PEROGRULLO: la única certeza es la muerte.
A veces los dioses son condescendientes contigo y acceden
por un momento a que te enchinchorres en la sonrisa de la
vida. Puede parecer divertido para uno, pero, cuando comienza
a aburrirles tu felicidad, juegan con tus sentimientos como
niñito malcriado con su peluche más desafortunado.
A veces tienes la suerte de encontrar el mayor tesoro de
esta vida: alguien que te ama. Ojo que no estoy diciendo
alguien a quien amar, eso depende de nuestra decisión.
La mayoría podría merecer nuestro amor, porque
como humanos, si queremos ser más felices, debemos
ofrecer lo mejor. Filtrar esa maraña de sentimientos
encontrados que llevamos dentro del pecho y que, una vez
depurada, sólo puede llamarse amor. Así, a veces,
con la gracia de un hechizo lanzado al azar, alguien decide
amarte por sobre todos los demás. No olvides entonces
agradecerle cada día a los dioses, pues se ofenderán
si desprecias su condescendencia contigo.
A veces tienes la suerte de esforzarte en hacer algo
que te gusta. A veces lo haces bien, incluso tan bien
hecho que te sientes parte especial del universo infinito
y que tu labor de hormiguita en el engranaje celestial
es mucho más importante que las estupideces que hacen
los demás. ¿Mucho más importante que qué?...
¿que quién? No importa. Pero tu vanidad crece
como globito colorado de fiesta infantil con leyenda ridícula.
Si tienes suerte, tarde o temprano los dioses te pincharán
con la agudeza de su divina creatividad para que explotes.
Si no, te soltarán el nudito y se carcajearán
mientras vuelas sonando a ventosidad, sin poder elegir
dónde realizarás el aterrizaje forzoso.
A veces encuentras en los ojos de un niño nuevo,
recién salido de fábrica, la alegría
olvidada de un amanecer dominguero en la playa, cuando
el futuro no era algo que ibas a construir, sino una
promesa que te favorecía. Entonces sólo puedes
dar lo mejor de ti, porque de lo contrario ese angelito
cariñoso se convertirá en un monstruo egoísta,
envidioso, cobarde y manipulador. Y en eso los dioses
no tendrán la más mínima responsabilidad.
A veces tienes la suerte de que dos guacamayas decidan
pasear una muestra gratis de la historia de su amor
eterno volando sobre tu cabeza mientras se cuentan
los chismes del final de la tarde. Chismes que sólo
los dioses entienden.
A veces los dioses te regalan a alguien que piensa
en ti y te solicita. Y tú lo pospones y te
ocupas de otros y pones en espera a ese que siempre
te recuerda con esperanza. Y pasa el tiempo. Y entonces
lo olvidas. Lo olvidas hasta que los dioses te arrean
a su recuerdo, como al ganado hasta el lugar donde
sólo queda experimentar la inevitable realidad
del matadero. Y cuando quieres enmendar es demasiado
tarde.
A veces todo se te va en un abrazo. En un último
beso. En un último suspiro.
JorgeSayegh@gmail.com