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Manuel Caballero // No es una elección cualquiera

"No sólo para conocer la voluntad real de los electores, sino para vigilar, en las mesas, en la calle y en los sitios de público escrutinio, que la voluntad popular no será, una vez más, desviada".

El error de la oposición, pero igualmente de los observadores internacionales y particularmente del Centro Carter, tal vez haya sido considerar el proceso del quince de agosto como una elección cualquiera, limpia o tramposa, pero normal. Es decir, una elección donde una oposición hace cuanto esté a su alcance para sacar de Palacio a un gobernante, y éste, del otro lado de la barrera, todo lo que pueda para permanecer allí.
Insistir en que sólo se discuta, a punta de números, estadísticas y cálculo de probabilidades, el fraude en el referéndum revocatorio es caer en lo mismo: la trampa es de un gobierno que quiere seguir en su puesto, y nada más.

Que pierda por siempre. Pero ese no es el problema, porque a Chávez no le interesa ganar una elección, sino algo mucho más sustantivo: hacer que la gente pierda para siempre la confianza que alguna vez pudo tener en la eficacia del voto.

No es, por supuesto, que este gobierno se haya ahorrado las trampas, triquiñuelas, cartas marcadas y en la manga que todos los politicastros latinoamericanos (pero no sólo de aquí: véase la pésima fama de los políticos del Sur de los EE UU, y en particular los de Florida) han empleado desde que su mundo es mundo y sus elecciones tales. Para muestra, el primero de los botones de cualquier camisa: las manipulaciones del Registro Electoral Permanente. Por una de esas casualidades que sólo suceden a los periodistas, nos cayó en las manos una parte apenas de ese Registro venezolano. En una sola página que agrupa cerca de cincuenta anomalías de los municipios del Estado Miranda, las menos alejadas de la realidad son las de los ciudadanos Luis Lozada Rodríguez, quien según el REP nació en 1993; de Agustín Aranzaso, nacido en 1993; y Dolores Ustaviz, nacida en 1996.

Nacidas en el siglo xxi. Todo el resto está integrado por personas, se supone hábiles para votar, nacidas ya en el siglo XXI. Como no tenemos todo el espacio del mundo, nos contentaremos con citar dos casos emblemáticos: el de Oscar Machado Zuloaga a quien le toca esperar hasta el 2020 para nacer; y el de Enrique Tejera París, quien está haciendo cola para nacer en el año 2016; con lo cual, como en el infierno del Dante, deberá perder toda esperanza, pues con cinco años de edad, no podrá oponer su candidatura a la de Rosinés Chávez, sucesora designada a dedo por su padre, ya demasiado gordo y añoso para seguir contando los cuentos de su infancia en las cadenas.

Con todo, insistimos, no son esos truquitos (o mejor, trucotes) lo que definen la actitud de Chávez frente a los comicios: sino su odio cerval a todo lo que signifique elección libre (y no plebiscitaria). Chávez se inició en la vida política con la conjura militarista del Samán de Güere (símbolo gomecista si los hay) y con su primera aparición pública el 4 de febrero de 1992. En ambos casos, no sólo extraños, sino opuestos a los resultados del sufragio universal.

Chavez, abstencionista. Tampoco debemos olvidar que los primeros pasos de Chávez después de que se le perdonaran las tripas y los sesos de los soldaditos desparramados en el asfalto en 1992, fue el de declararse abstencionista; hasta que se le logró convencer que la democracia sería tan boba como para permitirle llegar al poder por elecciones para destruirla y de paso destruir las elecciones mismas.

De modo pues, que lo que el pueblo venezolano enfrenta no es a alguien que quiera ganarle una elección, sino un hombre que no esté ni siquiera interesado en ganar alguna. Que aborrece, acaso por encima de todas las cosas, la institución misma del sufragio universal. Poco importa que a él le deba estar en Miraflores: de malagradecidos están llenas las pailas del infierno.

Frente a eso, no se trata entonces de ganarle una elección a Chávez, sino buscar de mil maneras que el pueblo venezolano pueda recuperar su confianza en el voto, aprendizaje que le llevó casi un siglo. Y en ninguna parte del mundo se crea esa confianza practicando el abstencionismo.

Pero tampoco creyendo que las elecciones se reducen al momento en que se marca la preferencia en un boletín de voto. No: al revés de aquella "abstención militante" que la ceguera insurreccionalista quiso proclamar sin el menor éxito en 1963, hoy se impone la consigna de "votación militante" no sólo para conocer la voluntad real de los electores, sino para vigilar, en las mesas, en la calle y en los sitios de público escrutinio, que la voluntad popular no será, una vez más, desviada.


 



 
 
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