Ricardo Gil Otaiza // Ira real
La clausura de la Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago
de Chile, no podría tener peor epílogo: la reprimenda
de un rey Juan Carlos de España iracundo, fuera de sus
cabales, mandando a callar al Presidente de Venezuela. Verdaderamente
vergonzoso para todos el triste comportamiento de Hugo Chávez
en el exterior, que nos deja muy mal parados (como una república
bananera, así nomás, aunque la cuna de Carreño,
autor del famoso Manual de Urbanidad) ante la comunidad mundial.
Y como de todo hecho terrible -que sin duda lo fue- debemos
sacar algo positivo, no está de más que los presidentes
-hasta ayer cerrados y obnubilados frente a la tragedia venezolana,
por el chorro de dólares que pare a cada instante las
entrañas de esta tierra- sufran en carne propia
los arrebatos de un Chávez al desnudo, sin disfraz, para
que de una buena vez sepan quién es este enigmático
personaje, cuya repulsa y descrédito crecen como la hierba
en nuestro país.
En realidad no sé a ciencia cierta cuánto tiempo
tuvo que soportar el rey Juan Carlos la perorata de Chávez
y su careo con el jefe del Gobierno español, José
Luis Rodríguez Zapatero, antes de su celebérrima
ira. Presumo, por lo que escucho de los videos televisados,
que fueron unos pocos minutos. Si con tan poquito tiempo de
exposición reventó el hijo mimado de los Borbones
(formado desde niño para actividades de Estado en los
mejores centros educativos de Europa), entonces nadie se explica
cómo millones de venezolanos hemos podido soportar mañana,
tarde y noche durante más de una década el discurso
grosero, altanero, infame y perverso de un Presidente, que
sólo desea ser escuchado, que sólo busca imponer
su poder a costa del deseo de millones de ciudadanos.
En realidad el caso venezolano es digno de muchas tesis psiquiátricas,
porque Hugo Chávez no ha parado de hablar desde que olió
el poder en Miraflores.
Cada vez que habla el presidente Chávez, caen los índices
bursátiles, y ello se traduce en nerviosismo y en la
contracción de los capitales. Es decir: en mayor pobreza.
Luego de algún discurso encendido por parte de Hugo Chávez,
se derrumban aparatosamente los precios de las acciones de
las empresas, y su cotización en los mercados se hace
sal y agua. Cada vez que habla el presidente Chávez,
se azuza aún más la llama de la división social,
del odio de clases, y crece la brecha entre oficialistas y
opositores. Cada vez que el Presidente se dirige a la nación,
se elevan los niveles de estrés y se hacen más ruidosos
los procesos sociales, que necesariamente deberían llevar
al crecimiento y a la felicidad de todos. Luego de algún
Aló Presidente se hacen más profundas las heridas,
más insondables los odios, más irreversibles los
perdones para desterrar de nuestra historia el perverso fantasma
de la guerra civil. Después de las alocuciones presidenciales
quedan más enconados enemigos sueltos, más fracturas,
más rendijas por donde se nos puede escapar la paz social.
Cada vez que el presidente Chávez toma la palabra, crece
el desabastecimiento, prolifera la confusión y el desasosiego,
los caminos se nos hacen cuesta arriba, más cerebros
emigran de nuestras universidades, y más pasaportes se
expiden con ansias de autoexilio. La mayoría de los venezolanos
-si quiere de rodillas- nos hemos preguntado durante años
y años: ¿por qué no se calla el Presidente
para ver si esto termina de arrancar y el país se enrumba
por el sendero de la prosperidad y de la civilidad? ¿Por
qué habla tanto Hugo Chávez? ¿Por qué
no te callas?, diríamos en todo caso, tomándole
la palabra a un rey Juan Carlos I exasperado, harto, fastidiado
de tanto escuchar muy cerca de su oído izquierdo el viejo
sonsonete de "fascista", cuyos tentáculos -paradójicamente-
lo alejaron de España al él y a su familia durante
buena parte de la dictadura -también fascista- del general
Francisco Franco.
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