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Caracas, domingo 30 de diciembre, 2007  
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Manuel Caballero // ¡Buen idioma 2008!

¡A ganar en el 2008 la batalla contra la lengua sucia!

Siempre que comienza un año, se expresan múltiples deseos; y en la "noche de paz" que, creo, se refiere tanto a la Nochebuena como a la Nochevieja, nadie quiere saber, ni siquiera hablar, de guerras. Y como, según la gastadísima cita de Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios, se supone también que la gente no quiera hablar de política. Estamos en desacuerdo con la última parte de esta proposición, pero respetamos el deseo de la mayoría, no porque sea mayoría, sino porque comprendemos su deseo de hablar de "otras cosas" como si todo, absolutamente todo, no fuese política. Adoptaremos entonces en esta última nota del año 2007 una línea media : hablar de política sin hablar de eso, pero hablando.

Hablaremos entonces de algo de uso diario e indispensable que poseemos desde hace mil años, cuya vocación es enriquecerse y enriquecernos, pese a nuestra suicida tendencia a empobrecerlo.

Más que todo el oro
Hablo de nuestra lengua, un tesoro legado por nuestros conquistadores, muchísimo más valioso que todo el oro que pudieran extraer de estas tierras, como lo reconocía un Pablo Neruda que no era nada tierno con esos conquistadores.

Yo no soy gramático, lingüista, ni nada que se parezca; ni siquiera estoy seguro de conocer a fondo esa lengua que confieso adorar. Por el contrario, tengo más bien fama de deslenguado o cuando menos, de mala lengua. Pero pienso que existe una posibilidad de plantearnos un combate y de ganarlo abrumadoramente, pero a condición de que no sea cosa sólo de gramáticos, lingüistas y buenas lenguas, sino un combate de todos, abrumadoramente también todos. Y aunque toda lucha por el idioma lo sea, este podría transformarse en el primero, jerárquica y cronológicamente, de nuestros combates políticos en el año 2008. Me refiero a limpiar nuestra lengua de innecesarias suciedades.

Antes de seguir adelante, debo aclarar que no soy ningún pacato, ni purista, palabra esta última que considero, justamente, una mala palabra.

Esa magnífica "ñ"
No voy a mentir diciendo que cuando recibo una patada sorpresiva en la espinilla, invoco al Altísimo. No porque sea agnóstico, sino porque nadie me lo creería, y con razón, y menos hablando una lengua como la nuestra que posee una palabra que en sus cuatro escasa letras (que en verdad son tres, pues una es repetida) contiene esa magnífica "ñ" patrimonio exclusivo (digo, creo yo) del español.

Pero es que he estado observando que, después de que fuera empleada una expresión escatológica por alguien que confunde la más alta Silla de la República con una letrina, algunos de mis colegas de la prensa (incluyendo a los columnistas de opinión) parecen creer llegado el momento de soltarse el moño para hurgar, en vez del diccionario, en el basurero. Cuando, por el contrario, debemos hacer un frente común para diferenciarnos de la soldadesca que nos manda. Mostrarle al mundo que una nación de seres civilizados, en un momento de locura eligió a un patán de habla burdelesca para mandarlo.

Un consejo
Lo que estoy proponiendo es lo que como consejo (por lo menos, eso se dice) le llegó a aconsejar Napoleón a Cambronne después del "taco" que éste largó en Waterloo cuando los vencedores ingleses lo conminaban a rendirse: "Cuide su lengua". ¿Autocensura? No; no sólo porque es voluntaria, sino porque tengo la íntima convicción de que el empleo sistemático de esas palabras no es revelador de un mal carácter sino de una pobreza del lenguaje. La misma que hace que algunos chuscos quieran poner así un venezolano a describir una máquina de escribir: "Es una vaina cuadrada con unas vainitas con letras, que tiene además una vaina redonda que se hace girar moviendo unas vainas de los lados, y donde uno mete una vaina blanca y escribe allí una pila de vainas". Si la combato a muerte, no le temo sin embargo a la censura, porque nuestro idioma (que en sus tiempos debió luchar contra la Inquisición) sabe como eludirla. Es así como en El buscón, Quevedo describía a un proxeneta diciendo que solía "meter el dos de bastos para sacar el as de oro".

Incluso la pacatería puede tener sus virtudes: Salvador Garmendia solía hablar de una tía suya que tapaba los ojos de su nieta cuando veían a un hombre orinando en la calle: "Mire para otro lado, que ahí está un hombre con la malacrianza de la mano". En cuanto a esa palabra que ha provocado estas notas, se le puede dar un magnífico rodeo con sólo aludir a la batalla del Museo Militar, donde eso se derramó a raudales.

Raúl Bethancourt ha muerto
Al conocer su muerte, todo el mundo incurrió en el error que siempre lo hacía rabiar: Raúl no era Betancourt como el presidente, ni Vethancourt como el siquiatra, ni Bethancourt como el empresario. No: su apellido es Bethancourt, tal como lo estoy escribiendo; y aludiendo a esa banalidad para ocultar la profundidad de mi pena: para mí, Raúl no fue nunca "mi librero". A lo más que llegaba, cuando quería molestarlo era a llamarlo "mi alimentador espiritual". No: Raúl era mi amigo, un amigo de esas lealtades que no se encuentran en botica, como se suele decir coloquialmente.

Por desgracia, lo he dicho muchas veces, la muerte causada por el automóvil en Venezuela es casi una muerte natural: un país que se ha dado el lujo de matar así a su poeta más popular (Andrés Eloy Blanco), a su más grande humorista (Aquiles Nazoa), a su casi seguro primer Cardenal (Monseñor Rafael Arias Blanco), a su mayor torero (César Girón) y hasta a un santo (José Gregorio Hernández), ahora completa su desfile de víctimas con su primer librero, Raúl Bethancourt. Paz a sus restos. Su espíritu seguirá rondándonos cada vez que abramos un libro.

hemeze@cantv.net



 
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