CUANDO el inmediatismo y una incontenida ilusión decidieron
la prolongación indefinida de la huelga general en el
año 2002, publicamos en este mismo espacio un artículo
que desarrollaba una idea que se manejó en Francia en
1936, después de los éxitos alcanzados por el movimiento
obrero en el mes de junio: "hay que saber terminar una huelga".
Teníamos en mente un planteamiento teórico y una
memoria histórica. Lo primero era la tesis del Georges
Sorel sobre la huelga general: ella conservaba su filo amenazante
y su poder movilizador mientras no se pusiera en acto, y eso
por una razón muy simple: porque la huelga general o
era general, o no era.
LA HUELGA DE JUNIO. Y eso era imposible en todos los casos:
siempre habría sectores que no irían a la huelga,
por convicción, por complicidad con los patrones y por
falta de información.
Pero eso no era lo más importante, y aquí viene
lo de la experiencia histórica, en junio de 1936 también,
pero aquí en Venezuela: se planeó una huelga general
de veinticuatro horas; pero sus dirigentes "se dejaron ganar
por la marea ascendente de la calle" (como lo escribió,
veinte años después, uno de aquellos dirigentes)
y la prolongaron sin plantear una salida que en aquel caso,
sólo podía ser insurreccional y así, la huelga
murió por consunción.
La lección es que una acción de ese tipo, para
que sea eficaz no puede ser producto de la rabia o la desesperación,
sino que debe inscribirse en el marco de una política,
de una opción clara a ofrecer. La huelga "porque sí"
no es una política y sólo puede conducir al fracaso.
Quitemos la palabra "huelga" y sustituyámosla por "abstención"
y tendremos lo mismo.
BIEN PENSADO Y ACTUADO. No somos adversarios a muerte de
la abstención, sino que nos oponemos a ella si no forma
parte de un plan político bien pensado y bien actuado.
Ir a votar en vísperas de una insurrección es a
todas luces o una majadería, o una traición. Pero
abstenerse cuando no se tiene una política alternativa
y sobre todo, oponiendo al voto alternativas generales y etéreas
("la calle") es ignorar el hecho simple de la imposibilidad
anatómica de las cucarachas para tomar asiento. O algo
peor: obligarlas a sentarse a la puerta de los cuarteles esperando
que de allí salga la solución a sus problemas. Ignorando
además que los cuarteles no son la solución sino
el problema. ¿O es que acaso se olvidó ya de dónde
vino Chávez?
Cierto, estamos ante una situación confusa, muy particular.
El fulano "árbitro", el CNE no es ni siquiera una plantilla
de referees vendidos, sino que la única comparación
posible es el de la asociación mafiosa: el eunuquismo
moral e intelectual de Carrasquero aflora hasta en su voz
chillona y sus rabietas de payaso; y los otros dos no son
sus compañeros sino sus cómplices.
UN CAMINO DE ROSAS. Pero sólo algún ingenuo incurable
ha podido pensar que nos esperaba un camino de rosas. El error
cometido por el electorado venezolano en 1998 va a ser duro
de reparar porque lo que entronizó no fue un equipo de
gobierno sino una banda de forajidos dispuestos a arrasar
con todo, a comenzar por el tesoro público, y a no respetar
ninguna regla aparte de la voluntad del capo de tutti i capi.
Con todo eso, no es cosa de quedarse cruzados de brazos:
mientras haya una rendija por donde colarse, hay que meter
allí el ariete. Pero no se trata de una cuestión
de meros principios, sino de una razón práctica:
el voto es también un arma, a defecto de otras que, por
el momento, nadie posee en la oposición.
Vayamos por partes. Cuando Chávez y su pandilla cometen
un fraude tan escandaloso y evidente (nos referimos a todo
el proceso que culminó el 15 de agosto, y el resto) no
lo hizo sólo porque quisiese ganar las elecciones (al
fin y al cabo todo gobierno quiere eso) sino que su propósito
va más allá.
DESTRUIR LA CONFIANZA. Su propósito es destruir la confianza
de los venezolanos en el voto, que se había ido asentando
en una larga marcha desde la muerte de Gómez, para reinstalar
la idea de que "gobierno no pierde elecciones" y por lo tanto,
¿para qué perder el tiempo yendo a votar?
¿Podemos entonces adoptar una pareja actitud, es decir,
vamos a seguir la pauta que nos quieren dictar estos gobernantes
desorejados? El acto de votar, y sobre todo de pelearse porque
nuestros votos no nos sean robados, es una forma de defensa
activa contra el asalto de la pandilla.
Pero hay algo más: ¿vamos a tirar la toalla y permitir
que un Juan Barreto mande en Caracas? ¿Qué un Diosdado
Cabello, según parece el más "bolivariano" de la
banda (no hablo del prócer, sino del signo monetario)
le entre a saco al tesoro de uno de los estados más ricos
de Venezuela? Haremos que Capriles Radonski deje la alcaldía
a algún partiquino que ante su fracaso en las tablas,
quiere venir a hacer sus morisquetas en Baruta como el fils
â papa quiere hacerlo en el Municipio Sucre? Reflexionar
sobre esto nos tiene que llevar por fuerza a concluir lo que
anunciamos en el título de estas notas.