El error de la oposición, pero igualmente de los observadores
internacionales y particularmente del Centro Carter, tal vez
haya sido considerar el proceso del quince de agosto como
una elección cualquiera, limpia o tramposa, pero normal.
Es decir, una elección donde una oposición hace
cuanto esté a su alcance para sacar de Palacio a un gobernante,
y éste, del otro lado de la barrera, todo lo que pueda
para permanecer allí.
Insistir en que sólo se discuta, a punta de números,
estadísticas y cálculo de probabilidades, el fraude
en el referéndum revocatorio es caer en lo mismo: la
trampa es de un gobierno que quiere seguir en su puesto, y
nada más.
Que pierda por siempre. Pero ese no es el problema, porque
a Chávez no le interesa ganar una elección, sino
algo mucho más sustantivo: hacer que la gente pierda
para siempre la confianza que alguna vez pudo tener en la
eficacia del voto.
No es, por supuesto, que este gobierno se haya ahorrado las
trampas, triquiñuelas, cartas marcadas y en la manga
que todos los politicastros latinoamericanos (pero no sólo
de aquí: véase la pésima fama de los políticos
del Sur de los EE UU, y en particular los de Florida) han
empleado desde que su mundo es mundo y sus elecciones tales.
Para muestra, el primero de los botones de cualquier camisa:
las manipulaciones del Registro Electoral Permanente. Por
una de esas casualidades que sólo suceden a los periodistas,
nos cayó en las manos una parte apenas de ese Registro
venezolano. En una sola página que agrupa cerca de cincuenta
anomalías de los municipios del Estado Miranda, las menos
alejadas de la realidad son las de los ciudadanos Luis Lozada
Rodríguez, quien según el REP nació en 1993;
de Agustín Aranzaso, nacido en 1993; y Dolores Ustaviz,
nacida en 1996.
Nacidas en el siglo xxi. Todo el resto está integrado
por personas, se supone hábiles para votar, nacidas ya
en el siglo XXI. Como no tenemos todo el espacio del mundo,
nos contentaremos con citar dos casos emblemáticos: el
de Oscar Machado Zuloaga a quien le toca esperar hasta el
2020 para nacer; y el de Enrique Tejera París, quien
está haciendo cola para nacer en el año 2016; con
lo cual, como en el infierno del Dante, deberá perder
toda esperanza, pues con cinco años de edad, no podrá
oponer su candidatura a la de Rosinés Chávez, sucesora
designada a dedo por su padre, ya demasiado gordo y añoso
para seguir contando los cuentos de su infancia en las cadenas.
Con todo, insistimos, no son esos truquitos (o mejor, trucotes)
lo que definen la actitud de Chávez frente a los comicios:
sino su odio cerval a todo lo que signifique elección
libre (y no plebiscitaria). Chávez se inició en
la vida política con la conjura militarista del Samán
de Güere (símbolo gomecista si los hay) y con su
primera aparición pública el 4 de febrero de 1992.
En ambos casos, no sólo extraños, sino opuestos
a los resultados del sufragio universal.
Chavez, abstencionista. Tampoco debemos olvidar que los primeros
pasos de Chávez después de que se le perdonaran
las tripas y los sesos de los soldaditos desparramados en
el asfalto en 1992, fue el de declararse abstencionista; hasta
que se le logró convencer que la democracia sería
tan boba como para permitirle llegar al poder por elecciones
para destruirla y de paso destruir las elecciones mismas.
De modo pues, que lo que el pueblo venezolano enfrenta no
es a alguien que quiera ganarle una elección, sino un
hombre que no esté ni siquiera interesado en ganar alguna.
Que aborrece, acaso por encima de todas las cosas, la institución
misma del sufragio universal. Poco importa que a él le
deba estar en Miraflores: de malagradecidos están llenas
las pailas del infierno.
Frente a eso, no se trata entonces de ganarle una elección
a Chávez, sino buscar de mil maneras que el pueblo venezolano
pueda recuperar su confianza en el voto, aprendizaje que le
llevó casi un siglo. Y en ninguna parte del mundo se
crea esa confianza practicando el abstencionismo.
Pero tampoco creyendo que las elecciones se reducen al momento
en que se marca la preferencia en un boletín de voto.
No: al revés de aquella "abstención militante" que
la ceguera insurreccionalista quiso proclamar sin el menor
éxito en 1963, hoy se impone la consigna de "votación
militante" no sólo para conocer la voluntad real de los
electores, sino para vigilar, en las mesas, en la calle y
en los sitios de público escrutinio, que la voluntad
popular no será, una vez más, desviada.