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Manuel Caballero // Abstenerse es votar por Chávez

"¿Vamos a tirar la toalla y permitir que un Juan Barreto mande en Caracas? ¿Qué un Diosdado Cabello, según parece el más 'bolivariano' de la banda (no hablo del prócer, sino del signo monetario) le entre a saco al tesoro de uno de los estados más ricos de Venezuela?"

CUANDO el inmediatismo y una incontenida ilusión decidieron la prolongación indefinida de la huelga general en el año 2002, publicamos en este mismo espacio un artículo que desarrollaba una idea que se manejó en Francia en 1936, después de los éxitos alcanzados por el movimiento obrero en el mes de junio: "hay que saber terminar una huelga".

Teníamos en mente un planteamiento teórico y una memoria histórica. Lo primero era la tesis del Georges Sorel sobre la huelga general: ella conservaba su filo amenazante y su poder movilizador mientras no se pusiera en acto, y eso por una razón muy simple: porque la huelga general o era general, o no era.

LA HUELGA DE JUNIO. Y eso era imposible en todos los casos: siempre habría sectores que no irían a la huelga, por convicción, por complicidad con los patrones y por falta de información.
Pero eso no era lo más importante, y aquí viene lo de la experiencia histórica, en junio de 1936 también, pero aquí en Venezuela: se planeó una huelga general de veinticuatro horas; pero sus dirigentes "se dejaron ganar por la marea ascendente de la calle" (como lo escribió, veinte años después, uno de aquellos dirigentes) y la prolongaron sin plantear una salida que en aquel caso, sólo podía ser insurreccional y así, la huelga murió por consunción.
La lección es que una acción de ese tipo, para que sea eficaz no puede ser producto de la rabia o la desesperación, sino que debe inscribirse en el marco de una política, de una opción clara a ofrecer. La huelga "porque sí" no es una política y sólo puede conducir al fracaso. Quitemos la palabra "huelga" y sustituyámosla por "abstención" y tendremos lo mismo.

BIEN PENSADO Y ACTUADO. No somos adversarios a muerte de la abstención, sino que nos oponemos a ella si no forma parte de un plan político bien pensado y bien actuado. Ir a votar en vísperas de una insurrección es a todas luces o una majadería, o una traición. Pero abstenerse cuando no se tiene una política alternativa y sobre todo, oponiendo al voto alternativas generales y etéreas ("la calle") es ignorar el hecho simple de la imposibilidad anatómica de las cucarachas para tomar asiento. O algo peor: obligarlas a sentarse a la puerta de los cuarteles esperando que de allí salga la solución a sus problemas. Ignorando además que los cuarteles no son la solución sino el problema. ¿O es que acaso se olvidó ya de dónde vino Chávez?
Cierto, estamos ante una situación confusa, muy particular. El fulano "árbitro", el CNE no es ni siquiera una plantilla de referees vendidos, sino que la única comparación posible es el de la asociación mafiosa: el eunuquismo moral e intelectual de Carrasquero aflora hasta en su voz chillona y sus rabietas de payaso; y los otros dos no son sus compañeros sino sus cómplices.
UN CAMINO DE ROSAS. Pero sólo algún ingenuo incurable ha podido pensar que nos esperaba un camino de rosas. El error cometido por el electorado venezolano en 1998 va a ser duro de reparar porque lo que entronizó no fue un equipo de gobierno sino una banda de forajidos dispuestos a arrasar con todo, a comenzar por el tesoro público, y a no respetar ninguna regla aparte de la voluntad del capo de tutti i capi.
Con todo eso, no es cosa de quedarse cruzados de brazos: mientras haya una rendija por donde colarse, hay que meter allí el ariete. Pero no se trata de una cuestión de meros principios, sino de una razón práctica: el voto es también un arma, a defecto de otras que, por el momento, nadie posee en la oposición.
Vayamos por partes. Cuando Chávez y su pandilla cometen un fraude tan escandaloso y evidente (nos referimos a todo el proceso que culminó el 15 de agosto, y el resto) no lo hizo sólo porque quisiese ganar las elecciones (al fin y al cabo todo gobierno quiere eso) sino que su propósito va más allá.

DESTRUIR LA CONFIANZA. Su propósito es destruir la confianza de los venezolanos en el voto, que se había ido asentando en una larga marcha desde la muerte de Gómez, para reinstalar la idea de que "gobierno no pierde elecciones" y por lo tanto, ¿para qué perder el tiempo yendo a votar?
¿Podemos entonces adoptar una pareja actitud, es decir, vamos a seguir la pauta que nos quieren dictar estos gobernantes desorejados? El acto de votar, y sobre todo de pelearse porque nuestros votos no nos sean robados, es una forma de defensa activa contra el asalto de la pandilla.
Pero hay algo más: ¿vamos a tirar la toalla y permitir que un Juan Barreto mande en Caracas? ¿Qué un Diosdado Cabello, según parece el más "bolivariano" de la banda (no hablo del prócer, sino del signo monetario) le entre a saco al tesoro de uno de los estados más ricos de Venezuela? Haremos que Capriles Radonski deje la alcaldía a algún partiquino que ante su fracaso en las tablas, quiere venir a hacer sus morisquetas en Baruta como el fils â papa quiere hacerlo en el Municipio Sucre? Reflexionar sobre esto nos tiene que llevar por fuerza a concluir lo que anunciamos en el título de estas notas.



 
 
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