Veamos: la revolución continúa siendo un anhelo de
todos los hombres de buenos sentimientos, no importa que haya
sido traicionada por un gobierno inescrupuloso que la usa y
la manipula para su propio beneficio. Un día ha de venir
la auténtica revolución, una de verdad, la que habrá
de redimir a los desposeídos de esta tierra y que nos salvará
a todos de nosotros mismos.
Si usted comulga, buen lector, con todo lo expuesto en el
párrafo anterior, mejor será que deje de leer ahora
y se ocupe de cosas de mayor provecho. Porque la verdad que
yo siempre he pensado que esto que padecemos en Venezuela
es una revolución al pie de la letra. Igual que la de
Marzo, la Libertadora, la Restauradora, la Legalista, la Azul
o la de Octubre, por hablar sólo de las ocurridas en
nuestro suelo, la Revolución Bolivariana tiene como principal
objetivo el poder, mantenerse en el mismo el mayor tiempo
posible.
Todo lo que ha hecho apunta en ese sentido, y en nombre
de los ideales más sublimes lo único que ha hecho
es fabricar miseria (y de nuevo les digo que no les voy
a hablar de cifras o de los más de cien mil millones
de dólares recibidos sólo por petróleo, no.
Para constatarlo basta con darse una vuelta por estas calles).
Pero nada, el ideal revolucionario sigue prendido en
la gente de buen corazón. Igual sucede con el comunismo:
la culpa la tienen los malvados soviéticos por haber
pervertido y burocratizado la doctrina primigenia para
al final desplomarse sin disparar un tiro; esa burocracia
y estatismo que hay en Cuba no tiene nada que ver con
un régimen comunista. Y así seguirán de
decepción en decepción, entusiasmándose
con cualquier demagogo que les diga las tres simplezas
que quieren oír (como ahora mismo hacen algunos intelectuales
por llamarlos de algún modo que desde la comodidad
de sus países se rasgan las vestiduras por el justiciero
y redentor gobierno venezolano) para al final sentirse
traicionados y seguramente usados. El anhelo revolucionario,
sin embargo, seguirá palpitando en sus inmaculados
pechos. Bien decía Cioran que los hombres siempre
serán esclavos mientras no se curen de la manía
de esperar.
Tengo muchas razones para votar Sí el 15 de agosto.
Yo no creo en Mesías en ningún renglón
de la vida, ni en lo religioso, ni en lo personal, ni
en asuntos deportivos ni en política. Y mucho menos
en uno cuya incompetencia e ignorancia sólo se
ven superadas por un ego gigantesco. Votaré que
Sí porque no me resigno ni quiero acostumbrarme
a esta cotidianidad de mendigos y buhoneros, de gente
durmiendo en las calles, limpiando vidrios en cada esquina
o vendiendo cocosettes en medio del tráfico mientras
unos pocos amasan fortunas y otros cuantos se hacen
la vista gorda. Pero si tuviera que dar un solo motivo
para explicar mi voto, entonces diría: Diré
que Sí porque quiero un gobierno que no sea revolucionario.
jbrassesco@eluniversal.com