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Julio Borges // Propiedad y progreso popular


EL DESPOJO que está ocurriendo en Venezuela, marca la pauta de lo que este régimen tiene como fin último: estatizar el país y convertir a los ciudadanos en siervos dependientes de su arbitrio. Esto es, esclavizarlos. Las llamadas "cartas agrarias" no convierten a los recipendiarios de ellas en propietarios. Los hacen siervos de un señor feudal que, en una acto de gracia, les permite hacer uso de esa propiedad que ha sido estatizada. A los nuevos siervos no se les otorga títulos de propiedad. Pero tampoco se les dice claramente en qué situación quedan, con lo cual todo es un engaño, una trampa. Eso no es progreso popular. Progreso popular es democratizar la propiedad.

La cogestión, que luce como un acto magnánimo del régimen, en el fondo es, un proceso estatizador. Asunto éste muy distinto a abrir las empresas al capital público a través del mercado de capitales. El régimen quiere una sociedad débil, dependiente, arrodillada, mendicante. Nosotros proponemos lo contrario, queremos una sociedad poderosa y fuerte, que no tenga la bota estatal sobre su cuello. Porque eso sí sería progreso popular.

La gente quiere lo que se la ha prometido: la propiedad de su propio país, de su propio destino, de sus decisiones. Pero este régimen, incompetente como el que más en el arte de gobernar, vive en el máximo terror. Sabe que modernizar la estructura burocrática lo pondrá en situación de dependencia de los ciudadanos. Por eso persigue, por eso apabulla, por eso incordia, atropella y ha convertido a las Fuerzas Armadas en un ejército de ocupación.

Pero Venezuela no tiene por qué ser el feudo de un señor. Venezuela puede ser un país moderno, abierto, emprendedor y progresista. ¿Puede el régimen actual convertirse en el gran líder de esa Venezuela que todos queremos? No. Porque su mentalidad oscurantista no se lo permite. Tiene los pensamientos equivocados, y su ejecutoria es consecuencia de esos errores.

Venezuela necesita un gobierno, no un régimen. Para que el país prospere se requiere un gobierno sano, abierto y participativo. Esto es, que rinda cuentas y abra sus puertas a los actores de la sociedad. Que haga partícipes y protagonistas a los diferentes grupos sociales y políticos de su quehacer. Esto implica gestión transparente y trabajo unido con los grupos a quienes sirve en busca de mejores condiciones de vida para todos. Un gobierno abierto y participativo promueve el combate a la corrupción y genera confianza a través de altos estándares de ética, compromiso social y eficiencia en sus acciones. Es un asunto de moral, de valores y principios. Del deber ser de un país que ha caído en una vorágine de ambiciones, egoísmos y oportunismos.

El país está enfermo, muy enfermo, y necesitamos un medicamento poderoso, un antibiótico de la nueva ge neración.

Julioaborges@gmail.com

 




 
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