En el mundo, todos, excepto quizás los más masoquistas,
desearían tener un gobierno donde todo funciona sin que
se note la presencia del mayordomo, pero la mayoría (o
todos) terminamos con gobiernos donde nada funciona y donde
quien más se nota es justamente el payaso responsable
de ello. Por suerte, para nosotros, los gobernados, existen
algunas vías para reducir el riesgo de ser gobernados
por payasos, pero para vergüenza nuestra no hemos sido
capaces de implementarlas, probablemente por ser más
payasos que el payaso de turno.
Una de la propuestas por la cual más pelée durante
el período de la constituyente, sin siquiera llegar cerca
de lograrlo fue la de prohibir, a todo nivel, cualquier publicidad
o propaganda que contenga el nombre de un funcionario público
activo. Ya es suficiente que nosotros durante cada elección
elijamos a quién entregarle nuestra chequera petrolera
para luego tener que chuparle las medias para que nos devuelva
algo de lo que para comenzar ya era nuestro, como para también
permitirle que use nuestro dinero, para echarnos el cuento
sobre lo bien que lo hace como payaso de turno.
Entiendo que los medios de comunicación tienen un interés
pecuniario en mantener esa publicidad oficial, pero si sólo
tuviesen un poco de más visión a largo plazo, hace
tiempo que se hubieren dado cuenta que sin ese tipo de publicidad
todos, inclusive ellos, ganaríamos mucho más. Las
leyes que regulan los medios de comunicación, deberían
explícitamente prohibir la publicidad personal de los
funcionarios públicos en ejercicio, por cuanto no cumple
ninguna función pública y puede hacer hasta más
daño que los programas basados en la violencia
y la pornografía degeneradamente desbordada.
Por supuesto que en las actuales circunstancias, donde los
principales violadores de este código de ética mínimo
del funcionario público son los mismos medios de comunicación
del Estado, que ahora parecen, además, querer buscar
monopolizar la publicidad, no debemos albergar muchas esperanzas
de que se logren introducir unas leyes que contengan los abusos
de siempre. En tal sentido, creo que no nos queda más
remedio a nosotros los electores, que aplicar ese poderoso
antibiótico que se conoce como la sanción social.
En tal sentido permítame recordarle a todos los padres,
madres, casados, solteros, hijos e hijas, trabajadores, subempleados,
desempleados, cobradores de sueldos y no cobradores de pensiones
dignas, estudiantes con futuros, estudiantes sin futuro y
no estudiantes, dizque-militares y no militares, venezolanos,
cubanos y extranjeros, que cada vez que oigan nombrar a un
funcionario público en función por su nombre en
una publicidad, que recuerden que para todos los fines prácticos
ese funcionario, o está mostrándonos su (muy feo)
trasero, o se está comiendo un moco… en público.
Uno de los 4.287.467 ciudadanos del país sombra. (El
CNE aún no termina por contarnos)
perkurowski@gmail.com