No es un mandato
Los resultados del domingo obligan a revisitar temas que
desde esta tribuna se han ventilado reiterativamente. La supuesta
derrota da el derecho a la sociedad para exigir responsabilidades
a la dirigencia, vieja o joven, que condujo a la gente al
desastre electoral.
Sin fraude o con él, sería conveniente que quienes
llevaron a la gente a medirse en condiciones tan grotescamente
desventajosas dieran paso a otros líderes, incluyendo
aquellos marginados por el simple "pecado" de cuestionar las
negociaciones y términos en que se fue a los reparos,
afortunadamente alcanzados por un pueblo que le quedó
grande a esa dirigencia.
No es cuestión de nuevos o viejos partidos, es algo
más profundo, porque hasta importantes jóvenes figuras
se desdibujaron en esa masa de amorfia política. A ellos
vaya una sugerencia para que también se refresquen con
humildad y comprendan sus cuotas de responsabilidad.
La gente volvió a poner todo sobre el asador para el
revocatorio, pero se requería más de quienes los
conducen y habría que reconocer que ese ingrediente falló
ante el viacrucis al que el CNE sometió a la sociedad.
Imposible olvidar, por qué la dirigencia no reaccionó
con contundencia, sinceridad y rapidez durante esa lluviosa
madrugada. Tampoco confrontó con coraje a los supuestos
garantes de los acuerdos de mayo 2003, quienes quizá
careciendo del tiempo y técnica para evaluar confiablemente
la complejidad y sofisticación de todo un novel mecanismo
de códigos y transmisión de datos, convalidaron
de manera simplista algo que hoy no quedó tan claro.
Al régimen, que acudió a la contienda con un impúdico
ventajismo jamás visto, ante la complaciente mirada de
la comunidad internacional, vaya una reflexión: No es
un mandato para aplastar la otra mitad del país; para
continuar utilizando las instituciones políticamente,
en desprecio del colectivo; para aumentar la pobreza y el
populismo; para continuar la galopante corrupción; para
que impunemente venezolanos maten a otros por razones políticas,
a plena luz o agredir medios; ni para la imposición de
leyes arbitrarias, porque si fuese así, de nada habría
servido el ejercicio electoral, salvo para hacer jugosos negocios.
Es un mandato para continuar la lucha por la paz, libertad
e inclusión, contra los odios, por una sociedad justa,
que cada día exija más de la dirección pública
y privada. En fin... no es un mandato para que todo siga igual.