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Caracas, martes 07 de febrero, 2006  
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OPINION / Hoy martes
Roberto Giusti // La censura de Dios

Arden embajadas en el fuego purificador del fanatismo religioso, se pisotea con rabia concentrada la bandera de los países profanadores, Europa entera se debate entre el estupor y el temor, mientras el mundo islámico estalla en divina cólera contra la barbarie occidental que ha osado mancillar la imagen sagrada de Mahoma.

Y todo por unas caricaturas publicadas en el diario danés JyllandsPosten en una de las cuales el creador del islamismo aparece con una bomba en su turbante. La reacción, anormalmente tardía, si tomamos en cuenta que las caricaturas fueron publicadas en septiembre, ha adquirido visos de una auténtica confrontación de civilizaciones que ha hecho sonar las alarmas en la ONU y en la Unión Europea, donde desde ya los diplomáticos buscan la manera de apaciguar la embestida de la ola fundamentalista.

La furia no parece obedecer tanto a la vinculación que se hace del dogma islámico con el terrorismo, sino por la publicación de la imagen de Mahoma pues, como se sabe, el islamismo, religión iconoclasta, proscribe la representación de Dios y, en este caso, de su profeta, que para el caso es lo mismo. La pena establecida ante tamaña violación es la muerte. Nada novedoso si recordamos que hace unos lustros atrás los pelmas iraníes pusieron precio a la cabeza del escritor Salman Rushdie por sus Versos Satánicos.

Chocan, entonces, los dos mundos por una causa que sigue siendo el quebradero de cabeza de toda clase de tiranos, radicales, fundamentalistas y totalitarios, políticos y religiosos, tanto de Occidente como de Oriente, pues ya sabemos, porque lo estamos viviendo en carne propia, que la plena libertad de expresión está muy lejos aún de convertirse en un valor universalmente aceptado y respetado.

Y si no que le pregunten al presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, quien al alimón con el primer ministro turco y en nombre de la Alianza de Civilizaciones, escribió una proclama en la cual señalaba que la publicación de las caricaturas "puede ser perfectamente legal, pero ser rechazada desde el punto de vista de la moral y de la política". Con lo cual el líder de un país donde el tema parece fuera de toda discusión lo replantea bajo la óptica de la edad de las tinieblas, en vez de reivindicarlo, como derecho irrenunciable y conquista de las luchas por la libertad y la democracia.

En Occidente, el oscurantismo ya es historia desde mucho rato y en los últimos siglos el cristianismo ha debido apechugar con una mordiente crítica, las más sibilinas representaciones y las ofensas más graves contra su Dios, su hijo Jesús, sus vicarios, sus símbolos y sus instituciones (mencionemos sólo para ilustrar un libro, El código Da Vinci y una película, La última tentación de Cristo), sin que se hubiera ordenado el asesinato de artistas, escritores, periodistas o caricaturistas, tal y como ocurrió con el cineasta holandés Theo van Gogh, a manos de un fanático por ser el autor de un cortometraje crítico del integrismo musulmán.

Transigir y desvalorizar un derecho, que es conquista de las sociedades occidentales y de sus luchas por las libertades, no sólo es cobardía sino traición. Si la imagen de Mahoma resulta sagrada para el fundamentalismo islámico, la libertad de expresión lo es para un mundo en el cual ni Dios la puede conculcar.

 

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