífica "ñ"
No voy a mentir diciendo que cuando recibo una patada
sorpresiva en la espinilla, invoco al Altísimo. No porque
sea agnóstico, sino porque nadie me lo creería, y
con razón, y menos hablando una lengua como la nuestra
que posee una palabra que en sus cuatro escasa letras (que en
verdad son tres, pues una es repetida) contiene esa magnífica
"ñ" patrimonio exclusivo (digo, creo yo) del español.
Pero es que he estado observando que, después de que
fuera empleada una expresión escatológica por alguien
que confunde la más alta Silla de la República con
una letrina, algunos de mis colegas de la prensa (incluyendo
a los columnistas de opinión) parecen creer llegado el
momento de soltarse el moño para hurgar, en vez del diccionario,
en el basurero. Cuando, por el contrario, debemos hacer un
frente común para diferenciarnos de la soldadesca que
nos manda. Mostrarle al mundo que una nación de seres
civilizados, en un momento de locura eligió a un patán
de habla burdelesca para mandarlo.
Un consejo
Lo que estoy proponiendo es lo que como consejo (por
lo menos, eso se dice) le llegó a aconsejar Napoleón
a Cambronne después del "taco" que éste largó
en Waterloo cuando los vencedores ingleses lo conminaban a rendirse:
"Cuide su lengua". ¿Autocensura? No; no sólo porque
es voluntaria, sino porque tengo la íntima convicción
de que el empleo sistemático de esas palabras no es revelador
de un mal carácter sino de una pobreza del lenguaje. La
misma que hace que algunos chuscos quieran poner así un
venezolano a describir una máquina de escribir: "Es una
vaina cuadrada con unas vainitas con letras, que tiene además
una vaina redonda que se hace girar moviendo unas vainas de
los lados, y donde uno mete una vaina blanca y escribe allí
una pila de vainas". Si la combato a muerte, no le temo sin
embargo a la censura, porque nuestro idioma (que en sus tiempos
debió luchar contra la Inquisición) sabe como eludirla.
Es así como en El buscón, Quevedo describía
a un proxeneta diciendo que solía "meter el dos de bastos
para sacar el as de oro".
Incluso la pacatería puede tener sus virtudes: Salvador
Garmendia solía hablar de una tía suya que tapaba
los ojos de su nieta cuando veían a un hombre orinando
en la calle: "Mire para otro lado, que ahí está
un hombre con la malacrianza de la mano". En cuanto a esa
palabra que ha provocado estas notas, se le puede dar un magnífico
rodeo con sólo aludir a la batalla del Museo Militar,
donde eso se derramó a raudales.
Raúl Bethancourt ha muerto
Al conocer su muerte, todo el mundo incurrió en
el error que siempre lo hacía rabiar: Raúl no era
Betancourt como el presidente, ni Vethancourt como el siquiatra,
ni Bethancourt como el empresario. No: su apellido es Bethancourt,
tal como lo estoy escribiendo; y aludiendo a esa banalidad para
ocultar la profundidad de mi pena: para mí, Raúl no
fue nunca "mi librero". A lo más que llegaba, cuando quería
molestarlo era a llamarlo "mi alimentador espiritual". No: Raúl
era mi amigo, un amigo de esas lealtades que no se encuentran
en botica, como se suele decir coloquialmente.
Por desgracia, lo he dicho muchas veces, la muerte causada
por el automóvil en Venezuela es casi una muerte natural:
un país que se ha dado el lujo de matar así a su
poeta más popular (Andrés Eloy Blanco), a su más
grande humorista (Aquiles Nazoa), a su casi seguro primer
Cardenal (Monseñor Rafael Arias Blanco), a su mayor torero
(César Girón) y hasta a un santo (José Gregorio
Hernández), ahora completa su desfile de víctimas
con su primer librero, Raúl Bethancourt. Paz a sus restos.
Su espíritu seguirá rondándonos cada vez que
abramos un libro.
hemeze@cantv.net